Nacionalismo, ficción, individualismo y democracia

0
592

Nacionalismo

Es común atacar al nacionalismo del otro, cuando es al propio al que desafía. En eso puede resumirse el conflicto que el gobierno actual, y antes el partido que lo lidera, ha avivado entre España y Catalunya, y no parece tener propósito de solucionar. Y lo ha hecho con actitud antipolítica, con mano autoritaria y represiva, sin más argumento que el de la Ley es la Ley. Al calor de dicho conflicto, ha surgido de un lado un nacionalismo español intransigente (cuyo voto se disputan PSOE, PP y C’s), a la par que del otro crece la desesperación por encontrar solución a una situación histórica. Así, desde numerosos foros de ese nacionalismo español, desde los diferentes medios de comunicación que le dan voz, o que vociferan en ocasiones, se acusa de ficción al nacionalismo catalán y su pretensión histórica.

Ficción

Viajar a la Luna fue ficción durante mucho tiempo, al menos desde que Julio Verne lo pensó, en 1865, hasta que, en 1969, Armstrong y Aldrin la pisaron por fin. De igual manera, el Estado de las Autonomías también era una ficción hasta 1933, y luego volvió al limbo de los sueños, que también son ficciones, desde 1939 hasta 1981, cuando se hizo realidad, tres años después de la aprobación de la Constitución Española, con los pactos entre UCD (Unión de Centro Democrático) y el PSOE de Felipe González.

Una nación, cualquier nación, tiene la misma existencia que el metro matemático. Es una convención. Un inglés dirá que es la yarda, y tendrá toda la razón. En todo caso, para decidir entre metro o yarda, no hay otro medio pacífico fuera de la democracia y la política, es decir, la negociación.

Asociada a la crítica del nacionalismo del otro como ficción, suele surgir la idea de que es una mentira inculcada por unos pocos muñidores. Entonces estos son señalados, como en tiempos oscuros del siglo pasado, y sobre estos caen toda la ira y la hiel de los ofendidos. Pasa con los maestros y las maestras de la escuela Palau de Sant Andreu y con el nuevo presidente de Catalunya, unas absueltas y el otro elegido por los representantes del pueblo catalán.

Pero esa, la de las artes de los muñidores, es una forma simplificada de presentarlo. Ese planteamiento demuestra la visión de la polis de sus defensores, a saber: dividida socialmente entre una élite y la masa manipulable. Ese mismo planteamiento sirvió ampliamente a los fascismos del siglo xx. En este caso sí que podría hacerse metáfora de la realidad como obra de cuatro iluminados, de cuatro políticos o políticas, banqueros, financieros, etc., que arrastran a todo un pueblo, con la manipulación de los medios de comunicación y las respuestas emocionales, como flautistas de Hamelin.

En efecto, para ser nacionalista, tienes que creer en una narración y en el sujeto de esa narración, es decir, la suma del territorio y su gente. Pero, fuera de la división social élite-masa, lejos de un mero y casi espontáneo fascismo, esa narración, casi utópica, se elabora complejamente en el tiempo y en el espacio, y lo hace a través de la experiencia de la lengua, a través de la Literatura, de la Historia, de la Cultura, de los usos y las costumbres, de lo que está en los libros, en las mentes, en las ondas, en las ollas, en las redes, en la leche materna… La narración es un medio más que una historia. Se vive en ella. Es un aire, el agua, un medio que envuelve. Es el medio.

Individualismo

Algunas voces del liberalismo, del neoliberalismo incluso, y claramente de la nueva derecha, las mismas que atacan al nacionalismo del otro por ficción, o por pretender dejar de serlo, defienden el individualismo como ámbito de libertad. Por traer un ejemplo, al que se encomienda un insigne liberal, de nombre Mario Vargas Llosa, que algunos/as consideraréis con razón un tanto desafortunado, los hombres y las mujeres que integran las pocas tribus de las selvas que quedan en el planeta, no son libres. Probablemente ningún otro grupo social tenga una cohesión como la de esas desdichadas tribus, pero, quizá por eso, si hemos de pensar según sus directrices, no tienen libertad. En cambio, son más libres los individuos asalariados que pueblan las ciudades y que, por cierto, conducen las máquinas que arrasan sus bosques.

Por supuesto, los seguidores de esta corriente reconocen el poder y se someten al imperio de la fría Ley. Esa es toda la concesión que admiten hacer a la comunidad, y, como buenos liberales, tampoco albergan en sus corazones mucha simpatía por ella. Pasan por encima o por debajo, o por cualquier lado, y a partir de ella, de la Ley, aseguran que solo son libres aquellos y aquellas que miran por sí mismos y sí mismas, y se alzan, sin ningún tipo de arraigo, fuera de la sociedad, sin vínculos con los semejantes ni con la tierra que pisan.

Es inevitable sospechar que la intención es cambiar una narración por otra, una colectiva, y con más fuerza, por otra individual, mucho más débil si más no por cuestiones de número. Parecieran pretender conducir a la población mundial al solipsismo tan temido de los filósofos. Porque, ¿no es la idea de individuo otra ficción en sí misma? ¿No estamos todos y todas conectadas? ¿No dependemos realmente unas personas de otras? ¿No mamamos del pecho de nuestras madres y solo después de muchos años de depender de ellas, de los padres, de la familia como mínimo, de nuestros maestros y nuestras médicas, alcanzamos la madurez, es decir, la independencia física y moral, que no la individualidad?

Existimos como colectivo, casi exactamente en el mismo sentido que existen las hormigas, las abejas, y en general los animales gregarios. Como colectivo. Existimos inmersos en una sociedad que nos enseña o nos desgracia, pero de la que dependemos queramos o no. El individualismo es cosa de ricos, de unos pocos que pueden comprar islas y que ya no necesitan los nacionalismos sino como herramienta, pues viven fuera de las fronteras. Quienes quedan dentro de ellas quizá necesiten una ficción que les sea útil para representarse la propia indefensión, sus carencias, esa dependencia de otros y de otras. Así, sin duda, son más fuertes y pueden hipotéticamente defenderse mejor.

Democracia

Es claro, el nacionalismo no va necesariamente unido a sentimientos y políticas antidemocráticas. En numerosas ocasiones del pasado, en las colonias o en las guerras de ocupación, el nacionalismo ha ido aparejado a procesos de liberación. Hoy el nacionalismo puede ir aparejado perfectamente a movimientos de profundización democrática. De hecho, y la cuestión salta a la vista, ¿qué mejor reclamo puede haber de libertad y democracia que el de una República? Que se lo digan a los franceses, y que nos recuerden aquello de liberté, égalité, fraternité. Por lo demás, el derecho a un referéndum debería ser fundamental, y prácticamente discrecional, en una democracia 2.0. La doble exigencia que debe hacerse a priori al nacionalismo es que se aleje de procesos excluyentes y racistas, y de la violencia. Como por cierto es el caso en Catalunya, hasta hoy al menos, cuando el presidente de la Generalitat, Quim Torra, lleva apenas unos días como tal. A posteriori todavía debemos exigirle mucho más, como mínimo una agenda social (y no del “mercado”). Pero ese ya es otro tema.

Deja un comentario