Por: Julián Arias.

UNO

La tarde del 10 de mayo de 2006, Ousmane Fayé masticaba pausadamente el arroz con verduras que había preparado su madre. Recogió los últimos granos del plato y los mezcló con el thiof. Saboreó cada pedazo, cada espina del pescado. Sus dedos recorrieron el fondo del plato una y otra vez, asegurándose de arrancar el sabor para atesorarlo en la boca.

—Era un día normal y corriente. Si hacía calor o frío, no me daba cuenta, porque estaba pensando que me iba, que dejaba a mi familia; la tristeza de ir sin poder despedirme. Además, tenía miedo, no estaba seguro si llegaría vivo o muerto, o si llegaría.

A su madre le dijo que se iba unos días para una ciudad cercana, a visitar unos amigos. A sus ocho hermanos, todos menores que él, que pronto les enviaría dinero. Su abuela Fatoumata lo abrazó y no le preguntó nada. De sus tíos y sus primos no se despidió. El único que sabía era Moustafa, su mejor amigo. En su último encuentro, esa mañana, sentados en un tronco bajo la sombra de una acacia, planearon, razonaron, discutieron. Ousmane persuadía a su compañero, intentaba sacarle el miedo de los ojos para convencerlo de hacer juntos la travesía.

—Cuando estás en el barrio y no tienes nada, tienes tus amigos que vienen de otros países, que pueden comprar una casa, ropa, cosas y tú ves eso, ¿qué harías? Si ellos pueden tener eso, ¿por qué yo no?

DOS

Son las nueve de la noche del lunes 6 de febrero de 2017. Los parlantes retumban con el golpe del djembé. Una estadounidense, una dominicana, un senegalés, una italiana y varios españoles intentan seguir la melodía. Ousmane les enseña el bailoteo. Por su cuerpo se pasean una serie de movimientos ondulantes a ritmo de salsa y mbalax, una variedad de música africana. El sonido se detiene. El profesor mira a los aprendices y repite los pasos muy despacio: uno, dos, tres. Da una palmada, sube el volumen y se gira.

—Desde pequeños, las abuelas empezaban a palmear para que uno bailara. Me emociona mucho el baile, me recuerda mi tierra. Cuando estoy triste, cuando tengo problemas, bailo; la alegría nunca se gasta.

Esta noche Ousmane es profesor de baile en la ONG Poblado Mundo; mañana será electricista, y hasta las cinco de esta tarde trabajó recogiendo olivas en los campos cercanos. Hace algunos meses madrugaba a organizar mercadillos y en las noches trabajaba como vigilante. Un tiempo atrás fue tramoyista; ese oficio es su profesión, lo que más le gusta hacer.

Su currículum en esta tierra empezaría a escribirlo 11 años atrás; el 8 de junio de 2006. Ese día llegaron un policía y un funcionario de la cruz roja hasta su celda en el centro penitenciario Tenerife II. Le pidieron que organizara sus pertenencias rápidamente. Las dos camisetas las empacó en una bolsa de plástico. Se puso la chaqueta, tomó la frazada que lo cubrió del frío los últimos 22 días y se la colgó del cuello. El policía y el funcionario lo acompañaron hasta subirlo en un avión de Iberia.

—Era la primera vez que montaba en avión. Pasé mucho miedo, y no por la sensación del avión. No sabíamos si nos estaban deportando o nos estaban llevando a la península; no nos decían nada. A unos los bajaron en una ciudad, a nosotros en Barcelona.

Esa noche, Ousmane caminó las grandes avenidas de la ciudad, observó aturdido los cientos de luces empotradas en las moles de cemento. Comparó el aire, el cielo, la gente; contempló los grandes portones de madera tallada y hierro fundido, siempre cerrados. Deambuló por horas buscando un sitio para dormir. Entonces, apoyó la cabeza al lado del dispensador de billetes de un cajero automático, apretó la frazada y pensó en su familia hasta quedarse dormido. Al amanecer, cuando el viento se coló por las rendijas de la puerta y el hambre le llenó de sabores la boca, despertó, observó a través del cristal un cartel de comida en oferta, se incorporó, estiró los brazos, recordó el motivo de su viaje y rezó suplicante por que esta fuera la última noche en la calle.

—En mi tierra, por muy pobre que somos, no dormimos en la calle ni nos falta un plato de comida. Acá dicen que son primermundistas y nosotros supuestamente tercermundistas, y acá hay gente en la calle, con hambre. En mi casa, venga quien venga siempre hay comida; las puertas están abiertas siempre.

Por esos días la Cruz Roja contactó a un amigo suyo en Granada, una ciudad en el sur del país, dispuesto a recibirlo en su casa. Abdou le enseñaría a trajinar las aceras; su primer oficio, mantero.

