Ginés el dependestista

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Ginés no tiene ni dónde caerse muerto, o mejor dicho, sí tiene dónde caer, pero no tiene dónde permanecer muerto y en paz, porque el viejo bar que regenta y en el que se mete catorce horas diarias de trabajo desde hace treinta años es de alquiler, así que ahí no podría yacer. Y como ya no tiene casa en propiedad porque el banco se la quitó por ser avalista del coqueto apartamento en Malasaña de Ginés junior, el orgulloso licenciado en Administración y Dirección de Empresas que actualmente trabaja en la City de Londres, de camarero, por no perder la tradición familiar… pues tampoco ahí lo dejarían permanecer. Y sí, es verdad: aunque los bienes citados fueran de su propiedad tampoco podría quedarse por cuestiones de salubridad y legalidad, porque no está bien eso de pudrirse en cualquier sitio habiendo fosas comunes, que es curiosamente donde en este momento acabaría Ginés después de toda una vida de despotricar de lo colectivo y hacer proselitismo del individualismo y la meritocracia, aunque él que esto lo definía como carácter y recoger lo que siembras siempre ha defendido no ser de derechas sino de centro –y de clase media, por supuesto–. Hay que ver lo bromista que es el destino.

Cuando su chaval tuvo que irse como cientos de miles de chavales y chavalas de este país a vivir la aventura –como definió una ministra con cara de comediante al hecho de tener que emigrar para buscarse un sustento que aquí no iban a encontrar– a Ginés se le empezó a oír criticar las políticas de los partidos tradicionales: primero y con mayor ímpetu al PSOE y más tarde, aunque ya con menor ánimo, al PP. Y es que eso de que los de siempre rescataran bancos al mismo tiempo que él tenía que ver partir a su hijo ya no le cuadraba. Lo mismo que le hizo torcer el gesto lo poco que duró su consuegro tras haber sido diagnosticado a destiempo de un cáncer. Y es que cinco meses para que te hagan unas pruebas que antes te hacían en una semana es mucho esperar para un bicho al que no le importa si hay o no presupuesto para cubrir a la vez los gastos de personal de la sanidad pública y el rescate de las autopistas de los amigos o jefes de sus políticos favoritos.

Pero todo pasa, y Ginés, que tampoco tenía demasiado aprecio por su consuegro, ya se ha acostumbrado a las cada vez más esporádicas videoconferencias y a no darse caprichos. Además en cinco años acabará de pagar las deudas que le han quedado y por fin se podrá jubilar, aunque con setenta y muchos años poco le va a quedar para disfrutar del merecido descanso.

El caso es que en el bar de Ginés, como supongo que ocurre en general en los bares de barrio –con ínfulas o sin ellas– se opina de todo, desde avances técnicos a fútbol pasando por la política y los últimos sucesos, y habitualmente con una suficiencia que casi da envidia. Y el “problema catalán” [sic] no iba a ser menos.

De hecho, nunca se había visto tanta pasión en ese local. Ni en la época de los partidos del Plus. No hay café matinal que no tengas que acompañar de “los hijos de puta de los independentistas” y “la que están liando”. Hasta el punto de que tragar tanto odio ajeno no le deja espacio al cruasán, o te lo acaba amargando. Afortunadamente, en esto, como en casi todo, Ginés, comparado con su parroquia, es de los moderados, aunque solo sea porque es perro viejo; y en este caso de los que empiezan su aserto presuntamente equidistante con un: “aunque no me gustan ni un pelo los independentistas”, para acabar poniendo en tela de juicio tal o cual acción o decisión de jueces o Gobierno.

Aprovechando la tesitura, pero procurando que nadie se sintiera ofendido, el pasado lunes se me ocurrió la feliz idea de preguntarle si al considerar el independentismo como algo negativo, él era dependentista. Y como la pregunta le cogió descolocado, y nos conocemos desde hace muchos años y sabe que solo voy a tomarme mi café y a escucharles, me la devolvió con buenas maneras: ¿Y tú, Alfredo, tú eres independentista?

– No, Ginés, yo no soy independentista.

+ Pero sí te parece bien lo que quieren los independentistas y lo que están haciendo.

