Redacción/Rokambol/14.08.17

Un individuo embutido en un cuerpo comprado en un gimnasio y con tatuajes de futbolista de tercera división trata de meter a un niño flaco de cinco años debajo de la ducha que hay en la playa donde acabo de estar un rato tomando el sol. El chaval tiene frío y se retuerce como una anguila bajo el chorro de agua pero el brazo del energúmeno es dos veces más grueso que el tronco de su hijo, así que su destino está grabado a fuego en la alcachofa de acero inoxidable. Creo que es su padre porque al lado hay una mujer muy delgada que sostiene un cubito y una pala mientras intenta disimular su incomodidad con una sonrisa de medio chelín.

El “hombre” tacha al pequeño de cobarde, enano y alfeñique, y cuando termina de ducharlo también le dice que parece un maricón, literalmente. La madre afloja la falsa sonrisa, pero nada más. El zopenco suelta entonces al niño, comprueba que el agua no le ha salpicado su bañador para malnacidos y comienza a desplazarse hasta un banco donde la “familia” tiene los bártulos. Digo que se desplaza porque la musculatura de sus muslos le impide andar, en el sentido elegante de la palabra. Tampoco puede balancear los brazos para ganar algo de psicomotricidad porque los bíceps le rozan en los sobacos, de modo que lo que veo son ciento veinte kilos de carne depilada avanzando muy despacio por el paseo marítimo.

El patán ocupa dos tercios del banco y tiene las piernas muy abiertas, igual que las de un cerdo esperando a que le abran en canal en el matadero. Pero ni siquiera medio huevo le asoma por la ingle, tan exiguo es su equipamiento genital.

En la zona del banco que el cafre ha dejado libre está la madre abrazando a su hijo con una toalla barata, de las que no secan. Pero el niño flaco parece estar en la gloria y cierra los ojos, como si ya estuviera a salvo para siempre.   Más en Rokambol

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