| Historias de China | 05/11/2017

En estos cuatro años escribiendo en esta bitácora ha habido momentos para todo, incluido lo no tan bueno y hasta lo que peor aguanto en este país. Sin embargo, creo que hasta ahora no había dedicado ninguna entrada a expresar mis sensaciones sobre el trato que vengo recibiendo en general. Pues bien, tengo que decir que la gran mayoría de las veces me he sentido como un auténtico privilegiado y esta es una de las principales razones por las que sigo aquí.

Soy consciente de que China no es un país precisamente abierto a los trabajadores migrantes no cualificados, pero creo que no miento al decir que los que llegamos con algún que otro título bajo el brazo disfrutamos de oportunidades bastante buenas. El gigante asiático tiene una gran demanda de trabajadores extranjeros más o menos especializados y normalmente se nos paga con salarios que están bastante o muy por encima de los de nuestros colegas chinos. Esta es una cuestión que ni siquiera se discute porque se ha llegado a aceptar que se nos tiene que pagar más para venir a un país en desarrollo como el suyo. Pero nadie nos guarda rencor por ello.

Bueno, es cierto que en ciertas zonas de bares de Pekín especialmente frecuentadas por occidentales ha habido algún que otro altercado debido principalmente al exceso de testosterona, pero en la mayor parte del país es extremadamente raro que que la población local venga a darte problemas, insultarte o agredirte porque sí. Además, nadie se va a ofender porque le hables en inglés o intentes comunicarte en otra lengua que no sea china. Al contrario, no es raro que mucha gente aquí reaccione con timidez, inseguridad o algo de rubor cuando no son capaces de comunicarse en la lengua de Shakespeare, como si ello fuese un signo de incultura.

Por eso, estoy totalmente en desacuerdo con quienes repiten mantras como “los chinos nunca te van a aceptar” o “para ellos siempre serás un laowai (extranjero)”. Obviamente, a la mayoría nuestro aspecto nos delata como agentes foráneos, pero el hecho de tener acceso a mejores condiciones laborales y estar a salvo del odio o de las agresiones por motivo de nuestra procedencia supone una enorme ventaja a la hora de integrarse en cualquier sociedad. Es más, yo diría que lo que ocurre generalmente con los inmigrantes occidentales en China es que gozamos de un estatus económico y social tan alto que a muchos nos da igual no tener mucha idea de su cultura y podemos pasar años, lustros e incluso décadas sin llegar a hablar mandarín decentemente.

Sin embargo, como vengo diciendo, a la gran mayoría de los chinos no parece importarles demasiado todo esto ni les parece una razón para ponernos en la diana de su malestar.

Al contrario, durante el lustro y pico que llevo en este país, la reacción por defecto que he recibido por parte de los habitantes de este país ha sido la sonrisa y la simpatía. Y eso supone una enorme diferencia a la hora de pasar un tiempo lejos de casa. También entiendo que los cánones tradicionales de belleza y el racismo que trajeron las potencias colonialistas podrían jugar a favor de los occidentales blancuchos como un servidor, pero ser muy moreno o ser negro en China tampoco es motivo para caer víctimas de ciertos grupos violentos más que habituales en los llamados países desarrollados.

Alguien podría decir que todo esto se debe a que China es un Estado policial y totalitario en el que las fuerzas de seguridad lo controlan todo. Pues bien, yo creo que sí he vivido un Estado policial, pero no en China sino en mi pueblo del norte de Navarra, durante los últimos años del llamado conflicto vasco, y os aseguro que en el país asiático se respira bastante más libertad en ese aspecto. Es más, en todo el tiempo que llevo aquí los agentes de la ley solo me han pedido la documentación en una ocasión y fue porque estaba en una localidad con una base militar de acceso restringido.

Si me permitís el inciso, yo diría que el factor principal para la sensación de seguridad que domina en China consiste en una cultura enemiga de la confrontación, la cual no es exclusiva de este país y podría ser un producto de la particular mezcla de valores confucianos, budistas y taoístas. Es posible que esta cultura también tenga que ver con la timidez y el carácter algo retraído de muchos chinos, algo a veces los extranjeros confundimos con la debilidad y la falta de franqueza, y que quizás supone otra barrera cultural más que tampoco nos da la gana de superar.

En cualquier caso, después de repasar todas estas circunstancias tan propicias para el emigrante occidental (no me gusta la palabra expatriado), pensemos por un momento si este trato se corresponde con el que disfrutan los chinos cuando viajan a nuestro(s) país(es).

En realidad a mí no me hace falta pensarlo porque muchos de mis alumnos de español han pasado un tiempo estudiando en España y no es nada raro que me digan que a veces se les ha tratado de forma cuanto menos tosca. Entre las cosas que menos les gustan están las preguntas para romper el hielo del tipo “¿es verdad que coméis perro?”, las continuas “bromas” sobre la pronunciación de la erre, las gracias sobre los restaurantes chinos y los bazares, o la todavía popular burla consistente en estirar los párpados con las manos. Pero, desgraciadamente, también hay casos bastante peores de agresiones que se denuncian cada vez más en los medios de comunicación de China y que suelen apuntar sobre todo a los Estados Unidos, Inglaterra o Australia, algunos de los lugares con mayores tasas de inmigrantes chinos.

Yo no sé qué sentirán otros occidentales como yo en este país, pero a mí me invade una gran vergüenza cada vez que surge una de estas noticias, porque ponen de relieve la enorme disparidad en el trato que recibimos unos y otros al intercambiar país. Supongo en todo esto también se mezclan cuestiones relacionadas con la economía global, el ambiente de competencia entre varias potencias y el nivel de desarrollo alcanzado por unos y otros en diversos aspectos. Pero al final todo esto no son más que excusas para dárnoslas de superiores e incluso para ser algo racistas de vez en cuando.

Ojalá todas esas personas que se pasan de graciosas o maltratan a los chinos se diesen una vuelta por este país y experimentasen la simpatía y la hospitalidad que suelen ofrecernos en tantas y tantas ocasiones. Estoy seguro de que en cuestión de pocos días más de uno cambiaría radicalmente su idea sobre ellos y quizás hasta se daría cuenta de todo lo que uno puede aprender y ganar de su amistad.

En especial, creo que nuestros estudiantes universitarios se harían un gran favor si diesen una oportunidad a sus colegas de intercambio chinos. Es más, no quiero ni pensar en la cantidad de oportunidades de desarrollo y cooperación que se están perdiendo por no tenderles la mano del mismo modo que hacen ellos con nosotros cuando llegamos a sus centros de formación y sus empresas. Porque siempre se puede decir que la culpa es de ellos por juntarse siempre con sus paisanos, pero al final a todos nos gusta sentirnos bienvenidos y sin el calor de ese sentimiento es difícil dar pasos hacia el entendimiento mutuo y la construcción de un mundo mejor para todos.

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