Ana, la abuela de 82 años que se ha plantado frente a las obras del AVE en Murcia y no piensa marcharse

Javier Lacort | Xataka | 20/12/2017

Ana Jiménez tiene 82 años, cuatro hijos, siete nietos y, según un vecino de su barrio, “más cojones que nadie en Murcia”. “Ovarios, ovarios”, apostilla la joven que le acompaña. Ella se ha convertido en el símbolo de la lucha murciana contra la llegada del AVE en superficie. La llaman “la abuela del soterramiento” o “la abuela de las vías”. Su exigencia, como la de tantos otros vecinos, es la del soterramiento de las vías a su paso por la capital de la región.

Murcia ya es una ciudad partida por las vías del tren, pero los habitantes del sur, zona con menor renta per cápita y más olvidada que el bullicio del centro y el glamour del norte, tienen un pequeño alivio en los dos pasos a nivel que la conectan con el barrio del Carmen. Uno, el de los Garres, solo es peatonal; el otro, el de Santiago el Mayor, también está abierto al tráfico rodado. Con el proyecto actual, ambos desaparecerán, ya que en las vías de alta velocidad están prohibidos.

Las soluciones pasan por una pasarela para los peatones, medida que los vecinos tachan de muy deficiente y fácilmente saturable, y poco más que contar. Su lucha es la de unas vías soterradas a su paso por Murcia que eviten el aislamiento. Sin querer, Ana es ahora uno de sus iconos, desde que comenzó a llevarse su “silleta” plegable, como ella misma cuenta, para sentarse durante las protestas que ya llevan más de cien días ininterrumpidas.

Pero sobre todo, desde que sentada en su silleta empezó a detener las obras de instalación del temido muro de más de cinco metros de altura. Al menos, a su paso por Santiago el Mayor. La última ocasión fue el pasado jueves 14 de diciembre. Un grupo de WhatsApp vecinal del que forma parte dio la alerta de que se reanudaban las obras, y pese al frío, para allá que fue. 800 metros que solía recorrer andando pero que ahora solo transita en su Renault Clio, desde que debido a un golpe se lastimó la rodilla.

“Cada vez que reanuden las obras, yo iré a impedirlo con mi silleta”

La primera vez que lo hizo le trajo un pequeño disgusto: su foto se viralizó en Facebook, sobre todo entre sus vecinos murcianos, e incluso familiares y amigos que viven fuera de España le reconocieron y contactaron. “Me cago en la mar salada, no se puede hacer nada sin que no se entere todo el mundo enseguida, dichoso Facebook”, dice. Cuenta también que no es capaz de aclararse con él, pero con WhatsApp sí. “Ahí yo me manejo muy bien, me pones un vídeo, una noticia, lo que sea, y yo lo veo enseguida”. Durante los ochenta minutos de entrevista, su BQ suena varias veces. Está solicitada.

Su casa tiene gotelé y visillos. Su discurso, entereza y convicción. “Que no te quepa la menor duda: ese muro no se va a hacer, porque cada vez que haya obras, yo voy a ir a impedirlo con mi silleta. Y no me van a matar, y menos a todos los vecinos que estamos en contra. Así que tenlo por seguro: ese muro no se va a hacer”.

Ella también se planta frente a la excavadora, cuenta, para evitar que “los de tu edad tengáis que hacerlo, a mí, a mi edad, no me van a tocar”. Frente a las obras hay una acampada de personas que llevan tres meses viviendo en ella. Empezaron con el verano murciano -pocas diferencias con el infierno de Dante- y continúan durmiendo en tiendas de campaña con temperaturas mínimas de tres grados.

Los obreros se han de marchar resignados ante la negativa de Ana a dejarles seguir con la obra. “No tengo ninguna prisa, ya podéis marcharos a casa”, les dice. Normalmente, antes de irse le hacen una foto para justificar frente al jefe su regreso prematuro. A ella no le importa.

En una ocasión se marchó de viaje diez días, su preocupación era que aprovechasen su ausencia para reanudar el alzamiento del muro. “Yo hablé con muchas mujeres de mi edad para intentar convencerles de que se sentaran como yo, que no les iban a tocar ni les iba a pasar nada, pero ninguna lo vio claro. También hablé con un chico de tu edad que va en silla de ruedas. Yo le decía ‘¡Tú eres intocable, si te pones ahí a ti no te van a hacer nada!’, y aunque se lo pensó, al final tampoco”.

Ana ni siquiera vive en la zona más afectada. Su casa está al norte de las vías. “Lo hago porque es una injusticia, esas cosas no las puedo tolerar. Yo hablo con gente del otro lado que la he visto llorar por este tema, y eso lo tengo clavado en el alma. Por eso digo que ese muro no se va a hacer, como si nos cuesta la vida”.

