Mejor un rey que mil bufones: breve alegato contra la mentira

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Daniel Bernabé | La Marea | 11/04/2018

Alguien comparte un vídeo en mis redes sociales. Las imágenes muestran a un motorista que es increpado por dos hombres, parece que le impiden continuar su trayecto. El individuo descabalga del vehículo y, de dos certeros puñetazos, deja inconscientes en el asfalto a sus asaltantes. La escena es grabada por un tercero desde un móvil y el texto que la acompaña asegura que se ha producido en Cataluña, donde unos independentistas –desconocemos el contexto– pretendían impedir el libre tránsito al motorista, recibiendo su merecido.

Esta vez no hace falta hacer ningún rastreo de las imágenes. Por el tono de las expresiones de júbilo del hombre que graba y de otras personas que hay en la calle, por el diseño de la señal de stop, por la arquitectura de los edificios y por los modelos de coches que circulan por la calzada salta a la vista que la pelea no se ha producido en Cataluña, ni siquiera en Europa. También parece evidente que los dos asaltantes, por su forma de andar, están borrachos.

Esta serie de obviedades, que son notorias desde el primer segundo, no parecen impedir que miles de personas compartan el vídeo. Los comentarios son un festín de lugares comunes y autosatisfacción, una danza ebria de gente golpeándose el pecho: nadie quiere ser menos que el amigo inmediato para no quedar fuera del grupo de afinidad. Los pocos que se atreven a señalar que aquello es una burda manipulación son recibidos con insultos o sencillamente pasan desapercibidos. A partir del décimo comentario, la conversación se torna incoherente y es imposible de seguir.

El vídeo es compartido por páginas explícitamente políticas contrarias al independentismo, pero también por muchas otras cuya actividad principal es, en teoría, mostrar vídeos cómicos o sorprendentes, todas ellas con un número de seguidores y una capacidad de viralizar contenidos de la que la prensa, teórica encargada de transmitir información, carece. Si tenemos en cuenta que el vídeo también habrá sido compartido en servicios de mensajería instantánea, la intoxicación se extiende más rápido que la salmonela en la mayonesa bajo el sol del agosto. El mensaje parece claro: en Cataluña hay una situación de persecución a los no independentistas, parece lícito por tanto que estos empleen la violencia para defenderse.

A pesar de que, insistimos, la asociación de las imágenes con su contexto es una manipulación burda desde el primer vistazo, no se tarda más de cinco minutos en poder rastrear el contenido mencionado. Simplemente con poner una sencillísima frase en inglés describiendo lo que vemos, estilo biker hits two guys, obtenemos decenas de resultados que sitúan la escena en Orlando, Florida, a finales de marzo del corriente año, incluso desde otras tomas de teléfono móvil.

No debería ser tan difícil discriminar para un adulto medio lo cierto de lo falso. No debería ser una tarea ardua, en el caso de que haya dudas, poder rastrear cualquier contenido audiovisual para comprobar su procedencia en un par de clicks. Podríamos iniciar aquí una disquisición, interesante o tópica, a propósito de las redes sociales, volcar en el objeto más o menos novedoso la descomposición de la verdad. Resultaría baldío.

Si hace algo más de diez años el tecno-optimismo progresista celebraba la revolución de los smscomo forma inédita de articular la protesta, nos tememos que esa misma literatura se aplica ahora a la inversa para advertir del peligro de la desinformación a través de las redes sociales. El debate no carece de interés por la gigantesca capacidad de transmisión de contenidos a audiencias masivas en tiempos muy breves. El debate empieza a perder utilidad cuando se sitúan por delante factores abstractos como el de la naturaleza humana frente a hechos como el carácter privado y empresarial de estas redes. Dejen de darle vueltas a si su vecino es un cotilla con ánimo vengativo y tendencia al sensacionalismo y centren la cuestión en la imposición de leyes y normas a las compañías propietarias: es más barato poseer una jungla agreste que una plantación ordenada. Si no se hace es porque no se desea.

Excusas de hackers rusos al margen, las noticias falsas son la salvación de las oligarquías, el grupo de señores que redactan las funciones de eso que una vez se conoció como democracia liberal. No hay nada más peligroso para la estabilidad de nuestro actual sistema que una ciudadanía con capacidad de informarse, esto es, de saber elegir canales confiables de acceso a lo cierto. No hay nada que inquiete más al statu quo que una ciudadanía que fuera capaz de formarse a sí misma cívicamente, esto es, dotarse a sí misma de la aptitud de poseer una opinión política fundada. Las mentiras definen a quien las lanza, pero sobre todo a quien se las cree.

Que un grupo enorme de personas devore todos los días toneladas de bazofia en las redes no es culpa de las redes, sino de la ansiedad que padecen por confirmar todos sus sesgos. No se trata de que nos enfrentemos a manipulaciones de factura genial, más bien al contrario, la mayoría son mentiras groseras, sino que deseamos creer cualquier estupidez porque nuestra formación cívica tiende a cero cuando el poder empresarial tiende a infinito. Si nuestra única función es la de productores de bienes, la mayoría inútiles en sí mismos, y la de su posterior consumo, tras la conveniente necesidad creada, quién diablos necesita preocuparse por cómo funciona realmente la sociedad de la que se es parte. Ante la llegada del conflicto –una crisis económica, un problema nacional, una amenaza terrorista– corremos a buscar la seguridad de la manada, esta vez encabezada no por el más sabio o aguerrido de los animales, sino por un meme y un gif animado.

El poder capitalista no dejará de agradecer nunca a los posmodernos la ruptura de la idea de autoridad intelectual. Si en la modernidad existían categorías, dominios, hegemonías, siempre al lado de quien manejara los resortes del dinero, al menos existía la posibilidad de crear unos órdenes alternativos que se enfrentaran a los existentes. Teníamos el poder del alzacuellos y el púlpito, el de las tribunas acaudaladas y el de las imprentas con corona, al que se oponían con gran éxito histórico las letras con gorro frigio, la lectura de pasquines a la hora del bocadillo y el mitin de trastienda en la taberna. Aunque el reinado de las Grisso y las Quintana está aún muy lejos de disolverse, el mayor problema es que tenemos a una miríada de desinteresados reporteros de guasap repartiendoel cólera en cada exclusiva. Hemos enmascarado la autoridad del rey en un ejército de aplicados bufones a los que es imposible dar respuesta.

Por cierto, y que a nadie se le olvide. Mentimos tan bien porque aprendimos de los mejores: años delante de un aparato de televisión son nuestro máster.

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