Te lo dirijo a ti directamente porque sé que lo leerás. Y voy a dedicarte unas líneas no porque me parezca mal que reivindiques la conciencia de clase, que es algo que me parece fundamental, sino por cómo lo enfocas, y por cómo para hacerlo novelas una historieta que dudo mucho que tú te creas, y que además es contraproducente.

Yo también me crié en un barrio de extrarradio, y aparte de un par de clichés que sí reconozco en tu texto, nunca conocí por entonces a nadie que, trabajando (y mucho menos 16 extenuantes horas diarias), estuviera en la misérrima situación que ilustras.

Al leerte me ha dado la sensación de que estás fabulando otras vidas y otras épocas. Y además de una forma muy poco rigurosa. Parece mentira que seas documentalista y que aspires a ser un gran periodista.

Dibujas un mundo que yo, siendo bastante mayor que tú, y partiendo ambos, por lo que cuentas, de realidades socioeconómicas similares, no he conocido en mi familia ni en las familias de mis amigos. Y ya te digo que mi barrio era un barrio de gente humilde.

Dices:

Mi biblioteca de un libro se encontraba en un piso de la periferia de la periferia madrileña que mis padres, obreros sin estudios que se mataron por sacarnos adelante, compraron firmando a mano letra a letra hasta llegar a las 500, y que se encontraba situado en un descampado fuenlabreño.

Según tu biografía tus padres se trasladaron de Getafe a Fuenlabrada en el año 82/83, cuando tú tenías tres años. Permíteme que te diga que por aquel entonces lo de las letras ya empezaba a no utilizarse, y mucho menos para formalizar una hipoteca. En cualquier caso los plazos más largos en ese momento eran los de quince años, pero los habituales eran los de doce o diez. 500 letras equivaldrían a 41 años, y ya te digo yo que tu padre no las firmó. En cualquier caso por entonces el valor de una vivienda nueva equivalía al salario de entre tres y cuatro años de un trabajador común. En 2007 hacían falta 12 años de salario para una vivienda equivalente y ahí sí se llegaron a firmar hipotecas de hasta cuarenta años.

Dices:

Pasaron los años, y el barro del barrio permanecía en la puerta del piso. Para poder comer y que las letras firmadas cayeran una a una, mi padre trabajaba 16 horas limpiando cabezas de cerdo y casi no le veíamos. Mientras, mi madre, obrera del hogar, trabajaba esas 16 horas intramuros. Mi siguiente libro fue un atlas, con el que me fotografiaba con el barrio de fondo cada vez que me ponían una Polaroid delante. No me explicaron el esfuerzo y sacrificio que les costaba cada libro de mi biblioteca. Me quejaba, no lo comprendía.

Si ‘pasaron los años’ voy a considerar que hablamos de los 90, y que ya tenías 10 años. Lo del barro me resulta raro, pero aunque lo que no sé es cómo se pagaría lo de ‘lavar cabezas de cerdo’ (yo he limpiado porqueras y no se pagaba muy bien, pero daba para ir tirando), lo que sí sé es que para pagar un piso normal no hacía falta meterse 16 horas diarias en casi ningún trabajo, y de hecho por aquel entonces, que es casi anteayer, no conocí a nadie que trabajase esa cantidad de horas de continuo, y menos de lunes a sábado. Yo creo que te has metido en un bucle espacio-temporal y confundes aleatoriamente los 90 con los 50 o los primeros 60.

En cuanto a ‘obrera del hogar’ no entiendo muy bien a qué te refieres, y no sé si quieres evitar utilizar ‘ama de casa’ (que me parece una buena idea) o bien te refieres a que hacía trabajo asalariado en casa. En los setenta y primeros ochenta sí era muy común que con un solo salario se pudiera mantener a una familia mejor o peor, pero en los 90 ya se habían incorporado (por necesidad) muchísimas mujeres al mundo laboral (y que mezclada como estaba la ‘liberación’ con el machismo tenían que compaginar con el trabajo doméstico).

Y si no te explicaron el esfuerzo y sacrificio que costaba cada libro de tu biblioteca particular es porque no era para tanto. Hoy en comparación son bastante más caros y cuestan bastante más sacrificio. Además como no hablamos del periodo renacentista, seguro que bastante cerca tenías una biblioteca pública como para ir pidiendo caprichos si tan mal estabais. Aunque igual en tu barrio, como todavía tenía calles sin asfaltar, era distinto.

