Leía esta mañana no importa dónde o de quién el enésimo artículo con la cansina cantinela sobre la presunta responsabilidad ecológica de ‘los nadie’. Son todos iguales: cuidado con las toallitas que van al váter; no friegues con el grifo abierto; no utilices productos químicos agresivos, y recicla, recicla como si no hubiera un mañana… o acabaremos secos como una mojama.

Quizá hubiera estado bien haber precedido el habitual decálogo de civismo y responsabilidad ecológica con un buen: “hagas lo que hagas todo se va a ir a la mierda igual, pero que no puedan decir (ni puedas decirte) que es culpa tuya”, pero oiga, no aparecía ni por asomo algo así. De hecho, como tantos otros artículos panfletarios obviaba absolutamente que aunque el 99,99% obtuvieramos cumlaudes en cuidado del entorno el futuro iba a ser exactamente el mismo.

Y no, eso no quiere decir que todo vale, y que ya que todo está perdido podemos llenar de celulosa el mundo y lavar los platos con gasolina. Ni mucho menos, porque la responsabilidad debe seguir presente. Pero empieza a estomagar que incluso en medios supuestamente independientes y progresistas se sigan escribiendo semejantes parcialidades deshonestas.

Me parece a mí que hay mucho activista de escaparate que necesita una buena dosis de Derrick Jensen en vena (con hipodérmica reciclable, claro) para abandonar su burbuja o para dejar de intentar tomar el pelo al personal. Y es que esto viene de de antiguo y parece que no tiene visos de actualizarse.

Por si las moscas me voy a permitir reproducir también por enésima vez este artículo de un tipo tan sincero como comprometido, y a ver si con suerte sirve de contrapeso.

Olvidemos las duchas cortas

Derrick Jensen | Orion Magazine | Julio-agosto 2009

¿Acaso alguna persona en su sano juicio se lanzaría de cabeza al cubo de la basura para parar a Hitler? ¿O creería que el hacer compost habría acabado con la esclavitud o lograría la jornada de ocho horas de trabajo? ¿Se creería que cortar leña y acarrear agua habría sacado a los presos de las cárceles zaristas, o que bailar desnudo alrededor del fuego ayudaría a elaborar la ley de derecho al voto de 1957 o la ley de derechos civiles de 1964? Entonces, ¿por qué ahora, con el mundo entero en juego, hay tanta gente que se retrotrae a las “soluciones personales”?

Una parte del problema es que hemos sido víctimas de una campaña sistemática de desorientación. La cultura del consumo y el pensamiento capitalista nos han enseñado a sustituir por actos de consumo individual la resistencia política organizada. “Una verdad incómoda” ayudó a elevar la conciencia sobre el calentamiento global. Pero ¿se dieron ustedes cuenta de que todas las soluciones que presentaba tenían que ver con el consumo personal, con cambiar las bombillas a bajo consumo, inflar las ruedas, conducir la mitad, etc. y que no tenían nada que ver con quitar el poder a las grandes empresas o parar el crecimiento económico que está destruyendo el planeta? Si cada persona en los EE. UU. hubiese hecho lo que la película sugería, las emisiones de carbono de los EE. UU. se habrían reducido apenas un 22%. El consenso científico es que hay que reducir al menos el 75% de las emisiones.

O hablemos del agua. Oímos con mucha frecuencia que el agua empieza a escasear en el mundo. Hay gente que muere por falta de agua. Los ríos se van secando por falta de agua. Es por ello por lo que tenemos que darnos duchas más cortas. ¿Ven la desconexión? ¿Soy acaso responsable del agotamiento de los acuíferos por darme duchas? Pues no, porque más del 90% del agua que utilizan los seres humanos la consume la agricultura y la industria. Y el 10 por ciento restante se divide entre los usos municipales y el consumo humano real. En general, los campos de golf municipales consumen tanta agua como los habitantes de los municipios. Los seres vivos (humanos y peces) no se están muriendo porque el mundo se esté quedando sin agua, sino porque el agua se está robando.

Hablemos de energía. Kirkpatrick Sale lo resumió con acierto: La historia se ha repetido en los últimos 15 años: el consumo residencial individual en coche privado es apenas un cuarto de todo el consumo; la gran mayoría del consumo (energético) es comercial, industrial, corporativo de la agricultura mecanizada y gubernamental (olvidó mencionar el militar). Por tanto, incluso aunque todos nosotros fuésemos en bicicleta y nos calentásemos con estufas de leña, ello supondría un impacto inapreciable en el uso energético, en el calentamiento global y en la contaminación atmosférica”.