– No sé a qué te refieres con ‘lo que están haciendo’, pero lo que quieren no me parece ni bien ni mal, y en cualquier caso creo que están en su derecho, y que decidir no es ningún crimen. Será que no soy capaz de posicionarme porque no creo en patrias, en ninguna. Y cuando digo ninguna me refiero a ninguna, porque nunca han dejado de ser el cortijo de unos pocos a costa de unos muchos, y tampoco creo en hechos diferenciales determinantes sobre colectivos, y casi diría que ahora ya ni en los colectivos. Y también porque estoy a la vuelta de casi todo y esto tiene demasiadas aristas ya procuro que no me interese de más. Pero creo que en cuestiones como estas es la democracia la que facilita las herramientas para resolver las disputas. Y la principal herramienta de la democracia son las urnas, que, casi siempre para nuestra desgracia, no se equivocan. Y por eso, respondiendo a tu pregunta, puedo decir que no soy ni independentista ni dependentista, porque a mí me da igual si Cataluña o La Rioja siguen formando o no parte de España. De hecho no me importa en absoluto si tú eres o no eres español o guatemalteco mientras pagues tus impuestos, no robes, tu café siga estando bueno y además se pueda hablar contigo de forma amable. No me importa tampoco si yo lo soy, y cuando me importa es para lamentarme por lo que me rodea.

+ Pero es que eso no es como dices.

– Puede ser, no voy a discutir, pero tú no me has contestado: ¿eres dependentista o no?

+ No, yo no soy nada de eso.

– Pero no te gustan los independentistas, y por contraposición tú sí debes ser dependentista.

+ No, yo lo que no quiero es que España se rompa.

– Entonces sí eres dependentista. ¿O es que solo los que quieren lo contrario a lo que tú quieres son algo?

+ Bueno, pues español, o en todo caso unionista.

– Bien, pero español no, porque también en mi partida de nacimiento pone eso y me importa un rábano cómo se dibuje el mapa. Y unionista tampoco, o será que a mí lo del unionismo me parece poco descriptivo, o demasiado amable, porque ese unionismo en realidad lo que persigue es la dependencia de la población de un territorio a los designios de un gobierno central en contra de su voluntad, o como mínimo impidiendo que los habitantes de ese territorio decidan en ningún sentido. Y no hablamos de una dependencia como en el caso de algunos estados federales en los que cada territorio en su marco administrativo tiene sus propias leyes y su propia hacienda, y comparten con el conjunto poco más que la política exterior. No, aquí hablamos de que el gobierno central marca hasta las reglas de gasto de los ayuntamientos, y por supuesto ni hablar de una legislación, justicia o hacienda distintas.

+ Lo que tú digas entonces, pues seré dependentista. Pero es que si todo el mundo pudiera optar por la secesión esto sería un cachondeo. La república independiente de Ciudad Real.

– Si vamos a descender hasta ese nivel de discusión lo dejamos ya. ¿O es que Ciudad Real tiene una historia de lucha por su soberanía? ¿O es que en Ciudad Real ganan elecciones los partidos independentistas autóctonos? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que otros tengan sus propias ideas y aspiraciones? ¿Qué nos ha hecho llegar a la conclusión de que ser independentista es algo malo cuando los que quieren la soberanía son otros?

+ Si yo no digo que no puedan separarse de España, pero hay una Constitución que hay que respetar, pero que se puede reformar. Que la reformen y que se vayan.

Y aquí, aunque podía haberle dicho: “Sí, esa misma que dice que tienes derecho a un trabajo y a una vivienda digna. Como el trabajo de tu hijo en Londres y la vivienda que te quitó el banco”, preferí decirle que con gente que votaba a los mismos que él en versión azul, roja o naranja, siempre habría un 80% de dependentistas en el Congreso y que el independentismo pactado sabía perfectamente que no sería posible, pero que lo mismo daba, porque no íbamos a arreglar el mundo desde la barra del bar. Y es que llegado a cierto punto de la conversación vale la pena romperla para que no se rompa una relación amable de muchos años. Porque Ginés –que no se llama Ginés, que no es más que un guiño– es a pesar de todo una buena persona, y yo no voy a poder hacer mella en setenta años de condicionamiento. Pero sí, Ginés es dependentista, como todos esos que sacan banderas monárquicas al balcón, o como aquellos otros que sienten un agradable cosquilleo cuando capturan y encarcelan a los políticos catalanes que pusieron urnas para que los independentistas y los dependentistas pudieran votar.

6 Comentarios

  1. ¿Y por qué se han dejado condicionar?
    ¿Para que tenemos los filtros?
    ¿Nos sirve de algo la cabeza, además de para llevar boina?

  2. Es difícil hacer pensar, incluso con ejemplos prácticos muy evidentes, y sangrantes, a quienes no quieren pensar y prefieren repetir el mantra de los poderosos y de los medios de comunicación obedientes corifeos de su amo

    ID: gracias por existir, si no, habría que inventar algo similar

    • Patriotismo Marca España.
      Muy patriotas, pero el dinero en Panamá o Andorra.
      Y los idiotas… con la banderita en el balcón.

      ¡¡VIVA ESPAÑA, ME CAGO EN DIOS!!

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