Llegaron los años 90. Aprendí a odiar mi barrio. La publicidad y la televisión me mostraban que podía tener muchas cosas. Que este sistema me daba la oportunidad de poseer todo lo que quisiera. Mis padres no me lo daban. Seguían trabajando 16 horas diarias y ni siquiera podía tener unas zapatillas diferentes a esas J’Hayber horrendas que no se rompían nunca. Ya no había descampado, el barrio había crecido y ahora era asfalto y acera gris. Quería salir de allí, de ese lugar que alimentaba la anomia y machacaba las ilusiones de toda una clase a la que todavía no sabía que pertenecía. Mi biblioteca había crecido, me compré algún libro más en la cuesta de los libreros gracias al esfuerzo de mis padres. Seguía sin darme cuenta.

Epifanía. Ya tenía edad para trabajar. Mi primer empleo sería de camarero en un bar. Doce horas de jornada después del instituto por 30.000 pesetas. ¡La de cosas que podría hacer con 30.000 pesetas! Iba a joder viva a la anomia y podría cumplir con lo que la publicidad me servía en bandeja. Mi madre fue conmigo antes de que firmara el contrato y me sacó de allí sin dejarme hacerlo explicándome con un lenguaje poco académico lo que es la dignidad y la servidumbre. Mi biblioteca había crecido y la mayor lección de clase me la dio, cómo no, mi familia.

Lo digo un poco medio en broma, pero me ha ofendido que te metas con la J’hayber (que por cierto no crecían con el pie, y a esas edades duraban como mucho un año aunque te cortaras las uñas a la altura del tobillo). Yo solo pude tener unas tras mucho dar el coñazo, y para mí fueron un tesoro. Pero bueno, para gustos los colores. Igual en los 90 ya eran un producto al alcance de todos los bolsillos, pero en los 70 solo llevaban esas zapatillas los cuatro que podían permitírselas o, por una vez, los que como en mi caso habían dado mucho el tostón. Y es que las gilipolleces con nombres ingleses eran caras, no así los bienes de primera necesidad o los productos sin ‘marca’.

En cuanto al trabajo, creo que has vuelto a imaginar que eres ya un jubilado. Tú no tenías edad legal de trabajar hasta el 96, por tanto doy por hecho que como mínimo era ese año. Yo a mediados de los 80 ganaba unas 90.000 pts trabajando de mensajero con moto (y jugándome la vida, eso es verdad), a finales de esa década 12.000 por noche currando en una discoteca (sin contrato), y en el 96 unas 140.000 pts en un trabajo un poco más formal, acorde a mi preparación; un buen empleo pero nada para tirar cohetes, de lunes a viernes y ocho horas. Ya que eras fácil de engañar hizo bien tu madre diciéndote que no firmases ese contrato que te has imaginado.

Empecé a comprender. Dejé de exigir a mis padres lo que no podían dar. A valorar todo lo que me habían dado con un esfuerzo sobrehumano, esfuerzo obrero. Aquel barrio que odiaba era el que me conformaba. Y comencé a amarlo. Amar el frío, sucio y duro barrio que me había enseñado sin darme cuenta unos valores que, hasta entonces, no había comprendido. Ahora sí era consciente de mi clase. De mi origen.

Entendía las razones por las que no veía a mi padre hasta el domingo, y el motivo por el que mi madre había cocinado patatas con pimentón tantos días seguidos. Por fin, encontré sentido a la dureza de esas malditas zapatillas. La biblioteca ahora tiene más de mil volúmenes. Libros guardados en otro piso de la periferia de la periferia de Madrid. Abrazada de duros adoquines de acera gris. Asfalto del que aprendí; a amar, y a ser.

Este final hubiera sido cojonudo si lo hubieran escrito los hijos de Paco y Régula, en tu caso es muy poético y tan pastelero como todo el texto. Lástima que la historia haya sido una ficción. Pero bien está que valores el esfuerzo (mayor o menor) de tus padres.

Yo nunca odie mi barrio, nunca me pareció sucio, frío ni duro. No conocía otra cosa. Me encantaban mis J’hayber, la carnicería de Abarca, el bar El Mero, la casa derruida de la calle Virgen de la Cabeza, el campo de maíz y mis amigos el ‘nomola’ y Chimo con los que iba a pegar cuatro patadas al balón y a los billares de la esquina. Y sí, cada casa era una historia, unas más bonitas y otras más feas, y todas con claroscuros, como en todas partes. Por eso tampoco he idealizado mi infancia ni el barrio. Pero este país ha vivido tiempos mucho peores, quizá no que los setenta con la tragedia/crimen del caballo, pero sí que los 80 y 90. Por ejemplo los de hoy, en los que nadie sabe si va a encontrar trabajo y hasta cuándo va a trabajar si es que consigue encontrar uno. Estos sí son tiempos difíciles y de incertidumbre. Ahora, en esta época en la que nadie puede firmar letras ni hacer planes de futuro sí estamos viviendo un momento jodido. Hoy, cuando la desigualdad es tan evidente como para que no la marque un barrio concreto sí es un buen momento para tener conciencia de clase (que no amor a una clase o su precariedad asociada), para saber dónde estamos y quiénes mandan. Pero no por ese relato tan discrónico que te has marcado.

