José Bautista | La Marea | 29 Mayo 2017

Brasil ya no despierta el interés mediático de los últimos años, pero la economía más grande de América Latina vive ahora uno de los episodios más determinantes de su historia reciente: Michel Temer, presidente no electo tras el impeachment que expulsó a la presidenta Dilma Roussef, podría dejar el Gobierno brasileño en las próximas semanas, preso de los múltiples escándalos de corrupción que le salpican y de la falta de apoyo entre sus supuestos aliados. La dimisión de su ministro de Justicia este lunes, según informó EFE, acelera la debacle del gobierno brasileño y, mientras tanto, la sociedad civil se organiza y la política rompe el monopolio casi religioso del fútbol en las conversaciones de la calle.

Desde que asumió el poder en mayo de 2016, Temer trató de proyectarse como el presidente renovador, honrado y serio que Brasil necesitaba, a pesar de haber alcanzado la cima aupado por el sector más corrupto de la política -incluido el de su compañero de partido (PMDB) Eduardo Cunha, promotor del impeachment contra Rousseff y que hoy enfrenta penas de 15 años de cárcel-, la alta judicatura, las grandes corporaciones mediáticas y las empresas de mayor envergadura de Brasil. También contó con el apoyo de líderes occidentales, como Mariano Rajoy, que el pasado abril alentó a Temer a continuar con su programa de reformas pese a las críticas.

La reciente revelación de una conversación en la que Temer avala comprar el silencio de Cunharevela dos cambios sustanciales: el presidente neoliberal no solo ha perdido el apoyo popular, sino también el de diputados y senadores aliados y, sobre todo, el de Globo, la red de medios más influyente de Brasil, que publicó en exclusiva esa conversación. Globo jugó un papel clave en el derrocamiento de Dilma, sumida en frenéticas giras internacionales, y el posterior ascenso de Temer.

Brasil hierve. Este domingo sus calles volvieron a llenarse de manifestantes que piden “elecciones directas ya”, en un ambiente festivo que contó con el apoyo de artistas destacados. El término “incertidumbre” se impone en todos análisis dentro y fuera de Brasil, sin embargo Josué Medeiros, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Federal de Río de Janeiro, expone cinco factores que invitan a pensar que el país aún puede recuperar la dignidad para sus instituciones democráticas:

  1. El presidente se queda sin amigos

El 21 de mayo Temer organizó una cena con sus aliados políticos. Tuvo que cancelarla debido a la baja adhesión de su llamado. Tres días antes estalló la última crisis política después de Globo filtrara la transcripción de una conversación con dos empresarios de JBS (¿recuerda la crisis por la exportación de carne brasileña podrida?) maquinando formas de obstruir las investigaciones judiciales que le incriminan por supuesto cobro de sobornos, financiación ilegal, evasión y otros delitos de corrupción. Uno de esos empresarios grabó a Temer autorizando el pago de sobornos a Eduardo Cunha, ex diputado, ex presidente del Congreso y promotor del impeachment contra Dilma. El segundo político que peor parado sale de esta revelación (caso conocido como “FriboiGate”) es Aécio Neves, el millonario liberal que perdió ante Rousseff en las elecciones de 2014.

Este domingo el diario conservador Folha de São Paulo publicó que menos de un tercio del Congreso y el Senado apoya a Temer. La cifra se basa en conversaciones anónimas con 72 senadores y 397 diputados (89% y 77% de los miembros de ambas cámaras, respectivamente).

Incluso la conservadora Orden de Abogados de Brasil (OAB) ha pedido al Congreso de los Diputados que inicie el proceso de impeachment contra Temer. Desde hace varias semanas es constante el goteo de partidos y diputados que retiran su apoyo al presidente brasileño, en parte porque temen “morir abrazados” a él cuando falta poco más de un año para los comicios generales de 2018(Brasil elegirá presidente, gobernadores, senadores y diputados federales y ‘estaduales’ -regionales-).

