Gregorio Morán | bez | 22 julio 2017

Un banquero español se ha suicidado. ¡Esto sí que es una noticia!

Creo que no tiene precedentes, y en verdad pienso en la cantidad de gente que ha afrontado algo tan personal y definitivo como el suicidio por razones que cabe achacar sin rubor alguno a la responsabilidad de esa gente que se forró, que se sigue forrando a nuestra costa y de la que sería impensable que tuvieran ese mínimo acto de valor -suicidarse no es una cobardía sino algo más complejo que tiene que ver con la vida cuando llega un momento en el que carece de sentido-.

Era el caso de Miguel Blesa, pero en situación semejante están desde el inefable Rato al Bárcenas que no necesitaba del ánimo de Rajoy -“Luis sé fuerte”- para demostrar que son de piedra berroqueña. ¿Se imagina alguien a un Rato o un Bárcenas suicidándose? Imposible. Están hechos de otra pasta. ¡Que se suiciden los blandos que no pueden superar sus miserias!

¡Cuántos financieros pillados en delitos tanto más graves que los de Blesa, que son muchos, jamás se les hubiera ocurrido un acto de valor y mandarlo todo a la mierda! Son inmunes a la sensibilidad y en este sentido he de reconocer que Miguel Blesa hizo al menos algo que, ante la sociedad no estúpida, tiene un valor. No soportar la derrota hasta el punto que este perillán, chulo y desfachatado, no logró alcanzar.

Cuentan que estaba afectadísimo porque ya no le dejaban entrar al palco del Real Madrid, en el Bernabéu. Hay que ser simple para no alcanzar la conciencia de que se trataba de un apestado. Debe ser complicado admitir tu condición de marginado en el desprecio cuando has sido demasiado rico. Ese mundo sólo admite hombres de hierro, implacables con los demás y benévolos consigo mismos.

Su gestión de Bankia fue fraudulenta, la invención de “las preferentes”, auténtica estafa bancaria aún impune, y las tarjetas black, que, por cierto, siempre me parecieron el chocolate del loro y una forma de desviar la atención de operaciones que sólo cabe calificar de estafas. Dudo que haya entidad financiera que no tenga entre sus egregios consejeros, equivalentes a las tarjetas de gasto privado, teñidas de responsabilidades de altos vuelos. No, Blesa era un alfil en un juego que sólo admite caballos y reyes y muchos peones. Los cargos que le encumbraron gracias a su amigo Aznar estaban por encima de su inteligencia, lo que en términos financieros diríamos de su perspicacia para la trampa. Pero las usó todas y se quedó colgado del alero de su vida y decidió que la única manera de romper el círculo del que ya no podía salir era pegándose un tiro certero, de cazador avezado en cacerías exóticas, en ese corazón que dudo hiciera otra cosa que latir. No sentía nada, y lo digo con el respeto que me merece quien se quita la vida. El único gesto que le honró en vida. Si hay otro, lo desconozco.

Pero qué sarcasmo tener que decir que fue el primer chorizo suicida, cuando en cualquier otro lugar, no digamos en Oriente, una trayectoria como la suya hubiera terminado mucho antes y con menor espectáculo. En Japón, por ejemplo, su conciencia de estafador contumaz que llevó a la ruina a centenares de pequeños inversores, que pusieron sus fondos en la más desvergonzada de las estafas, “las preferentes”, no hubiera superado el desprecio público, incluso el de sus cómplices. Se hubiera matado discretamente.

Quizá al final resulte que el único banquero suicidado tras todo el fango que ha corrido por los consejos de administración vaya a ser Miguel Blesa y que más pronto que tarde escuchemos a los financieros exclamar, “Pobre Blesa, no supo soportar la presión mediática”. ¿Y los tribunales? “Joven, eso se solventa con el tiempo, que todo lo borra”.

6 Comentarios

  1. Me extrañó que descartasen tan rápidamente un accidente (suponía que con suicidio se suele asociar arma corta y cabeza). Recuerdo un caso (en la prensa) de un cazador que murío al dispararsele el arma larga que dejaba en los asientos traseros.

Deja un comentario