He recordado, ahora que se está hablando de este asunto del despatarre, que de niño me fijaba en la postura que adoptaban al sentarse el resto de niños y los varones adultos. Y no era porque me importara demasiado si los demás se ponían así o asá, era porque me hacía cuestionarme hasta qué punto mi costumbre de cruzar las piernas al sentarme (supongo que por imitación de la postura de mi padre) era por comparación poco “varonil” en una época en la que los hombres teníamos que ser muy machos. Cosas de niños.

La cuestión es que advertí que había de todo, aunque predominaba el postureo sobre la compostura. Y lo que por entonces consiguió que no adoptase las costumbres posturales mayoritarias fue comprobar que los hombres en los que me gustaba mirarme solían sentarse como yo (o mejor yo como ellos). Ya con los años pude leer a Gabriel Tarde, y a Maslow y Jung, y esto me ayudó a entender por qué puñetas me fijaba en lo que hacían los demás.

Somos parte imitación y parte originalidad, parte sentimiento y parte pensamiento, parte sensación y parte intuición, en diferentes proporciones según individuos (o arquetipos según Jung). Y es algo que marcará nuestra existencia, porque dependiendo de qué condicionantes predominen, acabaremos siendo en mayor medida el reflejo de nuestro entorno o el de nuestro propio criterio. Y aunque obviamente esto no puede considerarse un factor indefectible, la propia sociedad es la mejor muestra de que sí resulta relevante.

Hoy parece, ya sea por un desequilibrio en lo comentado facilitado por el desarrollo de las comunicaciones o porque cada día hay más personas que se sienten solas viviendo entre multitudes, que existe una tendencia a necesitar formar parte de algo en común, ya sea un equipo de fútbol, una confesión religiosa, un partido político o un movimiento social. El caso es formar parte del grupo y adquirir una identidad que no se es capaz de satisfacer a nivel individual. Una identidad común que puede llegar a anular el propio criterio.

Hay quien está perdiendo la objetividad hasta el extremo de que todo lo que hagan ‘los suyos’ es disculpable o defendible, y ni siquiera cuestionable por absurdo que sea. Y no hace falta llegar al extremo del muyahidin como ejemplo de alienación y fanatismo. En nuestras sociedades occidentales, y adaptados a nuestra cultura y circunstancias, también podemos encontrar casos preocupantes.

Esto del manspreading (despatarre masculino), como algunas otras de las denominaciones utilizadas por el incipiente fenómeno del hembrismo, contiene una carga de fanatismo más que preocupante y que no parece molestar en absoluto a la progresía nacional, poco dispuesta a criticar o analizar para acabar perdiendo uno de sus pocos nichos de diferenciación con la derecha.

Ya he comentado que vengo de una época en la que si habías nacido hombre y querías integrarte tenías que parecer un machote al uso, con todo lo que ello implicaba. Nada comparado con lo que hoy, afortunadamente, se puede vivir al respecto por más que todavía quede mucho por conquistar para que vivamos en sociedades con verdadera igualdad de género o tendencia. Y con esto quiero señalar que tengo muy claro que seguimos viviendo en una sociedad machista. Pero hay cosas que no tienen ningún sentido. Y acotar la mala educación a los hombres en una denominación es insultante, porque yo no he elegido nacer hombre, ni mi género es algo que tenga demasiado presente. Pero lo soy, y no soy ni zafio ni maleducado. O al menos intento no serlo por respeto a los demás.

Me parece alucinante que alguien sea tan obtuso como para hacer esta generalización excluyente. En cualquier caso, allá cada cual. Pero lo que sí me molesta especialmente es que un ayuntamiento, y valga para Nueva York, Tokio, Madrid o Alcalá de abajo, se preste a satisfacer las exigencias de un colectivo sin importar que, precisamente, la petición venga marcada por la discriminación.

No existe el manspreading. Lo que hoy sí hay a raudales es estupidez, falta de respeto, volubilidad, egoísmo, soberbia, despreocupación y mala educación. Y no solo por parte de las y los que ocupan más de un lugar en el transporte público. Ojalá nuestro problema fuera ese.

Y aparte de todo, quizá lo que hace falta además de que pensemos en los demás y que aprendamos a comunicarnos sin el móvil: “¿me permite?, es que voy a sentarme”, es unos asientos un poco más anchos en el transporte público. Y menos intolerancia.

2 Comentarios

  1. El nombre(manspreading) desde luego es una tontería. Por lo demás, este artículo es un perfecto ejercicio de neomachismo; la defensa de los privilegios masculinos en nombre de la igualdad. Reconoce, como no, la existencia del machismo, para a continuación insultar y condenar a cualquiera que relacione una determinada conducta con la cultura machista , por el hecho de que lo hagan hombres a costa de mujeres ¡en un mísero 100% de los casos!.Sólo una hembrista radical y amiga de discriminar llegaría a tal conclusión.Y por supuesto que es un hecho menor, pero expresa claramente una realidad en la que los hombres disponen de más espacio, no sólo físico, a costa del de las mujeres. Sólo muy recientemente, y gracias a las que no se conformaron con la exclusión, las mujeres tenemos algún espacio. Que supongo que para el autor, aquéllas inconformistas eran buenas. Para el machismo progre e igualitario sí existen las feministas buenas: las muertas.Porque la que sigue reclamando igualdad, es hembrista, fanática, tonta-loca …intolerante a las que hay que recordar que sólo los amos del cotarro tienen derecho a opinar y que los problemas que sólo afectan a l@s (en este caso las) subalternas no existen por definición, porque sólo un hombre( inteligente,racional propietario de todas las virtudes) tiene derecho a definir qué es real y que no.Menos mal que tenemos aliados como él para combatir los privilegios machistas, qué sería de nosotras, si no …

  2. Completamente de acuerdo con el artículo.
    Además …las ridiculeces terminológicas y conceptuales del progre-hembrismo le hacen un flaco favor a las verdaderas causas igualitarias feministas .
    La ridiculez es casi un valor absoluto.

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