  1. Falta miedo para tanta “austeridad”

Apenas 48 horas después de asumir el cargo, Temer esbozó con claridad las líneas maestras de su política: un gobierno compuesto íntegramente por élite blanca tradicional (todos hombres), priorizando la privatización servicios y empresas públicas (las multinacionales españolas se reparten buena parte del pastel), y apuntando al sistema de pensiones público y los derechos laborales como las dos grandes víctimas de la “austeridad” que promueve. Desde entonces no han cesado las protestas y las ocupaciones de edificios públicos en todo el país. El pasado martes Temer movilizó al Ejército para contener a los más de 100 mil manifestantes que marcharon en Brasilia, una decisión que tiene sus precedentes más recientes en la época dictatorial. Un día después revocó la decisión.

En marzo Brasil batió su propio récord histórico de desempleo -13,2% de la población activa, cifra alarmante a pesar del maquillaje que supone contabilizar a los trabajadores informales (sin contrato ni cotización)-. En la misma fecha de 2014, el paro era del 7,7%. La incertidumbre política en Brasil empieza a cansar también a los caciques económicos: el Índice Bovespa (referente de la bolsa de São Paulo, la más grande del país) cayó un 8% después de saberse que Temer supuestamente compró el silencio de Cunha para evitar nuevos escándalos.

Esta volatilidad dificultará aún más que el Banco Central baje esta semana los elevados tipos de interés (préstamos caros y difíciles), tal y como deseaban los magnates brasileños, y ralentizará el proceso neoliberal que Temer abandera. La patronal brasileña, antaño aliada clave del presidente no electo, ya se opone a su continuidad. Así lo han expresado las dos grandes patronales brasileñas: la Confederación Nacional de la Industria (CNI) y la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP).

  1. La indignación se organiza

En 2014 millones de brasileños corearon el famoso “fora Dilma” (“fuera Dilma”) en las manifestaciones que precedieron al impeachment, cargados de un odio que los grandes medios se preocuparon en alimentar durante meses. Brasil acumula indignación tras varios años de grandes escándalos de corrupción (destaca el caso Lava Jato por corrupción en la estatal Petrobrás), despilfarro público (el Mundial iba a costar 3.000 millones  de dólares al erario, finalmente el gobierno pagó más de 13.000 millones), deterioro de la seguridad y la sanidad, inflación descontrolada y un renovado afán por la represión violenta por parte de los cuerpos de seguridad, ya de por sí habituados al uso de la fuerza bruta y la impunidad.

La encuesta Datafolha (Folha de São Paulo) sitúa la popularidad de Temer en el 9% sostiene que el 61% de los brasileños desean su salida del gobierno. Dilma tenía una desaprobación del 63% cuando la echaron del cargo. La reforma del sistema de pensiones y del mercado laboral, las dos joyas políticas de Temer, también suspenden por mayoría (66% y 62% de rechazo, respectivamente). Las manifestaciones esporádicas del año pasado han dado paso a otro tipo de luchas más organizadas, hasta el punto de que Brasil vivió la mayor huelga general de su historia a finales de abril de este año (40 millones de obreras y obreros secundaron la huelga).

Las últimas manifestaciones no apuntaron contra las medidas neoliberales del programa de “austeridad” del gobierno no electo, sino contra un objetivo superior, más nítido y consensuado: la expulsión de Temer. En paralelo, el ex presidente Lula prepara su vuelta al escenario político, aunque podría verse truncado por sus problemas con la Justicia.

  1. Jueces y diputados en contra

Temer compareció en televisión después de que filtraran su conversación avalando comprar el silencio de Eduardo Cunha. Lo hizo para negar la veracidad de esa información y pidió a la Fiscalía General que suspendiera esa investigación contra su persona, una especie de declaración de guerra contra Globo, el mastodonte mediático de Brasil. La instancia encargada de defender el orden público en Brasil se negó, a pesar de que fue Temer quien designó su organigrama. Globo devolvió la bofetada con un editorial que pasará a los anales de la historia del periodismo brasileño junto con otras piezas y artículos. La última esperanza de Temer para que se frene esa investigación está en el Tribunal Superior de Justicia, que moverá ficha esta semana y que, según los diarios brasileños, podría terminar condenando al actual mandatario, que ya ha prometido “resistir”.

