Carlos Taibo | 05/06/2017

En los días pasados me he permitido compartir en mi muro algunos reportajes que, en relación con un centro social desalojado en Santiago de Compostela, aparecieron en diarios gallegos (La Voz de Galicia y El Correo Gallego). Los textos en cuestión me parecen hilarantes. Tanto que me invitan a sugerir, más con vocación humorística que con cualquier otra, que algo tienen de falsos. Aunque ya sé que la principal explicación al respecto, que no rehúyo en modo alguno, sugiere que fueron redactados por genuinos machacas que quieren demostrar a los responsables de sus medios lo leales que son, no parece de más buscar alguna otra.

Hace unos años colgué aquí una glosa de un anuncio que había difundido en la prensa escrita un banco. Creo que se trataba de Barclays. Su contenido también era hilarante: si alguien se avenía a colocar 300.000 euros en un fondo de inversión, se le prometía un viaje a Londres para dos personas, con una noche de hotel y entradas para un partido de la Premier League. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que era una oferta estúpida: quien dispone de esa suma para invertir, ¿qué necesidad tiene de que la regalen un viaje de esa naturaleza? ¿No es más razonable que le expliquen, antes bien, cuáles son las ventajosísimas condiciones del fondo de marras? Pero lo importante no era lo anterior, sino la fórmula verbal precisa de la que echaba mano el reclamo principal, que rezaba: “Por SÓLO 300.000 euros”. Lo del “sólo” que se cruzaba de por medio hizo que se me disparasen todas las alarmas y que concluyese, con discreta imaginación, que el profesional publicitario encargado del anuncio, poco antes de perder su puesto de trabajo, había decidido tomarse cumplida venganza de la mano de una mezcla de sarcasmo e ironía. Por SÓLO seis millones de euros, le regalamos una televisión, ¡en color!…

Años atrás tuve la oportunidad de vivir una historia en alguna medida semejante, bien que con origen y derrotero diferentes. Monté en un avión que salió con varias horas de retraso. Ya en el aire, el sobrecargo, que era un tipo innegablemente divertido, pidió disculpas y adujo que en el vuelo anterior habían llegado a justificar la demora de la mano de la sugerencia de que el aparato había sido abducido por extraterrestres. Agregó que, ante nosotrxs, se veía, sin embargo, en la obligación de señalar que no había sido así: la acumulación de retrasos obedecía -adujo- al hecho preciso de que la compañía en cuestión sobreexplotaba los aviones y, sobre todo, explotaba hasta la ignominia a sus trabajadorxs. Primero pensé, también, que al sobrecargo le habían comunicado unas horas antes la rescisión de su contrato, de tal manera que sus palabras no eran sino una forma de venganza contra la compañía. Pero luego caí en la cuenta de que resultaba harto más probable que, muy al contrario, el amigo sobrecargo estuviese desplegando, sin más, un ingenioso procedimiento de comunicación: ante la posibilidad, bien hacedera, de que las protestas de lxs pasajerxs fuesen a más, nada más hábil que culpar de todo, de forma directísima, a la empresa y de evitar, por añadidura, que las iras de lxs viajerxs se volcasen sobre una tripulación que saltaba a la vista era víctima mayor de lo que estaba ocurriendo. El fuego, y esto era al fin y al cabo lo que importaba, se apagaba rápida y eficazmente.

Vuelvo a lo de los reportajes de los periódicos gallegos, y lo hago no sin invitar al lector a que les eche una ojeada. Su contenido me recuerda poderosamente a un texto célebre, “A Modest Proposal”, de Jonathan Swift. Y me ha dado por pensar que, de ser los periodistas encargados de su redacción personas inteligentes, cáusticas y comprometidas con las causas justas, habrían escrito, en efecto, textos como ésos, en los que, por un lado, queda salvada formalmente la miserable condición de las empresas para las que trabajan, pero, al mismo tiempo, y por el otro, se lanza un guiño al lector sagaz, que rápidamente se percatará de que, a la postre, el periodista lo que quiere suscitar es una irrefrenable simpatía por lxs okupas desalojadxs. Recordaré al respecto que, según los reportajes en cuestión, lxs okupas, esxs impresentables, tenían un bar con neveras -manda cojones-, “y hasta un grifo para tirar cañas” -qué sibaritas-, hacían tatuajes, disponían de un futbolín eléctrico -ahí es nada-, contaban con una paellera de gas -qué perversión-, sólo consumían –totalitariamente- comida vegana -los muy arteros-, utilizaban únicamente el gallego -lengua que es sabido se habla sólo en Murcia- y, supongo, llegaban a la ignominia de proyectar películas para mayores de 18 años, de besarse en privado y de usar, o no usar, desodorante. Ya sé que quienes retratan con saña todas estas conductas desviadas lo común es que lo hagan en virtud de su muy asentada cabeza y –ya lo señalé- de su flemática independencia ante los intereses de una poderosa empresa periodística. Pero concédaseme el derecho a intuir que igual hay algún elemento de sana subversión, premeditada o sobrevenida, en su conducta.

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