Las fuertes cargas policiales durante las protestas en septiembre no llegaron a Ana, que cuenta que para ella “los policías son como amigos míos, yo les quiero mucho. A mí siempre me han tratado fenomenal”. Incluso en una ocasión en que se sentó para parar la obra en octubre, a las tres de la tarde en Murcia y con 45ºC en la calle, le ofrecieron agua y le acercaron el paraguas que le llevó una vecina.

“¡Ana somos todos, Ana somos todos!”

Su único rifirrafe con la autoridad tuvo lugar durante unas protestas en el centro, cuando un policía “jovencico, que podría ser mi nieto” le respondió de malas formas a su petición de que le dejase aparcar su coche junto a él. Quiso salirse con la suya haciendo eso mismo acercándose por detrás, algo que terminó de destapar la ira del agente, lo que a su vez hizo que Ana estallase. “Qué a gustico me quedé, sabía que me caería una multa, pero bien a gusto que la iba a pagar”.

En efecto, la multa por desacato cayó, y cuando los asistentes a la protesta se percataron de la situación, corrieron hacia allí para apoyarle. “¡Ana somos todos!” y “¡Ana no está sola!” fueron los cánticos más repetidos. También le gritaban que no se preocupase, que esa multa la pagarían entre todos. Un superior del policía llegó hasta el lugar y accedió a dialogar con ella. La multa acabó hecha pedazos. “Anda que no le tuvo que escocer al jovencico que yo me fuese sin multa”.

Ana, con su silleta, frente a la estación de Murcia del Carmen, custodiada por policías nacionales.

Habla de los miembros de la acampada como “héroes”, igual que de los miembros de la Plataforma Pro Soterramiento, cuya cabeza visible es Joaquín Contreras, un profesor jubilado. Del apoyo vecinal, en cambio, opina que se queda escaso. “De todos esos barrios y pueblos del sur, donde hay muchos parados, amas de casa, jubilados… Si viniesen un 10% de los que son, seríamos 6.000 cada noche en las vías. Pero en casa se está muy a gustico”.

En las protestas nocturnas, donde esta noche no ha podido ir por estar renqueante de una bronquitis, todos la conocen y hablan de ella con devoción. “Es simpática pa’ qué más, tiene una presencia muy graciosa. Y un valor… hasta le ha pedido una entrevista varias veces al Delegado del Gobierno”, dice Carmina. “Es increíble, yo tengo treinta años menos que ella y no tengo ni la mitad de energía que ella. Y eso que está en el lado bueno, pero ella viene aquí a apoyarnos más que nadie”, añade Ramón.

Pese a que el frío se recrudece, Ana no se repliega. “Les he dicho a los de la acampada que si aparecen los de las obras de madrugada, que a veces lo han hecho, que la boquica cerrada. Que no hagan nada, que a por ellos sí van a ir. Que me llamen a mí, que yo aunque sean las tres de la madrugada me lío la manta a la cabeza y me planto allí con mi silleta. Con la pala de la excavadora no me van a dar”.

1 Comentario

  1. Admirable, desde luego.
    Ojalá muchos dispusiéramos del tiempo suficiente para poder dedicarlo de forma más plena a esta justísima causa, que ya arrastra 30 años de engaños y miserables comportamientos, por parte de los políticos: alcaldes, presidentes regionales y demás gusanos afines.
    Cada uno, aún perteneciendo a la “parte norte”, como Ana, colaboramos dentro de nuestras posibilidades.
    Lo importante, me parece a mí, es que el asunto ya ha perdido la cercanía de la ciudad y está siendo conocido a nivel nacional y comunitario (Bruselas).
    Y puesto que hablamos de Renfe, Adif y otras hierbas venenosas-perniciosas, aprovecho para denunciar, que una de las líneas más rentables de Hispanistán, la de Alicante-Murcia, continúa utilizando trenes de más de 30 años, totalmente obsoletos, con goteras los días de lluvia, con corrientes de aire –que uno no sabe por dónde coño entran—y con retrasos de horario. Y no hablo de las máquinas expendedoras de billetes, que te chulean la devolución y tienes que ir a reclamar a taquilla, a veces con la disyuntiva de perder el tren o perder la devolución que te corresponde.
    Luego, si uno –con toda la razón– se enfada, y se caga en dios y en la puta madre que parió al presidente de Renfe, aún te viene el guardia de seguridad, pidiéndote que te moderes y te comportes: “¿Y Renfe se comporta?”
    Vamos a dejarlo, porque si no me va a costar dormirme… … …

    Bona nit, [y a Renfe y Adif que les vayan dando mucho por el culo (… y a sus presidentes, también)]

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