Por otro lado, Temer ha perdido el poder de legislar al no contar con apoyo parlamentario suficiente. El 22 de mayo tramitó 16 medidas provisionales que habrán perdido su validez en los primeros días de junio. Aunque algunas de esas medidas ya fueron votadas la semana pasada, la dificultad de aprobarlas representa un duro revés que pone de relieve su imposibilidad de sacar adelante sus dos reformas estrella (pensiones y laboral). En mayo perdió el apoyo de otros tres partidos (curiosamente uno de ellos se llama Podemos, aunque no guarda ninguna relación con la formación morada española) que suman 120 diputados.

Tres días antes al menos cuatro ministros clave (Defensa, Exteriores,Minas y Energía, y Cultura) presentaron sus cartas de dimisión, pero Temer aún no las ha aceptado. Las renuncias son norma en su gabinete: abandonaron el cargo seis ministros en sus seis primeros meses de gobierno, todos ellos imputados en escándalos de corrupción y recientemente cuatro de sus cinco asesores más próximos dejaron el cargo. Diez dimisiones ministeriales en menos de un año, sin contar las sustituciones, como la que se produjo este lunes, que afecta al ministro de Justicia, Osmar Serraglio, y estaría motivada por su relación con la polémica de la carne para exportación en mal estado (‘caso Carne Fraca’ o ‘carne débil’).

Mientras tanto, la oposición brasileña prepara una medida innovadora y que ya cuenta con un sólido apoyo popular: cambios legislativos que permitan realizar elecciones directas en caso de que Temer deje vacante el puesto de presidente. Los analistas dudan que esta propuesta prospere ya que la mayoría de los diputados se mostró en contra de perder el privilegio de nombrar al siguiente presidente, sin embargo se muestran unánimes sobre la incapacidad de Temer para recomponer alianzas.

  1. La élite económica desconfía de Temer

El romance entre los directivos de las grandes compañías brasileñas y el gobierno de Temer fue intenso pero breve. Después de ver la incapacidad del presidente no electo para estabilizar la economía del país, sacar adelante las principales reformas y frenar las investigaciones por corrupción que salpican a las principales empresas y el Ejecutivo, los magnates brasileños han decidido apostar por otro caballo. La complicidad inicial entre el mandatario y el poder económico (esa “amistad” es muy anterior a su llegada a la presidencia) funciona ahora en base a la intimidación y el chantaje, una dinámica insostenible.

La élite empresarial sabe que los días de Temer están contados y teme que sus reformas queden en papel mojado. Ahora su preocupación consiste en asegurar una transición tranquila que dé el poder a un gobierno bajo su influencia y asegure la continuidad de esas medidas neoliberales. Ya cuentan con algunos pesos pesados de la política brasileña que aún no se han quemado del todo, como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). Cardoso intenta seducir a Lula y el Partido de los Trabajadores en nombre de los patronos brasileños, para que no torpedee la agenda privatizadora al menos hasta las elecciones generales de 2018.

“Solo una amplia movilización social puede garantizar que de esta crisis renazca un nuevo horizonte democrático, con elecciones directas este año y con la presencia de Lula”, afirma Medeiros. De momento Lula tiene el apoyo incondicional de Rousseff y partiría como favorito para las elecciones de 2018, según varias encuestas. De no ser así, afirma Medeiros, “el gobierno golpista [en referencia al Ejecutivo de Temer] acabará en un golpe dentro del golpe”.

El debate sobre la destitución de Temer y unas elecciones anticipadas debilita la tramitación de las políticas de “austeridad” de Temer, un éxito efímero pero de alto valor simbólico. Poco a poco Brasil vuelve a soñar, aunque la pesadilla no ha acabado.

Deja un comentario