Antonio Zugasti | La Marea | 07 Julio 2017

En la versión digital de El País, ese periódico del capitalismo con aire progre, podemos leer: “La idea de la felicidad se ha convertido en una ciencia y también en un boyante negocio”. Decir que la  idea de la felicidad se ha convertido en una ciencia es una muestra clarísima de la miseria intelectual que está detrás de los brillos de la mentalidad capitalista. Lo que sí es muy cierto es que tratan de convertir el ansia de felicidad de los seres humanos en la fuente de boyantes negocios.

Cuando llega la época de vacaciones, ese afán de negocio alcanza uno de sus máximos anuales. Primero nos hacen vivir en una sociedad en la que el trabajo es cada vez más exigente y menos seguro. La mayoría está atrapada en el estrés de las grandes ciudades con sus prisas y sus atascos, pendientes del cuidado de los hijos y a veces de los abuelos, apremiados por las mil ocupaciones y preocupaciones de cada día.

Así la necesidad de descanso y de ocio se hace más urgente. Ciertamente esta necesidad de descanso es universal, la tenemos todos los seres humanos, lo que pasa es que la forma de satisfacerla varía mucho de unas culturas a otras. Algunos autores hablan de satisfactores. Estos serían las distintas formas que han existido y existen en el mundo para cubrir esas necesidades comunes.

Para la cultura burguesa, capitalista, todos los satisfactores para cualquier aspiración humana están relacionados con el consumo. La satisfacción es alcanzada gracias a la riqueza, al dinero de que dispongamos para conseguir esos satisfactores. Cuando se llega a la necesidad de descanso y de ocio, no podía ser de otra manera, se pretende satisfacerla a base de consumo. Además el consumo de masas es fuente de grandes beneficios para algunos. ¡Qué más se puede pedir!

Y aquí entra la utilización de la idea de felicidad. Una publicidad abrumadora, metiéndote por los ojos imágenes de parajes y situaciones paradisiacas, nos empuja a unas vacaciones febrilmente consumistas: vorágine de viajes, cruceros, diversiones, hoteles… consumo y más consumo.

Todos esos satisfactores que la omnipresente publicidad nos presenta como el colmo de la felicidad tienen un gran atractivo, no cabe duda. Pero, aunque nuestras posibilidades económicas nos permitan alcanzarlos, cosa que solo le ocurre a una minoría de la humanidad, tienen dos graves inconvenientes: el primero es que, como todo el bienestar conseguido a base del consumo, no proporcionan la felicidad prometida y esperada, y el otro es que  son físicamente insostenibles en nuestro pequeño planeta Tierra.

El consumo, como el afán de riqueza, es una droga más, que produce un efecto similar a las demás drogas. Primero unos momentos de satisfacción, pero esos momentos pasan pronto y viene el ansia de una nueva dosis. Si esa dosis no llega, el mono puede hacerse intolerable. Una mirada atenta a los grupos económicamente privilegiados de la sociedad nos permite comprobar eso de que el dinero no da la felicidad. A esta gente el dinero le rebosa por todos los poros de su cuerpo, pero siguen deseando más y más. Si un año no han ganado más, se sienten muy frustrados, y si vislumbran el riesgo de perder cuatro euros, se echan a temblar y están dispuestos a matar a los que haga falta para defender su dinero. Naturalmente unos buenos burgueses rechazarían indignados esa idea de que están dispuestos a matar para defender su dinero, o para ganar más. Pero prefieren no investigar por qué tanta gente muere de hambre en el mundo o se mata en guerras interminables. ¿Y cuántos millones de muertos produce cada año el afán de beneficios de las empresas y los países capitalistas?

La otra pega de este tipo de vacaciones, como de todo el estilo de vida capitalista, es que es insostenible y nos lleva a una catástrofe. Eso lo afirman desde los científicos: La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta (manifiesto Última Llamada), hasta el papa Francisco en su encíclica Laudato si: Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades.

Pero rechazar este tipo de vacaciones no supone renunciar a ellas. Hay alternativas, algo que el discurso dominante tiene el máximo interés en ocultar. En nuestras manos está aprovechar la libertad de las vacaciones para liberarnos del afán consumista. Optar por unas vacaciones más relajadas y humanamente enriquecedoras. En la historia del pensamiento humano nunca se ha hecho depender la felicidad de la riqueza, aunque siempre haya existido gente con un pensamiento más animal que humano, que haya matado por la riqueza.

Ha llegado un momento en la evolución de la humanidad en que su supervivencia depende de que seamos capaces de buscar nuestra felicidad sin pasar por la riqueza. Disfrutar de la naturaleza, de la que tenemos más cerca de nosotros, sin necesidad de viajar al Caribe, sentirnos libres, practicar los juegos y aficiones favoritas, enriquecernos culturalmente con una buena lectura, fomentar unas afectuosas relaciones humanas… Placeres gratuitos que nos acercan a una vida más feliz y una humanidad sostenible.

Antonio Zugasti es socio cooperativista de La Marea.

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