Cuando juzgamos a los gobiernos, juzgamos junto con ellos a todo el pueblo. En el caso de un país tan hermético como Corea del Norte, el juicio a que nos inducen las escasas noticias, entre ellas muchas anécdotas dañinas y muchos bulos delirantes, cuanto menos es precipitado. En todo caso, nuestro conocimiento del país es muy limitado. Y sabido es que la información ayuda a la paz, y al buen juicio, tanto como el desconocimiento abona el juicio severo y, a la postre, la guerra.

Para dilucidar qué debemos pensar, quizá nos ayuden Eva Bartlett y Nicholas Kristof, dos periodistas de muy distinto cariz que han viajado recientemente a la DPRK.

Eva Bartlett, canadiense, periodista en conflicto, escritora y activista por los derechos humanos, es una de esas periodistas que siempre tiene una visión independiente, es decir, incómoda y de primera mano, sobre lo que ocurre en algunos de esos territorios destruidos por la guerra en la actualidad. La podéis encontrar lo mismo en la Franja de Gaza que en Siria. En todo caso, no será una de esas periodistas que entrevistan habitualmente para contar lo que ocurre en uno o en otro lugar. Es lo que tiene ser independiente (e incómoda).

Esta vez, entre el 24 y el 31 de agosto, no la hubierais encontrado en alguno de aquellos países, porque estaba en Corea del Norte. Fue con una delegación “muy pequeña” de periodistas interesados en tomar el pulso al país por sí mismos, en contacto directo con los norcoreanos. De su viaje trajo fotos y vídeos, hermoso retrato de una Corea del Norte que no estamos acostumbrados a ver.

Sí, se pueden encontrar fácilmente imágenes de Corea del Norte en la Red, las verdaderas y las falsas. Pero Eva nos advierte, “tened en cuenta que este país está entre los más vilipendiados del planeta, junto con Siria, y antes Libia (ahora destruida), por nombrar unos pocos.”

Nicholas Kristof es columnista del New York Times. Él también estuvo en Corea del Norte hace muy poco. Y también se trajo sus recuerdos. Pero comparad el reportaje que hizo Eva, con las fotos que trae él y que publicó el 5 de octubre pasado aquí: Inside North Korea, and feeling the drums of war. Lo cierto es que Kristof no parece muy ducho con la cámara.

En su artículo, después de agitar las emociones patrias al recordar las circunstancias fatales, y poco claras, del estudiante Otto Warmbier, Nicholas, ya de lleno en su momentánea labor de geógrafo, observa en las gentes del país mucho odio hacia EEUU, en todas las edades y en todos los lugares. Afirma en determinado momento, que los escoltas que le ha puesto el Ministerio de Exteriores están más para protegerlo que para controlarlo. Y le sorprende la fortaleza de ánimo de la población ante el desafío de una guerra, el convencimiento general de que vencerían en un intercambio nuclear. Señala además que la tensión en la atmósfera estaba ausente en anteriores visitas.

Pero, en su retrato de una Corea del Norte a lo Orwell, se deja llevar, no puede o no quiere evitarlo, por breves episodios de fantasía, como cuando dice que “cada año muere gente intentando rescatar los retratos de Kim de los fuegos en las casas (sea por lealtad genuina o por ganar crédito con las autoridades)”. Sin embargo, es capaz finalmente, de pasada, de reconocer las evidentes mejoras en el nivel de vida de los norcoreanos.

Ya Eva nos advertía, “los medios occidentales no hablan de la gente de Corea del Norte, ni de sus increíbles infraestructuras, ni de la vivienda y la sanidad gratuitas, o de la impresionante agricultura y la energía verde, y las muchas cosas que el pueblo de la DPRK ha hecho tan bien (…)”. Y no lo dice por casualidad, y desde luego no por hacer propaganda.