Una mañana, Ousmane salió a caminar buscando un espacio libre en una de las esquinas de Plaza Nueva. Desarrugó el pedazo de tela blanca y la extendió en el piso. Una a una, y en hileras, colocó en ella las gafas Ray Ban, Oakley, Gucci, Prada. La cuerda que recogía la tela por las cuatro puntas la ubicó encima, asegurándose así un agarre efectivo en caso de una emergencia. Entonces vendió las primeras gafas: el comprador regateaba, Ousmane enseñaba su mano derecha con los cinco dedos estirados indicando el costo del producto, bajaba la mano y disentía con la cabeza ante la baja oferta. Al final, cuatro monedas de un euro terminaron en la cartera. Entretanto, un policía parado en la otra esquina hacía señas a un compañero en la acera de enfrente. Se acercaron. Ousmane se percató de la situación. Rápidamente se agachó y jaló la cuerda; las gafas quedaron envueltas dentro de la manta. Muy tarde. Los policías ya estaban a su espalda. La noche del mantero terminaría entre rejas.

—Yo aprendí a hablar castellano en la calle, fueron años difíciles. Cuando estaba en mi país decían que acá encontraba trabajo fácil y que podía hacer muchas cosas, resultó que todo es mentira, están dañando una generación entera de jóvenes de mi país. Vine acá y no tenía trabajo, los bancos no prestaban dinero, no compraba lo que quería, no tenía ni donde dormir.

Después de un año recorriendo aceras, Ousmane cambió de ciudad.  En Jaén consiguió trabajo cargando bultos y luego como tramoyista en el Teatro Infanta Leonor.

En un día de trabajo normal de mayo de 2013, mientras acomodaba la escenografía para la función de la tarde, el abogado que había contratado hacía más de un año se presentó con una carta firmada por la Oficina de Extranjería. Ousmane agarró el papel y empezó a escudriñar cada línea.

Certificado de registro de ciudadano

El encargado del registro central de extranjeros certifica que: de conformidad con el artículo…

Nombre:   Ousmane Fayé

Fecha de nacimiento: 6 de junio de 1982

Residente permanente en…

Ousmane miró al abogado. La caja escénica del teatro resonó como en los mejores conciertos; las tablas vibraron como en los días de baile. Su cuerpo exaltado se encorvó lentamente hasta arrodillarse, para darle gracias a dios.

Ese fue el momento más feliz en siete años. Ya podía tener seguridad, podía volver a su casa.

Un mes más tarde, Ousmane ingresaba al complejo hospitalario de Jaén con cuarenta grados de fiebre, dificultad para respirar y vómito. Le hicieron exámenes, le dieron medicamentos, pero el termómetro no bajó de 40. Llamaron médicos de otros hospitales y le hicieron más pruebas; más pinchazos, más medicamentos. Pasaron meses. La fiebre iba y venía; no le encontraban nada. El hospital fue su domicilio. Los médicos, los enfermeros y un televisor, su compañía. En todo ese tiempo sólo recibió una visita: el amigo encargado de enviar, cada mes, 300 euros a su familia.

Siete meses después los médicos descubrieron que tenía leishmaniasis visceral, una enfermedad endémica del áfrica Oriental e India. El 90 por ciento de los casos se producen muy lejos de la zona donde Ousmane vivió los últimos años. Se la transmitió un mosquito en la región del río Guadalquivir.

—Después del tratamiento salí del hospital, pero seguía muy débil. Perdí muchos kilos. Me daba vergüenza verme a mí mismo. No quería que me viera nadie. Pensaba que me iba a morir.

Estuvo encerrado en una habitación durante varias semanas, sin ganas de trabajar, ni de hablar, ni de comer. Los días pasaban con el control remoto del televisor soldado a su mano. Las noches lo embestían cargadas de nostalgia: su madre, su abuela, olores y sabores; el hogar lleno de familia, los amigos, el baile, los tambores. Una de esas noches se resistió a que el desvelo lo transportara a su tierra: se amarró las botas, se puso la chaqueta y salió a caminar. En la madrugada, mientras se tomaba una taza de café sentado enfrente del teatro, entendió que necesitaba volver para recuperar las fuerzas, estar con los suyos, sentirse en casa.

El viernes 11 Julio de 2014, a las 11 de la mañana, Ousmane se sentaba emocionado en una silla de avión. Entretanto, a más de 3000 kilómetros de distancia, su madre preparaba un cuscús muy especial que, cinco horas más tarde, el hijo disfrutaría rodeado de familia y amigos. Dos meses después, Ousmane se sentaría de nuevo en una silla de avión; esta vez, triste.

