Google images.

Javier Pérez de Albéniz | Cuartopoder | 

Unos minutos antes de que comenzase la final de la Champions, en Antena 3, apareció en pantalla un Mariano Rajoy presidente, sonriente, feliz, pletórico. Y eso que aún no conocía el resultado del partido. Un rostro inédito el del presidente del Gobierno, absolutamente radiante, sobre todo si tenemos en cuenta que tenía a escasos centímetros de la boca un micrófono. Sí, como lo oye, Mariano Rajoy estaba respondiendo a las preguntas de un periodista sin mostrarse atemorizado, estupefacto, huidizo o grosero. Ni una duda, ni un tic. Estaba cómodo ante la prensa. Era un tipo diferente al irresponsable escapista que sufrimos cada día los ciudadanos que pagamos su sueldo, que nos quedamos sin saber qué piensa sobre determinados problemas, que se burla de nuestros representantes, los periodistas. Un presidente que alega falta de tiempo para declarar por videoconferencia en el juicio del caso Gürtel y, sin embargo, se va hasta Cardiff para ver a su equipo jugar contra la Juve. El Mariano Rajoy de la Champions era un hombre liberado de una gran carga, sin nada que ocultar, educado con los medios de comunicación, responsable con los votantes, satisfecho por su responsabilidad en esos momentos: disfrutar del fútbol.

El fútbol transforma a Rajoy. Le relaja, le humaniza, le libera del peso del trabajo, de la responsabilidad de la política, de su enorme mediocridad y, sobre todo, del acoso de la corrupción. Para meter mano en el mundo del balón ya están otros: el PP no trabaja ese género, que sepamos. Es evidente que la política no es el hábitat de un Rajoy que se siente mucho más a gusto cuando comenta la presencia de Isco en la media punta. ¿El empleo precario? ¿La finaciación ilegal? ¿Los sobres, los discos duros y demás zarandajas? Todo eso, ya tal. Lo importante es lo de Isco: el Madrid tiene que renovarle sí o sí.

Como presidente del Gobierno Mariano Rajoy es un absoluto desastre, el ejemplo perfecto de hombre gris sobrepasado por su cargo. Sin embargo, cuando rueda el balón, ese momento mágico en el que siente toda la confianza que le otorgan los 30 años de suscripción al Marca, es cuando deja ver todo su potencial: es el sustituto natural de Florentino Pérez. Eterno sospechoso por sospechoso eterno. Sé fuerte, Florentino”, le diría a modo de despedida. Eso sí, el del PP tendría que hacer las paces con García Ferreras y Eduardo Inda, la guardia pretoriana del presidente merengue.

1 Comentario

Deja un comentario