Javier Pérez de Albéniz | Cuarto Poder

El pasado 16 de agosto salí de España con dos noticias recortadas del periódico. La primera aseguraba que “España es el único gran país sin ninguna universidad entre las 200 mejores del mundo”. La segunda, que la mayoría de los mojitos y empanadillas que se venden ilegalmente en las playas de Barcelona presentan restos de la bacteria E. coli. Es decir, de mierda.

¿Es España el “gran país” que pregona sin pudor, a modo de mantra, Mariano Rajoy? Me preguntaba mientras meditaba sobre restos fecales y mediocridades universitarias. Y en eso unos terroristas estrellaron una furgoneta contra ciudadanos inocentes, despertando viejos fantasmas, nuevas miserias, en un país que se debate entre la grandeza ilusoria del presidente del Gobierno y la realidad cainita de una población que no necesita demasiados motivos para enfrentarse.

«España es un país que no parece aprender de sus errores, que se niega a corregir sus defectos»

Desde la distancia, España es en principio un país complicado. Mediocre cuando el análisis es más profundo. Y finalmente aburrido, soporíferamente aburrido. Complicado por la división constante, por la intransigencia de una caverna que se resiste a morir, por la mediocridad de su clase política, por el deterioro de sus medios de comunicación. Mediocre porque parece incapaz de superar, de una vez por todas, décadas de caspa, de religión, de dictadura reciclada en monarquía, de envidias y trincheras, de ideas viejas y resentimientos nuevos. De aburrida por todo lo anterior: España desde fuera de España parece un debate de La Sexta, gritón e intrascendente, tendencioso y previsible, repetitivo en su simpleza y cargante en sus argumentos. Una pérdida de tiempo. Un país que no parece aprender de sus errores, que se niega a corregir sus defectos, que se aferra a un pasado en blanco y negro.

Las mentiras de los bolardoslos policías que tratan de desacreditar a los policías, los políticos que necesitan invitación para ir a las manifestaciones, los que no quieren ruedas de prensa en catalán pero sí en plasma, los que publican fotos de un hombre muerto al que llaman “la bestia asesina”, los que relacionan terrorismo islamista con deriva independentista, los curas fascistas, los medios sensacionalistas o partidistas, los que venden armas a quienes financian el terrorismo…

Somos un país diminuto que, pese a su tamaño, se merece una suerte mejor. A la altura de sus mejores ciudadanos, y de aquellos que sufren el terror, la discriminación, el desprecio o la indiferencia. Seguramente deberíamos comenzar el cambio por la educación, por esas universidades que, como decía el recorte de prensa del comienzo del post, nos definen como único país desarrollado sin campus de gran nivel.

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