Enrique Dans | 05/11/2017

Wired publica un interesantísimo artículo, Net states rule the world; we need to recognize their power, muy al hilo de algunos de los temas de los que hablaba Rebecca MacKinnon en su muy recomendable libro “No sin nuestro consentimiento“, para cuya edición en español tuve el honor de escribir un epílogo: la alteración que supone en la geopolítica y la economía tradicional la superposición de una red de información global en la que las fronteras tienden progresivamente a perder su sentido, en la que los costes de transacción se reducen al mínimo, y en el que grandes corporaciones como Google, Facebook o Amazon pasan a jugar, con sus decisiones, un papel más importante que el de muchos gobiernos.

Facebook tiene más de dos mil millones de usuarios, y aunque algunos sean falsos, siguen siendo muchos más que los habitantes de China, y todos ellos son afectados por cualquier cambio en las políticas de la compañía. Los usuarios de Google son muy difíciles de calcular, pero simplemente su correo electrónico, Gmail, tiene más de mil millones, y Android, más de dos mil. Se estima que Amazon tenía más de trescientos millones de usuarios activos a principios de 2016, y a finales de 2017 tiene 541,900 empleados, el tamaño de un país pequeño. Cualquiera de estas compañías pueden tomar decisiones, por ejemplo, a nivel fiscal, capaces de generar desequilibrios en las balanzas comerciales de algunas economías.

¿Qué futuro tiene la geopolítica tradicional, cuando se empieza a apuntar la posibilidad de que las compañías del futuro sean intangibles que tengan una estructura de DAOs, Decentralized Autonomous Organizations, que podrán escoger de manera prácticamente libre en qué régimen fiscal anclarse y cómo contratar con empleados de todo el mundo mediante modelos de gobernanza completamente distribuidos y smart contracts? Si quieres, y por relativamente poco dinero, puedes convertirte en un ciudadano e-residente de Estonia, independientemente de tu localización y de tu pasaporte, y tener desde un documento nacional de identidad, hasta la posibilidad de constituir sociedades en la república báltica, que presume de ser la sociedad digital más avanzada del mundo.

Ciudadanías virtuales y, por supuesto, monedas virtuales: en 2015, en medio de los momentos más duros de la crisis griega, el país barajó la posibilidad de adoptar el bitcoin como moneda nacional. ¿Qué habría ocurrido si hubiesen sido capaces de llevarlo a cabo, teniendo en cuenta que el precio de la criptodivisa estaba en torno a los $230 entonces pero supera hoy los $7,500, y es tan líquido como para poder tener una tarjeta de débito y dedicarte, si quieres, a pagar en bitcoins en cualquier lugar del mundo? ¿Puede organizarse la economía de un país en torno a un concepto que la mayoría de habitantes del mundo aún no entienden y que algunos consideran una estafa piramidal?

Los Panama Papers, los Paradise Papers publicados hoy… todos ellos pruebas evidentes de un sistema que ya no funciona, que pone de manifiesto lo que pasa cuando se combina un caducado sistema de fronteras con la facilidad para mover fondos entre distintos regímenes fiscales, un conocimiento hasta ahora solo al alcance de algunos privilegiados, pero que cada día más, evidencia problemas de falta de transparencia, de responsabilidad social, de ausencia de solidaridad, de un entorno insostenible que se cae a pedazos. Los símbolos de algunos países, sus gobernantes, sus ministros o sus empresarios más señalados, refugiándose en paraísos fiscales para aprovecharse de las debilidades de un sistema imperfecto. Las fronteras, los países y las ciudadanías, convertidos en un concepto ya no solo revisado y revisable, sino cada vez más irrelevante. Trabajadores que escogen su pasaporte y su residencia en función de criterios de todo tipo, y que entregan su trabajo a través de redes globales mediante contratos inteligentes inviolables, y cobrando en criptomonedas. Compañías que se financian emitiendo sus propios tokens y que declaran allá donde escogen declarar mediante procesos de optimización fiscal que se aprovechan de la todavía vigente y obviamente obsoleta legislación existente. Las mayores potencias económicas del mundo tomando un cuerpo de naturaleza completamente diferente, definido no por el lugar donde has nacido, sino por otros factores. Lo que sabíamos de geopolítica y de economía global, convertido en papel mojado.

¿Estamos preparados para iniciar, o simplemente para pensar en iniciar, esta conversación? ¿O se va a desarrollar sin nosotros?

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