Si no rascamos la costra de este sinsentido y nos quedamos en la anécdota no vamos a conseguir que nada cambie. Porque de un indeseable como Eduardo García Serrano, que no deja de ser un «Torrente» que sumar a una larga lista de clones, lo que se puede y se debe esperar es este tipo de actuaciones. Y no seré yo el que pida que se le inhabilite o se le censure. Allá él con sus declaraciones, con su agresividad, su machismo troglodita, su confesionalidad y sus verdades. Y allá sus oyentes y telespectadores.

Un tipo tan limitado como este no puede resultar peligroso. Y si lo es, entonces ya no hay nada que hacer.

Por mucho que crea que las personas que disfrutan con estos espectáculos desbordantes de intransigencia, ignorancia, violencia, dogmatismo y xenofobia tienen un problema, no es mi problema. Mi problema es que no existe otra oferta. Porque en el fondo lo único que diferencia a este tipo de cadenas de las del resto del espectro mediático, y no importa de qué grupo hablemos, son las formas.

España es peculiar en casi todo lo que tenga que ver con la democracia. Tan peculiar que formalmente no se puede afirmar que nuestro sistema sea democrático. En todo caso se puede hablar de una oligarquía partidocrática o de una cleptocracia, sin separación efectiva de poderes, sin cauces de participación vinculantes amén del sufragio electoral, sin prescripción de secretos oficiales, sin verdadera libertad de expresión y precaria en el resto de derechos civiles. Algo que si consigue perpetuarse es en parte por la ausencia de pluralidad formativa e informativa.

Esta es la razón para que se permita la existencia de este tipo de cadenas insertas entre la ultraderecha y el fanatismo religioso y con licencias públicas de emisión, y también la razón para que no exista ni se licencie, no ya algún medio de tendencia anarquista, ácrata o comunista que haga de justo contrapeso, sino siquiera algún medio comunitario de alcance nacional, o incluso algún otro medio de carácter mercantilista o institucional pero contrario a la particular lógica del sistema.

La disidencia cultural está limitada por ley en los medios que todavía hoy tienen mayor penetración social: radio y televisión. No vaya a ser que a alguien, entre partido, concurso y reality, le dé por ver, por ejemplo, un debate ajeno a la dinámica actual, y acabe por entender el mundo que le rodea.

A este respecto de la limitación de licencias y la concesión arbitraria por parte de los gobiernos de un espacio radioeléctrico que no les pertenece, el mejor resumen que he leído es este de Miriam Meda González, del año 2010, y que se encuentra el apartado de conclusiones del documento que enlazo a continuación (Máster en Comunicación con fines sociales):

Como hemos podido comprobar a lo largo de este texto, otros países europeos y latinoamericanos, por no hablar de las amplisimas recomendaciones de organismos internacionales, reconocen a los medios comunitarios como un garante de la libertad de expresión y de información de las personas, así como un pilar para la democracia, el desarrollo y la protección de las minorías y la cultura. Estos aspectos apenas han sido tenidos en cuenta en la redacción final de la LGCA, reduciendo ésta garantías y derechos fundamentales a una simple consideración de mercado. El espacio radioeléctrico, y los servicios de comunicación que se desenvuelven en él, pasan a ser considerados un mercado, olvidando por completo que ese espacio es de todos, “patrimonio de la humanidad” y que el uso de bienes públicos implica una responsabilidad social. No puede “ponerse a la venta” algo que no es de uno. Esta óptica neoliberal ha sido la causa de que en la jerga periodística y de la comunicación se haya denominado a la LGCA como “Ley UTECA”, siendo UTECA la entidad representativa de las empresas que explotan comercialmente el espacio público radioeléctrico. Lo que los movimientos sociales esperaban de esta ley era que la salvaguarda de los derechos individuales y las libertades públicas gozasen de prioridad sobre los aspectos mercantiles.

Es por esto que el problema no es que uno o mil retrógrados o sinvergüenzas entren en las casas, las vidas o las cabezas de una buena parte de la sociedad. El problema es que no entra nadie sensato y no nos indigna.

3 Comentarios

  1. La actitud zafia de este periodista faltando el respeto mediante insultos a una diputada como la Sra. Montero (que al margen de su ideología, podrá o no compartir), no sólo retrata al que los pronuncia por su falta de ética personal e institucional hacia las mujeres, sino también profesional.

    Precisamente hace dos meses aproximadamente, fue centro de conversación en mi trabajo (entre un reducido grupo de 18 o 20 compañeros) la falta de educación (salvando al Sr. Marhuenda, en honor a la verdad) que suelen mostrar en un 85% los que se consideran periodistas de derechas en cero comparación a los de izquierdas. Y para los que no hemos vivido la etapa franquista, comprobamos que el odio que destilan los citados y su audiencia ‘zote’ (porque hay que reconocer que los pobrecillos son unos ‘zotes’ en su mayoría) para nada es aplicable a las izquierdas como quieren hacer ver.

  2. Este señor es hijo de la derecha mas rancia de este país. Machistas y Fascistas. No creen en la democracia y en el respeto a la pluralidad. Que denigrante debe ser el trato que dé este señor a las mujeres de su alrededor! No habrá ninguna que le cante las cuarenta!

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