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 | La Marea | 30 noviembre 2017

Las mujeres detenidas evitaban ir al baño porque allí era donde los guardias las violaban a su antojo. No era el objetivo inicial del recinto de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), pero sí un ejemplo del infierno en el que se convirtió uno de sus edificios, el Casino de Oficiales, en Buenos Aires (Argentina). Gran cloaca de la dictadura de Videla (1976-1983), fue uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) y un agujero negro para los Derechos Humanos: desde allí se hizo desaparecer a cerca de 4.000 personas a través de los ‘vuelos de la muerte’, aviones que los arrojaban todavía vivos al mar.

Este miércoles, por primera vez y después de cuatro décadas, la Justicia argentina condenó a los responsables de los crímenes de lesa humanidad practicados en la ESMA: las 54 imputaciones por delitos contra 789 víctimas se saldaron con 29 cadenas perpetuas, 6 absoluciones y penas de prisión de entre 8 y 25 años para el resto de acusados.

Hace 10 días visité la ESMA y el edificio Casino de Oficiales sigue siendo aterrador. Dentro del recinto arbolado, de 17 hectáreas y salpicado por una decena de construcciones, el centro de oficiales centralizó las detenciones y las torturas. En la tercera planta y en la buhardilla yacían los detenidos, en nichos de 200 por 70 centímetros, sobre finos colchones en el suelo, con las manos siempre esposadas, grilletes en los tobillos y atados a una bala de cañón de 20 kilos. Dos ruidosos extractores daban algo de ventilación al espacio de reclusión. Las pequeñas ventanas estaban tapiadas y apenas entraba algo de luz natural, rebotada desde los camarotes aledaños.

Pero poco importaba la luz porque los detenidos tenían, en todo momento, la cabeza cubierta con una capucha (por eso estas dos dependencias eran conocidas como ‘Capucha’ y ‘Capuchita’). Unos pasaban así entre 10 y 15 días. Otros, años. Podían subirse la capucha hasta la nariz sólo para comer. Excepcionalmente, también podían descubrirse en el baño. Los médicos controlaban que los presos comiesen lo indispensable para seguir con vida: mate cocido con pan, una taza de caldo, dos panes con carne fría, algo de agua, una naranja.

Tras el internamiento, se les drogaba con pentotal, se les desnudaba y se les trasladaba a los ‘vuelos de la muerte’. Entre los casos más aterradores, destacan los de las mujeres: además de las violaciones en los baños, las embarazadas permanecían en la ESMA hasta que daban a luz. Entonces, las madres eran enviadas a los ‘vuelos de la muerte’ y sus hijos entraban en la red clandestina de tráfico de bebés robados.

En la actualidad, la ESMA organiza una visita guiada por supervivientes una vez al mes. El centro, reconvertido en un museo al servicio de la memoria histórica, es un ejemplo mundial de educación y concienciación para las nuevas generaciones. Todos los días hay decenas de visitas organizadas por colegios e institutos para que los jóvenes conozcan las atrocidades cometidas.

En los últimos años, he tenido la oportunidad de visitar espacios parecidos en los campos de concentración de Sachsenhausen (Alemania) y Auschwitz (Polonia), o en la isla-prisión de Robben Island (Sudáfrica), entre otros países. Ésta última es la cárcel rodeada de mar, a 10 kilómetros de Ciudad del Cabo, en la que Nelson Mandela estuvo preso 18 años (entre otras miles de víctimas del apartheid). En 1999 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y son también supervivientes quienes se encargan de guiar las visitas al antiguo centro penitenciario.

En España, el Estado sigue haciendo contorsionismo para no juzgar los crímenes del franquismo, blindados por la Ley de Amnistía de 1977; 114.000 víctimas siguen desaparecidas (la ONU volvió a criticar hace dos meses a España por mantener “un patrón de impunidad“); y el Valle de los Caídos, que podría ser hoy un centro de memoria y educación como la ESMA o Auschwitz, es desde hace 42 años el mausoleo en el que descansa en paz el dictador Franco y al que peregrinan sus nostálgicos cada 20 de noviembre a rendirle tributo.

1 Comentario

  1. ¿Alguien puede imaginarse un ‘Valle de los Caídos’ en Alemania, con Hitler dentro y sus acólitos peregrinando a venerarlo? Y es que España es ‘different’, ¡mucho different!

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