Madre reciente | 20minutos.es | 20/07/2017

(GTRES)

No soy sospechosa de defender la bofetada a tiempo. No soy en absoluto de las que creen que dar cachetes a los niños es algo inocuo. Da igual que no duelan por fuera. Incluso da igual que no duelan por dentro. Siempre, como poco, dejan un poso de que la violencia es una salida en el marco de una relación que debería ser de amor y respeto.

Pegar un bofetón puntual a nuestros hijos es una triste muestra de que nos hemos quedado sin recursos, de que hemos perdido la paciencia. Si hemos soltado una bofetada a uno de nuestros hijos, da igual el alcance de su rabieta o la poca razón que el niño tuviera, lo hemos hecho por una simple cuestión de superioridad física, de abuso de poder, de falta de control.

Pegamos esos cachetes ‘educativos’ a niños pequeños. Cuando el chaval mide uno ochenta y nos dobla las espaldas es un recurso que ni nos planteamos. “¿Dónde voy yo a darle una torta a ese tiarrón?” procesan rápidamente nuestras neuronas. Y nos retenemos.

Y de esa situación viene otra pregunta. ¿Qué dice de nosotros entonces que sí se la demos a un niño pequeño?.

A los niños no se les debe pegar. Y punto. El objetivo como padres debe ser tener otros recursos, otras herramientas. Y existen, claro que sí. Mi hijo tiene casi once años, casi mi tamaño, y a veces comportamientos de un niño de dos años. Y no le hemos pegado jamás, ni jamás lo haremos. Aunque a veces no hayamos podido contener un grito huracanado, aunque hayamos tenido que contar hasta veinte.

Tampoco a mi hija, que tiene ocho años ahora, le hemos tocado un pelo nunca. Tenemos ambos, mi marido y yo, la suerte de ser personas templadas. De no tener un carácter explosivo.

No obstante, también es verdad que podría pasarnos. ¿Quién sabe? Lo mismo llega un mal día que perdemos del todo los estribos ante una trastada o una rabieta tamaño XL y se nos escapa la mano. En ese caso sería verdad aquello que cuentan de que nos dolería más a nosotros que al niño. También creo que no tendría sentido ninguno que nos fustigásemos por ello. Todo el mundo se equivoca. También nos equivocamos ejerciendo de padres. Somos humanos.

Lo que me parecería de locos es que acabásemos por ello sentados ante un juezcomo ha sucedido en A Coruña.

En 2015 un niño de once años, en plena rabieta por no querer hacerse el desayuno, estampa un móvil de 800 euros contra el suelo. Y su madre le estampa a él un tortazo.

Lo siguiente es que el mismo niño denuncia a su madre. En fin… La cosa es que se admite a trámite y el fiscal pide para ella 35 días de trabajos comunitarios y la prohibición de acercarse al menor a menos de 50 metros durante seis meses.

¿Cómo? ¿Seis meses sin acercarse a su hijo? ¡Seis meses sin acercarse a su hijo! ¿Y quién se responsabilizaría del niño? ¿Hay padres separados? ¿Hay algo más que se nos escapa? Seguro…

Y acaban en un juicio, ante un juez, por ese bofetón que no le causó ningún daño físico y que fue puntual. Que no, que no tendría que haberle pegado. Pero es algo excesivo se mire por dónde se mire.

Aparentemente el juez es de la misma opinión y ha absuelto a la madre. Dice el magistrado que “no abofeteó a su hijo para causarle una lesión. Su intención era clara y solo trataba de poner fin a una actitud violenta del menor”.

También añade que “quien suscribe estas líneas en ningún momento defiende el castigo corporal sistemático, o que ocasione cualquier tipo de lesión” y que “acudir a una corrección física moderada está justificado y así se hizo”

Ahí ya no estoy segura de estar de acuerdo con el juez. Obviamente, como él, no defiendo el castigo corporal sistemático o que cause lesiones. Pero tampoco que las correcciones físicas moderadas puedan estar justificadas. Claro que lo mismo él tampoco quería dar eso a entender en un plano general, sino en el sentido concreto de acabar en un juzgado.

No, no se puede sentar a una madre ante un juez por darle una bofetada puntual a su hijo.

4 Comentarios

  1. Es que dar un cachete o bofetada al niño (siempre en función de su edad), no es para sentar a los padres ante la Justicia. Y ya ni qué decir tiene, extrapolando el caso al uso de los móviles por adolescentes, siendo responsables exclusivamente los padres para tener a sus hijos entretenidos, desentendiéndose del uso del dispositivo que hacen los chavales, aunque existen casos en que, al contrario, no les dan la bofetada a tiempo si se resisten a abandonar el celular, por temor a que los hijos se tomen represalias y los denuncien a los tribunales.

    Aunque la adicción al móvil nos ha alcanzado hasta a los adultos, es preocupante que ya desde niños la estén adquiriendo para ver dibujos animados, con el consiguiente y posible perjuicio para la vista a largo plazo. Y desde luego, si los padres no les controlan el tiempo en internet, o incluso les esconden el celular indefinidamente hasta que, al menos, cumplan 14 o 15 años (edad aconsejada por expertos para disponer
    (Continúa en 2)…

  2. …2)
    del mismo), en mi opinión, el hábito continuado adquirido en la infancia hará imposible que de mayor se desprendan del móvil, con el agravante de que la sociedad con falta de comunicación directa que estamos creando, será su mejor aliada para perpetuarla. Yo personalmente, veo difícil solución al tema, teniendo en cuenta que existen aulas con ordenador en los que se inician (tal es la veloz implantación de las nuevas tecnologías). Claro que otra alternativa para tener a los hijos localizados, sería, en mi opinión, dotarles de móvil sin internet.

  3. Hace años asistía a una conferencia que el Dalai Dama daba en la Universidad, creo recordar que de Sarriko. Convendremos en que el Dalai Lama, por otro lado premio Nobel de la Paz, que visto cómo se otorgan no sería mucho decir, es una persona fuera de toda sospecha violenta, y un Maestro en muchos campos. En el tiempo de preguntas alguien le preguntó acerca de qué opinaba él sobre la violencia contra los niños. Y en su respuesta vino a decir: “En el proceso educativo de todo niño, llega un momento en que puede ser conveniente que reciba una bofetada, para que conozca donde están los límites”, Esto podrá ser quizás discutible desde este buenismo que nos invade y que lleva a privar a educadores, profesores, padres, de la autoridad necesaria (no confundir con autoritarismo), y que un mocoso arrebatado pueda destruir impunemente bienes ajenos, insultar a los padres o profesores, retarles con “como me pegues te denuncio”, incluso llegar a hacerlo y que los educadores pierdan el último resquicio de autoridad que pudiera restarles. Estamos creando mónstruos, y los adultos somos los responsables de ello

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