O hablemos de desechos. En 2005, la producción municipal de basura fue de unos 705 kilos per capita (en realidad, lo que ponemos en el cubo de la basura) en los EE. UU. Supongamos que es usted un activista muy exigente y con una forma de vida muy sencilla y reduce esto a cero. Recicla todo. Lleva las bolsas de la ropa para hacer compras. Arregla el tostador, sus dedos sobresalen por la puntera de sus zapatillas. Pues aún así, no es suficiente. Dado que la basura municipal no sólo incluye a la residencial sino también la que emana de las oficinas públicas y de los negocios, se va en manifestación a estas oficinas, con los panfletos de reducción de desechos en la mano y les convence para eliminar la parte de la basura que a usted le corresponde. Vaya, hay malas noticias: la basura municipal apenas supone el 3 por ciento de toda la producción de residuos en los EE. UU.

Trataré de explicarme. No estoy diciendo que no debamos vivir de forma más sencilla. Yo mismo vivo de forma razonablemente sencilla, pero no creo que el no comprar mucho (o no conducir mucho o no tener hijos) sea un poderoso acto político o que sea profundamente revolucionario. No lo es. Los cambios personales no significan cambios sociales.

Por tanto ¿cómo es que ahora y especialmente con el mundo en una encrucijada, hemos llegado a aceptar estas respuestas absolutamente insuficientes? Creo que en parte es porque estamos en un doble aprieto. Y un doble aprieto es cuando se ofrecen varias opciones, pero sea cual fuere la escogida, siempre se pierde y no es posible retirarse.

A estas alturas, debería resultar bastante fácil reconocer que cada acción que implica a la economía industrial es destructiva (y no deberíamos pretender que la energía solar fotovoltaica, por ejemplo, nos sacará de esto, ya que también exige minería e infraestructuras de transporte en cada punto del proceso de producción; y lo mismo puede decirse de cualquier otra tecnología de las llamadas “verdes”. Por tanto, si elegimos esta opción, si participamos ávidamente en la economía industrial, podemos creer a corto plazo que ganaremos, porque acumulamos riqueza, que es el signo del “éxito” en esta cultura. Pero, en realidad, perdemos, porque la civilización industrial está acabando con el planeta, lo que significa que todo el mundo pierde. Si elegimos la otra opción, la de vivir de manera más sencilla, esto causa menos daño, pero no se consigue evitar que la economía industrial acabe con el planeta y podemos llegar a pensar a corto plazo que ganamos, porque nos sentimos más puros e incluso no tenemos que dar todo de nosotros (apenas lo suficiente para justificar que no se pare el horror), pero también en este caso realmente perdemos, porque la civilización industrial sigue cargándose el planeta, lo que significa que todos perdemos.

La tercera opción, que consiste en actuar de forma decisiva para frenar la economía industrial, produce mucho miedo por varias razones, incluyendo alguna, aunque no sólo esa, de que perdemos algunos de los lujos (como la electricidad) a los que nos hemos acostumbrado desde que nacimos y por el hecho de que aquellos que están en el poder pueden intentar matarnos si impedimos, de forma seria, su capacidad de explotar al mundo, aunque ninguna de estas razones altera el hecho de que sea una opción mejor que la de un planeta muerto. Cualquier opción es mejor que la de un planeta muerto.

Además de lo improbable de promover los tipos de cambios necesarios para evitar que esta cultura termine aniquilando el planeta, hay al menos otros cuatro problemas al considerar los sencillos modos de vida como un acto político (contrariamente a vivir de forma sencilla porque es lo que uno desea hacer). El primero es que se postula sobre la errónea noción de que los seres humanos necesariamente dañan su entorno. Vivir de forma simple como un acto político, consiste solamente en reducir el daño, ignorando que los seres humanos pueden ayudar a la Tierra tanto como pueden dañarla. Podemos rehabilitar los cauces, podemos eliminar los afluentes invasivos, podemos eliminar las (re)presas, podemos trastocar el sistema político inclinado hacia los ricos y hacia un sistema económico extractivo, podemos destruir el sistema económico que es destruir el mundo real y físico.

