Francesc Miró | El Diario | 18/07/2017

En un célebre diálogo de aquellos que le encantaba escribir -que no mantener- a Voltaire, el filósofo parisino planteaba cómo sería tener una conversación con la naturaleza. Él, siempre intenso, preguntaba a la naturaleza cómo era posible que fuera tan bruta creando montañas y mares, pero tan minuciosa y detallada dando vida a animales y plantas. A tal cuestión, la naturaleza contestaba: “¿Quieres que te diga la verdad? Me han dado un nombre impropio; me llaman Naturaleza, y soy toda arte”.

La relación entre arte y naturaleza es tan antigua que no se puede explicar la una sin la otra: en el mismo gen del arte radica cierto ímpetu por retratar o capturar lo que tenemos a bien considerar naturaleza, desde la Venus de Willendorf a las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira. Y hablar de este complicado pero fuerte vínculo suele terminar en arduas discusiones sobre la evolución de la concepción de arte o de la imposibilidad de definir qué es la naturaleza.

Lejos del tono sesudo que suele echar hacia atrás a cualquier lector que no sea licenciado en Historia del Arte,  Sans Soleil Ediciones acaba de publicar uno de esos libros que bien merecería una exposición: Naturalezas Mutantes plantea una lectura posible en base a momentos clave que dan muestra de lo peliagudo del idilio. De sus excepciones y fisuras. Un recorrido que nos reta a pensar, ¿y si antes de llegar a ningún sitio descubriésemos que ambos términos, en realidad, son lo mismo? Con esta idea empezamos el viaje.

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Extracto de ‘El jardín de las delicias’. 1490-1500.

El Bosco: una forma de imaginar la naturaleza

El año pasado se cumplían 500 años de la muerte de Hieronymus Bosch, también conocido como El Bosco. Una efeméride que el  Museo del Prado aprovechó  para realizar una exposición que mereció ser la  más vista de su historia y que volvió a sacar al pintor de Bolduque a la palestra con los consiguientes ríos de tinta que analizaban el asombrosamente original halo que rodea sus imágenes.

Lo que puede que pasara desapercibido fue lo que M. Rosa Terés defiende como la razón de este carácter fantástico. Por eso empezamos este recorrido con él: una grieta en la representación de la naturaleza en el arte. Según la catedrática de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona, “esta originalidad y el carácter, a menudo desconcertante y terrible, de sus imágenes tiene su concretización máxima en la representación de la Naturaleza”.

Conocedor de las obras de los flamencos y su dominio para captarla con total precisión, él también llevó siempre a cabo una traslación realista de la misma. Pero esta representación “adquiere en El Bosco un carácter singular e irrepetible: la naturaleza lo es todo menos naturalista, puesto que en ella se mezcla la realidad más precisa con la fantasía más insólita”. Buena prueba es El Jardín de las delicias, una obra inabarcable en todos los sentidos que muestra su capacidad para mezclar realidad y fantasía cuando observa la naturaleza. Y fecha el inicio de lo mutante de esta relación a finales de la Edad Media.

'Agnus Dei', de Francisco de Zurbarán
‘Agnus Dei’, de Francisco de Zurbarán. 1635-1640.

La naturaleza muerta

La siguiente parada de este extraño recorrido nos lleva hasta el Siglo de Oro español para estudiar dos de los géneros naturales por excelencia: el bodegón y el paisaje. Ambos términos, cabe decir, creados a posteriori por la impuesta necesidad de catalogación de nuestro entorno académico, que sin embargo fueron tremendamente populares allá por el siglo XVII.

Los pintores de esta época -tales como El Greco, Zurbarán o Antonio de Pereda- dejaban atrás la naturaleza como terreno de fértil imaginación y preferían “deleitar los sentidos del gran público, a seducir al espectador mediante su contemplación”, explican Sara Caredda y Ramón Dilla Martí en Naturalezas Mutantes.

Según ambos Doctores en Historia del Arte en la Universidad de Barcelona, la visión del siglo XVII de la naturaleza podía ofrecer distintos niveles de lectura. Su popularidad no los hacía menos dignos de estudio. “Un observador común podía maravillarse ante la habilidad técnica de un paisaje o de una naturaleza muerta donde, además, era capaz de reconocer los objetos cotidianos representados”, afirman. “En cambio otro público más erudito podía percibir otros significados en clave religiosa o alegórica”.

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‘Peregrinación a la isla de Cithera’, de Jean-Antoine Watteau. 1717.

Una utopía natural

Otra mirada particular a la relación más antigua que ha mantenido el arte con cualquier cosa que no fuera él mismo, nos lleva hasta el siglo XVIII, ese que se considera el paso de la Edad Moderna a la Edad Contemporánea. La Francia del Rococó nos presenta un imaginario natural que acoge los cambios profundos de una sociedad en crisis: la materialización de sus utopías y anhelos. La naturaleza puede ser, también, un espacio en el que soñar un futuro.