Aparte de los barrios verdaderamente marginales (3.000 viviendas, Orcasitas, Pan Bendito, La Bota, La Coma, etc.), esos mismos que hoy siguen siéndolo, en esa época que a veces describes y a veces imaginas, con todo lo que había por mejorar, que era muchísimo, y al margen del porcentaje de familias desestructuradas (como hoy), existían moderadas oportunidades para casi todo el mundo y había una serie de nuevos derechos sociales que hoy han desaparecido. Y pintar aquel momento en un barrio de extrarradio como tú lo has pintado, de forma tan torpe, es dar carnaza a los que aseguran que hoy se puede triunfar si tienes la suficiente valía (y que para recochineo te ponen de ejemplo).

No es bueno exagerar, Antonio, y menos con temas como este. Se lo has puesto a huevo a un montón de descerebrados que se están partiendo de risa, y con razón. “Historia de cómo el capitalismo ayudó a Antonio Maestre a salir de la miseria”, “del gueto a La Sexta” es lo menos lesivo que te han dedicado. Y te lo has buscado tú solito, no les eches la culpa ni te refugies en si son o no son clasistas. Yo desprecio el clasismo y a mí me ha parecido un auténtico despropósito.

5 Comentarios

  1. yo en el curso 1974/75 estuve de maestra en un barrio de Madrid S. Fermín. Había una zona de viviendas bajas que estaban muy bien, pero detrás del colegio había una zona de chabolas y casas que con un soplido parecía que se iban a derrumbar, y mucha miseria y hambre. Desde mi situación creía que eso ya no existía en España y fue para mí un choque tremendo, no es que yo fuera rica, ni mucho menos, pero aquello era inhumano.Después las cosas mejoraron ya que estuve en ese colegio 13 años.Sí había mucha pobreza y si te quieres informar de algo más, pregunta por un barrio que había en Barbate llamado El Zapal . Pocas goyerías había por esa época.

    • Y en los barrios chabolistas sigue en muchos casos la misma problemática, pero él vivía en el extrarradio, en uno de los muchos barrios de aluvión en los que crecimos muchos chavales de los 60 en adelante, en un piso en propiedad, no en un barrio chabolista. Y dibuja un panorama, principalmente a finales de los noventa que es cuando Maestre pudiera empezar a enterarse de dónde vivía, que recuerda más a Los Santos Inocentes que a una ciudad dormitorio de Madrid: jornadas de trabajo extenuantes (e imposibles como norma), explotación brutal, pobreza extrema (solo patatas, sin poder cambiar de zapatillas, haciendo grandes esfuerzos para poder comprar un triste libro, etc.) que además de irreal es el caldo de cultivo perfecto para que, por comparación, valoremos positivamente las actuales condiciones socioeconómicas, que en realidad, casos concretos aparte, son mucho peores que las de los noventa. A mí su texto me parece un auténtico despropósito.

  2. Esto…, ejem… sí, como siempre – o casi – estoy al 100% contigo, Paco.
    Desafortunado relato, Antonio, permíteme que te lo diga. No soy de los vuestros por muchas razones que no vienen al caso, sin embargo os defiendo a muerte por caso a la sinrazón, o lo que es lo mismo porque sois los únicos que representáis la sombra de mi ideario ideológico. Dicho esto solo apuntar algo que Paco ha omitido pero que sé le ha chirriado tanto o más que a mí; el término “anomia” sobra. De no ser que quieras escribir para la Real Academia, claro, pero si lo que pretendes es llegar al pueblo llano se puede escribir por vía coloquial (democrátizas con ello cultura y comunicación) reservándote cultismos para coloquios de rango. Y lo dejo aquí porque no quiero hacer sangre de lo que realmente pienso.

    • Pues sí, ya sabes que sí, pero no he querido meterme en ese follón que bastante me han repartido en las redes sin hacerlo. Pero creo que voy a sacarte de un error habitual con Maestre, porque me ha dado la sensación de que lo relacionas con ellos… no es de Podemos ni de perfil, y de hecho en algunos casos, y casi siempre cuando no corresponde, ha sido el crítico más feroz que he visto.

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