| La Marea | 20 noviembre 2017

A principios de este mes recibí el siguiente correo: “Estos últimos meses lo he pensado mucho y he decidido que me vuelvo a España por un tiempo indefinido. Estoy cansada física y mentalmente. No quiero volver a pasar otra Navidad sola. Esto no quiere decir que renuncie. El tiempo que esté en España lo dedicaré a estudiar sobre África. También estudiaré idiomas, vídeo y fotografía con la idea de focalizarme en medios extranjeros y en otros formatos más rentables. Aunque no esté en el terreno, creo que este tiempo de ‘paréntesis’ me ayudará a crecer también. Seguiré dando guerra, estoy convencida”.

Después de leer su correo varias veces y de pensar en lo injusta que es esta profesión, le planteé la posibilidad de contar su historia en este blog. Quedamos que lo haríamos sin dar su nombre y tampoco nombraríamos los medios de comunicación con los que ha colaborado. No vale la pena. Como escribí hace meses en otro texto sobre las tarifas que se cobran en el periodismo español, sólo algunos medios (muchos se quedarían con la boca abierta si supieran sus nombres) tratan con decencia a los colaboradores. El resto parece que vive de los colaboradores. O peor: parasita a los colaboradores.

La persona protagonista es menor de 30 años, es licenciada en Periodismo, hizo una ampliación de estudios con beca Erasmus en Francia para aprender francés, y pasó un año en Inglaterra trabajando en un restaurante con el objetivo de aprender inglés y ahorrar para hacer un máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en España. Las prácticas de este máster las prefirió hacer en Senegal con una ONG antes que en Madrid o Barcelona. Al poco de entregar su trabajo y memoria de fin de máster, hace ya tres años, estalló la llamada “insurrección” en Burkina Faso, consiguió un visado y compró un billete de avión de ida para empezar a trabajar como freelance en ese país.

¿Por qué África? “Desde que estaba en el colegio (de monjas) quise viajar a África, pero entonces la idea era hacerlo como misionera y con una mirada paternalista. Quería ‘ayudar a los niños negros’. Cuando empecé la universidad me volví muy crítica con las misiones y la religión, empecé a cuestionarlo todo, así que ya no quería ser misionera, pero la idea de conocer el continente africano se me quedó en la cabeza”.

Estábamos en 2011 en plena primavera árabe. La información del África subsahariana quedó aún más sepultada de lo habitual por los continuos incidentes en el Magreb y Oriente Medio. Durante un curso de verano conoció a un periodista freelance al que admiraba. Su consejo fue: “Elige un país y vete a contar historias”. Fue lo que necesitaba escuchar: “Alguien que me diera ‘luz verde’ para hacer esa locura. Durante el máster en Madrid tuve clarísimo que me venía para África de freelance, fueran las condiciones que fuesen; sin ONG, ni Naciones Unidas, ni nada institucional que me sesgara la mirada hacia el continente o me limitara a la hora de moverme cómo y dónde yo quisiera”.

Recuerdo muy bien a esta persona porque quedamos en Madrid el 14 de abril de 2016, hace un año y medio, y estuvimos charlando un buen rato. Mi objetivo fue convencerla de la inutilidad de continuar su aventura africana, muy preocupado por su seguridad en una zona peligrosa (Burkina Faso, Níger, Malí, Costa de Marfil) en los últimos años. Me impresionó su determinación y perseverancia a pesar de su juventud. Dando la batalla por perdida, le pedí que me fuera informando de sus andanzas, casi se lo ordené porque me temía lo peor, y desde entonces me ha ido mandado correos electrónicos desde las capitales de los países más peligrosos.

Ha escrito sobre los fallecidos durante la insurrección en Burkina Faso que puso fin al régimen de Blaise Compaoré tras 27 años en el poder, sobre el vertedero tecnológico de Agbobloshie, en Accra, la capital de Ghana, la crisis humanitaria nigeriana en Diffa, en el sur de Níger, por la huida de los nigerinos y nigerianos de la violencia de Boko Haram, sobre la muerte por radioactividad en el anonimato de los ex trabajadores enfermos de las minas de uranio del norte de Níger, explotadas por Areva, empresa francesa líder mundial en el sector energético nuclear; el juicio histórico en Senegal de Hissène Habré, el equipo femenino senegalés de baloncesto de cara a los Juegos Olímpicos 2016, los “microbios” o niños que realizan asaltos violentos en grupo nacidos después del conflicto armado en Costa de Marfil y el blanqueamiento de piel en este último país (“el trabajo que mejor me han pagado”), sobre la situación de Tombuctú tras el abandono del turismo, el último atentado en Bamako, la explotación de las niñas y jóvenes trabajadoras de la limpieza que trabajan todos los días de la semana con horarios ilimitados por entre 6 y 15 euros al mes, el yihadismo en los colegios del norte de Burkina Faso, las prisiones de Níger, uno de los países más pobres del mundo, la mutilación genital, la malnutrición, la infertilidad en África con la tasa más alta del mundo, el uso de combustibles tóxicos en ese continente que estarían prohibidos en Europa.