Quizá pueda llamarse Historia, que por cierto está al alcance de todos y todas, la verdadera y la falsa. Una cosa que se da por segura, que todos y todas saben o deberían saber, es que entre 1950 y 1953, las bombas estadounidenses arrasaron Pyongyang, la capital, así como multitud de pueblos y aldeas del país. A EEUU le pilló por allí durante la Segunda Guerra Mundial, en su furia contra Japón, anterior ocupante de la península coreana, y se encontró en el terreno con el líder del Partido Comunista de Corea, Kim Il Sung, que quería unificar el país con la ayuda de la recién revolucionaria China y de la URSS de Stalin. El director del otro bando, el general Douglas MacArthur, llegó a solicitar el uso de la bomba atómica contra China, dada la probada eficacia del ingenio.

Pero la guerra quedó en tablas y EEUU ya no se fue de allí. Las estimaciones indican que Corea del Norte perdió entre el 20 y el 30 por ciento de una población de 8 a 9 millones de personas, aunque al parecer son datos estadísticos, aproximativos. Después de “destruir y asesinar”, dice Eva, EEUU impuso sanciones sobre la DPRK. Para evitarle acusaciones de proismo a Eva, aquí os dejo un ejemplo de un periódico fuera de toda sospecha.

Pyongyang, capital de Corea del Norte, en 1953.

Después de toda esa destrucción y muerte, que el pueblo norcoreano haya logrado esos “enormes avances”, merece “respeto” en opinión de Eva Bartlett. Pero entonces le sale la vena indie y considera que las “noticias” —las comillas, de ironía, son suyas— “que se escuchan sobre Corea del Norte, tienen la intención de distraer de los crímenes estadounidenses contra el pueblo coreano”. Y refiere lo que le comentó un estudiante de secundaria: “¿Por qué nadie pone sanciones a EEUU?”

Más allá de su viaje, Eva proporciona la declaración de su compatriota, Stephen Gowans, escritor y analista de política exterior, lo que de hecho viene muy bien para comprender la situación actual de Corea del Norte: “la mayoría de las amenazas nucleares de EEUU contra Pyongyang se hicieron antes de que Corea del Norte se embarcara en su propio programa de armas nucleares, y constituyen una de las razones principales de que lo hiciera así. Que la administración Bush declarara al país, miembro original del Eje del Mal, supuso un empuje adicional”. Si sumamos las continuas maniobras militares de Corea del Sur y EEUU, las últimas conjuntas, y las bases de este último en el territorio de aquel, es fácil comprender la ratonera en la que se encuentra el Norte. Si no tuviera a China y Rusia en esa frontera, probablemente ya no existiría.

Ahora, quizá podamos entender mejor los constantes desafíos, las bravuconadas y las amenazas del aparentemente obsesivo gobierno de la DPRK, que por lo demás, con el actual inquilino de la Casa Blanca, no conducen más que a calentar las ascuas de la guerra. Sin embargo, según las últimas noticias, parece que se intenta el diálogo entre los dos países. A pesar de que el presidente estadounidense haya enfriado las expectativas al asegurar que son inútiles los esfuerzos del secretario de estado, Rex Tillerson, para conducir a Corea del Norte al desarme nuclear por la vía de la negociación. Y, sin que sirva de precedente, le doy la razón a Trump. Parece que, en esas condiciones, para Kim Jong-un el armamento nuclear es un seguro de vida, por lo que mucho tendrán que cambiar las cosas para que acepte esa opción.

En todo caso, ahora tendréis elementos para juzgar más ponderadamente. Al menos, podemos decir que comprendemos mejor qué ocurre en ese conflicto entre el país diminuto y uno de los más poderosos del mundo.

2 Comentarios

  1. Gracias amigo Ricardo muy aleccionador y particularmente ilustrativo de la indecencia mediática y diplomática de nuestro país….Nada de lo relatado me sorprende…en la misma media en que nos mentían sobre la sociedad medieval de Irak, Libia… o el belicoso y represor gobierno de Venezuela…Cuba…

    Ezkerrikasko eta ondo izan.

    Iulen Lizaso

Deja un comentario