“El arte Rococó afirmaba por un lado los ideales del Antiguo Régimen”, cuenta Tobias Locker. Aunque la representación de la naturaleza también “fue utilizada con distintos propósitos, creando espacios donde la utopía y la realidad se mezclaban, llegando a difuminarse”.

Según el Doctor en Historia del Arte en la Technische Universität Berlin, en esta etapa “a través de la naturaleza se reforzaba el lujo y la exclusividad de las clases elevadas, recordando los modos de ostentación del Barroco y endulzando la despedida de los años del Antiguo Régimen”. “Una época de cambios que mostraba una imagen de un paraíso prácticamente perdido”.

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‘Las malas madres’, de Giovanni Segantini. 1894.

Metamorfosis creativas

En el siglo XIX, las evocaciones de la naturaleza en el arte son, de repente, más transdisciplinares que nunca. La imagen que de la naturaleza se transmite desde la literatura transita con facilidad a la pintura, y esta lo hace a su vez hacia la música e incluso hacia la ciencia.

Según la Profesora Titular de Arte en la Universidad de Barcelona Teresa-M.Sala, en este momento se producen una serie de transformaciones del imaginario popular “cuando la idea de metamorfosis estaba en el aire”. De tal manera que empiezan a ser muy habituales “las representaciones artísticas de figuras híbridas -plantas, flores y animales- que se vertebran misteriosamente y se mezclan con lo imprevisible”.

Esta tendencia estética fue durante este siglo desde las pinturas de  Odilon Redon –inolvidable su Ofelia– hasta la mismísima Metamorfosis de Kafka, demostrando cómo se contaminaban unas y otras artes. La prueba, como demuestra Teresa-M. Sala, radica en que la concepción de la naturaleza cambia considerablemente desde la ciencia gracias a la publicación de El origen de las especies de Darwin allá por 1859. Desde entonces – aunque aún parece que hay quien no ha aceptado la idea-, se comprende la naturaleza, los animales y vegetales, como consecuencia de un proceso de adaptación. Es decir, de transformación. Algo que el arte supo entender.

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‘Tierra erótica’, de André Masson. 1939.

Naturalezas surrealistas

El convulso siglo XX convirtió la idea de naturaleza en el arte en algo más oscuro. De las naturalezas muertas a las cambiantes llegamos, sin saber muy bien cómo, a una representación directamente delirante. La herida de una Guerra Mundial y el clima de otra en ciernes hizo del Surrealismo el estilo que consolidaría un imaginario natural lleno organicidades abyectas y sucias. Las de Dalí, Max Ernst o André Masson.

Según Víctor Ramírez Tur, Licenciado en Comunicación Audiovisual en la Universidad Autónoma de Barcelona, “a una época degenerada debe corresponderle un arte degenerado, tambaleante, repulsivo”. Para él, “la naturaleza será refugio y espacio de fusiones pero no podemos esperar que ese lugar de encuentro disidente sea naíf”. La naturaleza cobra pues, el inédito sentido de refugio de libertad por contraponer lo repulsivo a los valores de un fallido pensamiento ilustrado. Adiós a la mitología salvadora de la Madre Tierra, hola a las fusiones informes de tierras y cuerpos de madres.

Bioarte: naturalezas que viven y mueren

Ya en los albores de este siglo en el que nos ha tocado vivir, el arte encontró una nueva manera de referirse a la naturaleza: el bioarte. Una disciplina que usa técnicas de modificación de organismos vivos que ha suscitado no pocas polémicas, puesto que al leer sobre ello era fácil preguntarse si era realmente una práctica novedosa o se llevaba a cabo desde hacía siglos mediante la manipulación de la naturaleza a manos del hombre. Lo que estaba claro era que la relación había cambiado hasta tal punto que llegaba a poner en tensión el concepto tradicional de obra de arte. ¿Por qué?

Para Natalia Matewcki “ya no estamos hablando de una obra fija y permanente, como una pintura en un caballete, sino que la obra del bioarte cambia, muto e incluso muere”. Según la Doctora en Artes por la Universidad Nacional de La Plata, el arte vivo como nueva representación artística de la naturaleza “produce un quiebro con aspectos fundamentales de la obra moderna y pone en crisis todo intento de demarcarla o establecer con ella distinciones disciplinares”.

Algo que viene a significar que hoy, naturaleza y arte mantienen una relación mucho más íntima pero también más anárquica y difusa. Muchas veces, de hecho, son lo mismo. Así que tal vez no se equivocase Voltaire: la naturaleza siempre ha tenido un nombre impropio.

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‘The Farm’, de Alexis Rockman. 2000.

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