Pobre ingente cantidad de personas (sí, son personas) sencillas. Acaban de echarles abajo el techo de Atapuerca y no entienden muy bien cómo ha podido suceder. ¡Ya no se puede confiar ni en Manolo! Qué barbaridad, qué cosas ocurren. ¡Qué mal todo!

Resulta que el icono del nacionalismo españolista más rancio, el ídolo del trogloditismo casposo, no estaba por la labor de imponer dependencias, y era más proclive a que decidiera la gente, así como suena. ¡Será demócrata el tío! ¿cómo se le ocurre?

Por lo visto, no era siquiera de los ‘tapados’ esos que hacen ver que son diferentes y se excusan para defender el derecho a decidir (acordado y legal, faltaría más, allá por el 2170), argumentando primero que no son independentistas, como si el hecho de querer la independencia (o no) fuera algo negativo per se. Como si los ajenos a estas aspiraciones no pudiéramos ser absolutamente neutrales al respecto, o incluso comprender los motivos y estar a favor de una decisión que en cualquier caso no nos compete. Les ha salido rana.

Pero lo mejor ha sido la intelectual reacción de la fauna unionista y dependentista, la de los déspotas deslustrados, la de los desahuciados de la rojigualda al viento, la de los obreros de derechas encantados de ser carnaza y los patriotas de cuenta en Suiza y enseña nacional en la muñeca. La de toda esa gente a la que si le pides que te argumente el motivo por el que no quiere que Cataluña deje de pertenecer a España no sabría ni qué decir, porque su reacción es el fruto de un impulso primario, sentimental, sin base racional. Esa gente a la que si la descolocas y arrinconas suele responder con una hostia si te tiene al alcance, o bien diciendo las barbaridades que pueden leerse a continuación en este hilo de Tomàs Fuentes (@cap0).

Por desgracia esta es la sociedad que hace más bulto y ruido en este país. Como para no querer independizarse…

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