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Manuel Martorell l Cuartopoder | 

Cuando hace un mes, en la mañana del 7 de junio, sendos comandos atacaron en Teherán el Parlamento iraní y el mausoleo del ayatolá Jomeni,  muchos medios de comunicación mostraron esta acción como una muestra más de la capacidad del Estado Islámico para golpear a sus enemigos, ahora el régimen chií de Irán, en el centro neurálgico de su poder.

Menos sorprendente fue comprobar que, entre los atacantes y las decenas de detenciones realizadas de forma inmediata, hubiera militantes salafistas de Paveh, localidad situada en el Kurdistán iraní, una región donde, al contrario de lo que ocurre en el resto del país, se practica mayoritariamente el islam suní.

En esta zona, fronteriza con Irak, no solamente se había detectado en los últimos años la actuación de elementos yihadistas, sino que la existencia de estos grupos integristas era un secreto a voces, hasta el punto de que las organizaciones kurdas locales ya habían denunciado la radicalización de algunas mezquitas, la exhibición pública de banderas del Estado Islámico, así como ataques a peluquerías de mujeres, salones de belleza y hasta bodas tradicionales, en las que todo el mundo sabe que hombres y mujeres bailan juntos y las jóvenes aprovechan para desprenderse del velo islámico obligatorio.

De hecho, el Partido Democrático del Kurdistán de Irán (PDK-Irán) difundió en diciembre de 2014 un informe sobre la situación en Paveh y el valle de Hawramán, igualmente limítrofe con Irak, informando de estas actividades e incluso dando los nombres de los principales militantes yihadistas: Ahmad SadeghiSaryas SadeghiNehadi WaysiHafez WaysiAzad KargarMezad Kargar y Eghbal Sahrei.

Tras el doble atentado de Teherán, este importante grupo de la oposición iraní no tardó en señalar que uno de los atacantes identificados –Saryas Sadeghi– figuraba en la lista publicada hace casi tres años y que, pese a esa denuncia sobre la presencia del Daesh en algunas ciudades kurdas, las autoridades de Teherán no habían tomado las medidas necesarias para atajar la amenaza.

Denuncia del PDK-Irán sobre las actividades yihadistas en el Kurdistán iraní. En la sexta línea y con el número 2 figura el nombre de Saryas Sadeghi.

Pero tampoco es la primera vez que se denuncia la instrumentalización de grupos salafistas para socavar el apoyo popular de las organizaciones kurdas, por lo general de orientación laica y progresista, como el citado PDK-Irán, integrante de la Internacional Socialista, el movimiento Komala, rama kurda del Partido Comunista Iraní, o el PJAK, un grupo vinculado al Partido de los Trabajadores del Kurdistán de Turquía, más conocido por las siglas PKK.

Existe constancia de esta estrategia del régimen chií desde el mismo ascenso al poder de Jomeini en 1979. Entonces, el propio Jomeini llegó a ofrecer una autonomía kurda al grupo Maktab-e Quram (Escuela Coránica) y al líder salafista Ahmad Moftizadeh siempre que los partidos tradicionales quedaran al margen de ese gobierno autónomo. Aún más evidente fue el apoyo en los años 90 a los incipientes grupos islamistas que aparecían en el Kurdistán iraquí con el mismo objetivo de destruir la fuerza de los partidos kurdos, en concreto del PDK liderado por Masud Barzani o la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), de Jalal Talabani.

Tales grupos integristas terminarían formando la organización Ansar al Islam (Partidarios del Islam) que, también con apoyo de Irán, llegó a implantarse en la región fronteriza de Beyara y Tawera, donde consiguieron proclamar un emirato independiente. Cuando este Emirato de Beyara fue desmantelado coincidiendo con la invasión angloamericana de Irak, muchos de sus miembros escaparon a Irán, donde fueron acogidos por las autoridades iraníes, que les asentaron en ciudades como Paveh o Marivan, suministrándoles alojamiento, locales y tarjetas de residencia. Después, parte de estos militantes regresaron a Irak, fundamentalmente a Bagdad y a la zona de Mosul, para unirse a la resistencia contra la ocupación norteamericana, constituyendo finalmente la rama iraquí de Al Qaeda, que, más tarde, daría pie a la creación del Estado Islámico.

Es más que significativo, en este sentido, que el principal líder de Al Qaeda en Irak, Abu Musab Zarqawi, pudiera llegar hasta Bagdad desde Afganistán atravesando Irán y permaneciendo durante meses al amparo de la infraestructura logística puesta a disposición de los antiguos miembros de Ansar al Islam sin que las autoridades iraníes hicieran nada para impedirlo.

En definitiva y como ha ocurrido en otros conflictos, el núcleo duro del régimen iraní, concentrado en los Pasdaranes y los servicios de inteligencia, siempre ha optado por apoyar a las organizaciones yihadistas para debilitar el nacionalismo kurdo, llegando incluso a exigir la retirada de los peshmergas (combatientes) del PDK-Irán que acudieron en defensa del Gobierno kurdo de Irak cuando, en junio de 2014, el Estado Islámico inició su ofensiva general.

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