Plagas bíblicas de una civilización incivil

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Se trata de nuestra civilización, si es que puede llamarse así a unos mecanismos y unos conceptos que dejan cada vez a más gente desamparada. Una civilización de “ganadores” y, sin embargo, civilización menguante, esa que se inició quizá con los antiguos griegos, la civilización occidental, digo (libradme del etnocentrismo, no todo es occidente, sabedlo de una vez), que esclavizó, colonizó y acumuló sin tregua, que todavía lo hace, lo intenta ciegamente, una civilización que hoy se disgrega y se devora a sí misma. Se trata de esa civilización que debería desterrar el sufrimiento y arropar a sus hijos e hijas, puesto que esa es la única razón para su existencia.

Probablemente, las tribus aisladas, cada vez menos aisladas, que todavía, sorprendentemente, quedan en el mundo, no tengan nada que envidiar a esa civilización. Al fin y al cabo, la nuestra está fundada en la fuerza y la de aquellas en las relaciones de proximidad y en el conocimiento de su medio natural. En su piel debe sentirse uno, a menudo, como un animal (más o menos racional), como un animal libre. ¿Habéis pensado en la liberación de sentirse como un animal libre? Imaginadlo solo por un momento. Olvidad los teléfonos, las televisiones, las series, los diarios, la publicidad, la hipoteca… Pensad solo en olores, en una brisa, en la caza, en las criaturas, en los sonidos durante el descanso. Eso sí que es un paraíso perdido, tienes la tentación de pensar. Sin embargo, sabed de una vez por todas: nada es tan bonito como lo imaginamos.

¿Quién imaginaba que Europa, ese sueño que reunía a sus pueblos, fuera a ahogarse bajo el peso de los manejos del capitalismo financiero (y con este adjetivo se revela una diferencia con el del xix)? El sueño americano parece reservado a pocos, y no va a venir a rescatar al europeo.

En el Antiguo Testamento, las plagas son un castigo divino al faraón por mantener en la esclavitud al pueblo hebreo. Un castigo al faraón que, mira tú por donde, cae sobre la población, sobre los egipcios y las egipcias. Es un esquema que suele repetirse en la historia. Incluso se dice aquello de que siempre pagan justos por pecadores. En el caso del faraón, justos y justas por pecador.

Ocurrió y ocurre a menudo en las sociedades modernas. Si no lo creéis, mirad a Trump. Sí, incluso en democracia, las culpas del gobierno electo las paga el pueblo que lo ha elegido (y también la parte que no lo votó). Solo que en estos casos no se trata de castigos divinos, sino de elementos que caen dentro de la relación causa-efecto. Es decir, elementos que están dentro de las Leyes de la Naturaleza, las únicas superiores o más poderosas que las leyes humanas. Cuando nuestra civilización debate sobre asuntos relacionados con aquellas, parece ponerse más fácilmente de acuerdo respecto a los efectos que a las causas. Las plagas son efectos y también causas. La cadena de causas y efectos puede prolongarse hasta el infinito, y se presta fácilmente a lo del huevo y la gallina.

Más allá de castigos sobrenaturales, nuestras plagas, que alcanzan una escala global, lo que quiere decir que afectan a todos los pueblos, incluso a los animales, son, a saber: el plástico, el CO2 y demás gases de efecto invernadero, la radioactividad, las extinciones y la degradación de los ecosistemas en general, la sequía y la pérdida de bosques y tierras, el derretimiento de los polos, la pobreza y el trabajo mal pagado, los mitos, el abuso de antibióticos y las guerras.

Sería interminable tratar de ver qué es efecto de qué y causa a la vez de qué otra cosa, y viceversa. En todo caso, estaremos de acuerdo en que son plagas de escala bíblica. Desde luego no son tan simples como las egipcias, que entrarían dentro del enjambre de los mitos, por más educativos que puedan resultar estos como representación del poder de la imaginación y la sugestión humanas. Por mucho que pueda combatírseles desde sí mismos. Pero no, esas plagas no son tan sencillas, son reflejo de la necesidad impuesta por las Leyes Naturales, y también de la torpeza o descuido del comportamiento que imponen las Leyes Humanas.

Desde luego, no son de ayuda determinados efectos, hablo de los Trump, los Bush, los Aznar y demás creacionistas y negacionistas. Puesto que la explicación del mundo y la idea de la vida que se obtienen a través de los mitos es difícil asegurar que sea efecto de un estado civilizatorio temprano, o causa de este, o las dos cosas al mismo tiempo. En todo caso, la guerra, así como esos presidentes (permitidme que no vuelva a pronunciar sus nombres), son claramente causas de efectos devastadores para determinados “perdedores”.

¿Qué se puede esperar, en fin, de una civilización fundada en la codicia y en la fuerza, patriarcal quién sabe si por accidente o por necesidad? En cualquier caso, cuando aquella afección y aquel poder se ponen por delante de todo lo demás, no se puede esperar mucho. No faltan las demostraciones, es bien sabido.

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