El segundo problema, y éste es considerable, es que asigna la culpabilidad a las personas (y muy especialmente a los más desfavorecidos), en vez de adjudicarla a aquellos que realmente detentan el poder en este sistema y al sistema en sí. Kirkpatrick de nuevo: “La culpabilización absolutamente individualista del qué-puedes-hacer-tú-para-salvar-la-tierra es un mito. Nosotros, como individuos, no hemos creado la crisis y no podemos resolverla”

El tercer problema es que aceptamos la redefinición capitalista que nos convierte de ciudadanos en consumidores. Al aceptar esta redefinición, reducimos nuestras posibles formas de resistencia a consumir o a no consumir. Los ciudadanos tienen muchas más tácticas de resistencia a su disposición, incluyendo el votar, o no votar, postularnos, hacer panfletos, boicotear, organizarnos, agruparnos, protestar y cuando un gobierno atente contra la vida o la libertad y contra la búsqueda de la felicidad, tenemos el derecho de alterarlo o abolirlo.

El cuarto problema es que el punto final de la lógica que subyace bajo las formas de vida sencillas, entendidas como un acto político, es suicida. Si cada acto en una economía industrial es destructivo; si deseamos frenar esa destrucción y si no tenemos voluntad o somos incapaces de preguntarnos (y mucho menos de destruir) las infraestructuras intelectuales, morales, económicas o físicas que hacen que cada acto de la economía industrial sea destructivo, entonces se puede llegar a creer que causaremos la menor destrucción posible si morimos.

La buena noticia es que hay otras opciones. Podemos seguir los ejemplos de los valientes activistas que vivieron en tiempos difíciles. He mencionado la Alemania nazi, la Rusia zarista, a los pacifistas estadounidenses que hicieron mucho más que manifestar su pureza moral; se opusieron activamente a las injusticias que les rodeaban. Podemos seguir el ejemplo de aquellos que recordaron que el papel de un activista no consiste en navegar en los sistemas opresivos con tanta integridad como sea posible, sino más bien en enfrentarse y derribar estos sistemas.

Publicado en Orión Magazine

3 Comentarios

  1. No termino de comprender el artículo. Si no me equivoco venís a decir en él que el hacer algo individuálmente por nuestro entorno, por la ecología, no sirve de nada o sirve para muy poco. Es más, puede ser perjudicial porque uno puede llegar a conformarse con hacer ese poco y dejar de luchar en otros campos que habrían de ser más efectivos. Si es esto más o menos lo que queréis decir, tengo que mostrar mi desconformidad.

    Cierto que los mayores culpables de la situación actual de nuestro planeta y del obscuro porvenir que va a quedarles a nuestros hijos, son la industria, los grandes negocios y en definitiva el ansia de acumulación de capital pero también el consumismo individual y colectivo, -en gran medida como consecuencia de la falta de concienciación general- y esta concienciación general no la vamos a conseguir diciendole a la gente que su esfuerzo no va a valer la pena, no va a servir para nada sino más bien al contrario.

    Yo siempre he sido de la opinión de que se debe luchar en diferentes campos y que la lucha en un campo no tiene porqué excluir a la de los otros. Debemos apoyar a los grandes grupos ecológicos y de denuncia como Green Peace pero también a los pequeños colectivos ecológicos y de consumo autónomo. Debemos participar en la vida política, votar o no votar, pero también debemos de tratar que la vecina se conciencie aunque solo sea en la cuestión ecológica. Cada pequeña acción sirve.

    Yo seguiré como el pequeño colibrí de la historia, (seguro que la conocéis), que no paraba de hacer viajes hasta la orilla del bosque en llamas con una gotita de agua en su piquito y cuando los otros animales se reían de él preguntandole cómo quería apagar las llamas, él contestaba “yo sólo pretendo cumplir mi parte”.

  2. Hay que dejar las fantasías para cuando pagamos entrada.
    En el trabajo nos dicen lo que tenmos que hacer y nos pagan, pero fuera tambien siempre nos están poniendo tareas y obligaciones e incluso a veces damos limosna. Cuando hacemos lo que nos dicen que tenemos que hacer estamos actuado al dictado de otros, estamos alienados, otro es el que decide.

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