—Fueron días muy raros, de tristeza y alegría, ver a tu gente, tu madre llorando porque ha vuelto su hijo a casa después de ocho años. Cuando me volví sentí tristeza, pensando en que las cosas que hago no sirven para nada. Si estoy en mi tierra me echan, si estoy acá me echan. No puedo estar allí ni seis ni ocho meses porque la plata no alcanza, me siento como un extraño, y aquí la gente me ve y me dice: “vuelve a tu tierra, no eres de aquí”. Entonces, ¿de dónde soy?

Ya han pasado casi tres años desde aquella visita. Son las seis de la tarde del lunes 6 de febrero de 2017. Ousmane empuja la puerta del bar. Trae puesta una camisa blanca, una boina negra y una chaqueta de cuero que coloca en el espaldar de la silla. Se sienta en la barra y pide un café. A las nueve de la noche dará su última clase de baile en la ONG. A eso de las once, luego de despedirse de sus amigos, se sentará en un restaurante; entonces, con la voz reposada, entre lágrimas y risas relatará su historia.

Contará que a los 13 años cambió los libros por una escoba para barrer las calles de su ciudad, el día que su padre se fue de la casa. Que a los 23 decidió viajar a esta tierra, para mostrarle al mundo que él sabía trabajar. Que, aunque el viaje no ha sido fácil, en el camino ha encontrado gente bonita; amigos que han reído y llorado con él, que lo han acompañado a buscar los sueños. Esta noche, Ousmane contará que hace un tiempo conoció a Miriam, que está enamorado y que mañana ella lo espera en su nuevo hogar.

—Sueño con vivir mi vida, quiero pensar en mí. Ahora mismo no tengo vida, tengo que trabajar para ayudar a mi familia; es muy bonito, estoy encantadísimo de hacerlo, pero quiero vivir. Hoy tengo fuerza, pero me voy a hacer viejo y no tendré nada. Tengo que pensar en un futuro. La fuerza no me acompañará hasta la muerte. Entonces, lo suyo es que cada uno de mi familia tenga algo en lo que pueda trabajar, que no les falte nada para que puedan encargarse de ellos mismos. Quiero ser un poco egoísta. Desde los trece años no he parado de trabajar; ahora quiero formar familia y tener hijos.

TRES

Es la media noche del 10 de mayo de 2006. Una embarcación de madera con 82 personas apretujadas se sacude por el impacto de las olas. El piloto enrolla la driza en su mano y tira fuerte, intentando encender el motor. No arranca. El océano se agita y los arrastra hasta la arena. Un hombre, de pie en la parte de atrás, hace palanca con una vara y empuja la nave, mientras dos pasajeros, balde en mano, sacan el agua. Las olas insisten en devolverlos a la playa. Después de varios intentos el motor truena a toda potencia, el armazón se levanta y rompe las olas. Atrás quedan las luces de Dakar; al frente, una línea extensa y sombría.

—La primera noche me la pasé vomitando, no podía comer nada, sólo beber. El agua y las galletas alcanzaron para tres días.

Han pasado seis jornadas. Los labios resecos, la mirada desorientada, la piel llagada, Ousmane levanta el rostro y observa a sus compañeros de viaje. Los recordaba fuertes, seguros. Ahora los ve doblados, con miedo, apiñados en ese armazón ajado, enfermos. Esta imagen le trae a la memoria las historias que contaban los abuelos: el comercio de los esclavos. Antes los arrancaban de su familia y se los llevaban, ahora se van por cuenta propia.

—Ese día pensaba: o llegamos o nos morimos, porque estábamos lejos y la patera estaba dañada. Si se hunde por muy nadador que eres te mueres. Tengo la suerte de contarlo, pero hay muchos que no lo pueden contar; se han quedado en el mar.

Es tarde. Una cortina de nubes grises esconde el sol. La brisa sopla con fuerza y los cuerpos quemados se refrescan. El océano se muestra amable y la nave se desliza tranquilamente hacia el norte. Oscurece. Ousmane desploma su cabeza sobre el hombro de un compañero, pero una bofetada salada lo despierta. El apacible siseo de las olas cambia y el cielo se llena de sombras. Un golpe estremece la barca. La proa se eleva y cae violentamente desastillando el armazón; el agua embiste por todos los flancos. Ousmane empuña el martillo y empieza a componer la madera, mientras los otros intentan sacar el agua. La barca se inclina a punto de volcar.

Un cántico suave empieza a escucharse, de adelante hacia atrás se van sumando:

Laaa, laira la, laira la, laira laira…

La borrasca los zarandea, pero el canto no se detiene. El coro de 82 voces navega en medio de una tormenta en el Atlántico.

Atrás queda la línea sombría; al frente, una multitud de luces.

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