No me gustan las banderas ni los símbolos, creo que enfrentan, dividen, y casi siempre acaban haciendo daño. Pero lo que tengo muy claro es que si me gustaran, la rojigualda nunca sería mi bandera, porque nunca ha sido la bandera de los demócratas de este país.

Estos días parece que se nos está olvidando el tipo de connotación, impensable en casi cualquier lugar del mundo, que siempre ha tenido entre las izquierdas españolas una palabra como patria. Y es que España es una quimera que no está pensada ni debatida, que ha sido impuesta a golpe de miedo, y que se reconoce tan poco a sí misma que ni siquiera puede poner letra a su himno.

Y no se trata, como se está queriendo hacer ver desde el año 78, de ningún tipo de complejo identitario en la sociedad. O al menos no el complejo al que se refieren los partidos dinásticos y su adláteres. El problema es que en España en el único periodo en que ha habido una democracia por ruptura, sin herencias pactadas, se acabó con la bandera y el himno que representaban y siguen representando el totalitarismo monárquico primero y al fascismo franquista después: ¿y quién se puede sentir cómodo identificándose con monárquicos y fachas?

Envolverse en la bandera rojigualda y entonar el ‘lo-lo-loro-lo’ de la Marcha Real ha sido hasta hoy lo propio de un tipo de tribus concretas (bueno, y de Pedro Sánchez), que resumiendo serían las de los amén, los olé, los unga-unga, los tetes, los cocretas, los cash, las perlas y sus diferentes variantes y mezclas. Un colectivo bastante numeroso, que puede resultar entrañable en las distancias cortas si eres su afín o su invitado, pero muy poco dado a reflexionar y muy dado a hostiar y reprimir a cualquiera que no entiendan, o aquél que les hayan dicho en la tele o en el campo de fútbol que es malo.

El problema, por primera vez desde hace mucho tiempo, es que parece que se está extendiendo la pandemia, y hasta personas que parecían tener algún control sobre los músculos del arco superciliar están adoptando parecida idiosincrasia, y es ahí cuando ya se pone la cosa preocupante.

Esperemos que sea un síndrome pasajero, y que los nuevos afectados vuelvan a recordar por qué nos chirriaba tanto eso del patriotismo español hasta hace bien poco, y con qué lo identificábamos. Porque de lo contrario se va a poner la cosa muy difícil y conflictiva en este extraño país que es capaz de vivir sometido y tragar y agachar la cabeza con todo lo que verdaderamente le afecta, y que al mismo tiempo es también capaz de romper las costuras por pura mística.

3 Comentarios

  1. “El problema, por primera vez desde hace mucho tiempo, es que parece que se está extendiendo la pandemia, y hasta personas que parecían tener algún control sobre los músculos del arco superciliar están adoptando parecida idiosincrasia, y es ahí cuando ya se pone la cosa preocupante.”
    En el fondo no eran más que comadrejas, que tras el discurso de Felipín, han salido de sus madrigueras, y posicionado al lado de aquél: Verdaderos lameculos que iban de incógnito hasta ahora.
    O eso creo yo.

  2. Opinan que el hecho de que descuidemos todo aprendizaje intensivo, conforme nos hacemos mayores, conduce a que los sistemas del cerebro que se ocupan de modular, regular y controlar la plasticidad terminen por desaparecer.
    ÚSALO O LO PERDERÁS.
    De nada.
    Dedicado a los que han dejado de utilizar el “músculo” que se esconden tras el superciliar.

  3. El artículo resulta bastante incongruente, cuando no ridículo, resulta que “las banderas dividen…” y utiliza ese argumento para “defender” la escisión de España… Será que la separación de Cataluña UNE.

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