Conozco muy pocos periodistas que hayan hechos tantas historias distintas y en condiciones tan difíciles sin haber cumplido los treinta años. Yo, al menos, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a esa misma edad. Hablo de una persona con un gran sentido de la autocrítica. En el último atentado de Bamako reconoce que no estuvo “espabilada” cuando recibió la llamada de uno de los medios con los que colabora con el mensaje siguiente: “Escribe algo sobre el tema”. Su respuesta fue lógica: “Estoy viajando a donde ha ocurrido el atentado y no puedo escribir ahora mismo”. Como no llegó a tiempo, el diario firmó la crónica con el nombre de otra persona que se encontraba a miles de kilómetros. “Al día siguiente mandé mi desastrosa crónica. Pero la experiencia estuvo genial”, recuerda. Le sorprendió que a los medios “sólo les importe la firma desde el lugar de los hechos y publicar antes que la competencia. Les da igual lo que se cuenta”.

Con muy poco presupuesto al principio (gracias a las vergonzosas valoraciones en las redacciones) ha tenido que trabajar en “condiciones agotadoras y arriesgadas”. No podía gastar más de 200 euros al mes “porque no los tenía”, comiendo “siempre arroz, ensalada y a veces un poco de carne o pescado”. Ha vivido en habitaciones prestadas y en régimen de hacinamiento. “En la última capital africana donde he vivido cambié cuatro veces de casa. Las dos primeras fueron las casas de otras personas, sencillas pero equipadas. Las dos últimas casas las alquilé para vivir sola sin amueblar. Sin aire acondicionado para las épocas de calor intenso, ni frigorífico, porque no podía comprarlo. En resumen, vivo como si fuera clase media baja africana, no vivo mal, no soy escrupulosa en este sentido, pero son condiciones en las que aquí no viven los blancos porque desgastan muchísimo. En los últimos tres meses me he puesto enferma cuatro veces porque tengo las defensas por los suelos. Y sigo comiendo arroz prácticamente todos los días”, cuenta sin aspavientos.

Las tarifas por sus colaboraciones son escandalosamente bajas. En 2014 y 2015 un medio nacional le pagaba 35 euros brutos por un texto en la web. Si salía en papel, un poco más. A partir de 2016 le subieron a 70 euros brutos. En esa época un diario digital de la última hornada le pagaba unos 85 euros brutos. Ahora 15 euros más, es decir 100 euros brutos. Otro diario digital, ya veterano, le paga lo mismo. Un día propuso aumentar el precio de un artículo “que se leyó bien antes de mandar la factura” y el responsable le dobló el precio. Un medio le propuso colaborar por 25 euros menos impuestos por artículo. “Les dije que yo no escribía por menos de 50 euros y que ellos se encargaban del IRPF. Y aceptaron”, recuerda. Podríamos aplicar la expresión “quien no llora no mama”. Es decir, si se quiere lograr algo, parece que hay que solicitarlo repetidas veces y despertar la compasión.

Los únicos medios que le han tratado con un mínimo de respeto son una revista especializada en el “mundo negro” y un diario vasco que garantiza (‘gara-ntiza’) la lectura en euskera. Por cierto, un periódico latinoamericano le paga mejor que los diarios españoles “aunque les puedo mandar un texto en enero y no lo publican hasta agosto”.

Su reflexión final es mesurada: “El problema que tengo con los medios es que ellos buscan los clips y yo busco la calidad de la información. Ellos me proponen publicarme 2 ó 3 temas al mes, pero yo necesito mínimo una semana para hacer un tema decentemente. Así que si, por ejemplo, tengo que hacer tres temas para…., tres temas para…, dos temas para…, uno para…, etc., me van a salir churros sin contrastar, sacando la mayoría de la información por Internet. Soy de periodismo lento, no de clips y bodrios sin contexto. Tampoco me gusta el corta y pega, aunque reconozco que lo utilizo, añadiendo lo que voy aprendiendo, pues estudio y me formo constantemente de manera autodidacta. Así que mi problema está ahí. Puedo convertirme en una periodista mediocre para ganar 800 euros al mes. Pasarme el día en África frente a la pantalla del ordenador. Pero como hay algo en mí, llámale ética, llámale amor propio, que me impide escribir basura con erratas, pues estoy entre los 200 y 500 euros al mes. Es preferible ser camarera, niñera o limpiar casas en España que trabajar en África escribiendo churros y basura”.

Siento vergüenza ajena. Siento que mi oficio camina por el precipicio y que sólo un milagro lo salvará de la hecatombe definitiva. Hablamos de una persona que tiene que abandonar una cobertura en África porque “el dinero [la miseria con mayúsculas que le pagan por sus colaboraciones] no da para más”, mientras algunos empresarios sin conciencia se reparten suculentos bonos aunque hayan multiplicado las pérdidas de sus empresas. Hablamos de una persona que sería feliz en África por el dinero que algunos directivos sin escrúpulos se gastan diariamente en cafés, copas y puros. Hablamos de una persona que se conformaría con cobrar algo más que calderilla, pero no puede continuar en África porque algunos deciden pagar menos que calderilla.

Les doy una idea para el futuro (quizá mañana), señores responsables del desbarajuste. Hasta 1930 las oficinas salitreras de Chile pagaban los salarios con fichas que solamente tenían validez en la tienda de la empresa, la pulpería, en lugar de utilizar moneda de curso legal. Las fichas acababan en manos de la propia empresa que controlaba los precios de los productos de la tienda. Hagan juego señores contables. Instrumentalicen y parodien esta forma de pago. Así quedará todo en casa y sus grandes directivos podrán seguir esquilmando aún más aunque el final de la historia sea la gran catástrofe periodística.

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