Elisa Beni | El Diario | 03/02/2018

Un sindicato quiere que se prohiban los disfraces sexys de enfermera. El sindicato mayoritario de la Enfermería ha pedido que se retiren de los centros comerciales. Una incautación masiva de batas desbocadas, faldas prietas y uniformes reventones. Una razia en busca de cualquier disfraz sanitario que pueda provocar calores morbosos en las frías noches de las carnestolendas. Atentan a la dignidad del colectivo, dicen, y oigo levantarse desasosegados a todos los colectivos que pueblan las fantasías lúdicas y eróticas de la humanidad entera. Los guerreros romanos, saliendo de sus tumbas. Las brujas volviendo de sus cenizas para exigir respeto y disfraces adecuados que no muestren una imagen erotizada de su exterminio. Los piratas. La pobre Caperucita, niña devorada por el lascivo lobo, exigiendo que la largura de las capas sea la adecuada a una tragedia de este tenor. Policías y militares en pie de guerra para requisar todo pantalón ceñido, guerrera entreabierta y esposa mal usada por la población en general. Vaqueros e indios, para los que hubiera sido imposible montar caballos desbocados con la piel rozando en la silla con esas faldas imposibles y esos calzones abiertos en demanda de pasión. Bomberos indignados, ante esos hombretones semidesnudos y con la piel brillante cuyos disfraces incitan a lanzarse a fuegos que sólo la saciedad extingue. Veo brigadas de inspectores de fantasías y deseos. Veo a la Santa Inquisición en busca de monjas desvestidas y provocadoras y de curas que apenas lucen alzacuellos.

Veo que nos hemos vuelto locos y que la espiral de represión y puritanismo, de estupidez y de sinsentido nos está alcanzando como una ola a la que no sólo no nos resistimos sino que amplificamos en una voluntaria ordalía de buenos ciudadanos contra nuestras propias libertades. Ya no estamos contentos con no preocuparnos de que nos las cercenen sino que les entregamos nuestra propia censura en bandeja de colectivo sensible. Lo machista, lo infumable, es que el capital obligue a trabajadoras de la sanidad o de cualquier otro colectivo a adoptar vestimentas determinadas que sexualicen la actividad para rentabilizarla. Eso es inaceptable. Que a la gente le ponga cachonda una cosa u otra eso, me van a perdonar, es libre. Se pongan como se pongan los de SATSE.

El Carnaval es transgresión. Una fiesta religiosa también. Un desenfreno previo a la penitencia muy propio del catolicismo en el que no pesa tanto lo que hagas sino los trabajos necesarios para obtener el perdón de lo hecho. En eso se basa el Carnaval justo antes de entrar en la Cuaresma que todo lo borrará con la penitencia, el ayuno y la abstinencia. Sobrarse antes de reprimirse. Y la transgresión permitía lo no imaginable. Y tan libre y desmadrada y crítica con el poder era que el 13 de enero de 1940, el BOE de Franco publicaba su absoluta prohibición.

Prohibir. Un verbo que quizá se conjugue en más tiempos y personas en español que en ningún otro idioma. El tiempo de la permisividad y el descontrol por antonomasia no podía escaparse de este retroceso generalizado de las libertades al que asistimos. Hemos visto cuestionar algo tan incuestionable como las letrillas del carnaval de Cádiz. Irreverentes, provocadoras, soeces o directamente faltonas. Es su naturaleza, independientemente de a quién rebanen la cabeza o a quién pongan en la picota y de si son machistas o blasfemas o impertinentes. Son.

En este país, el gremio de los panaderos le ha pedido, nada más y nada menos que a la Real Academia de la Lengua, que “suprima” un refrán. Nadie sabe cómo los insignes académicos hubieran podido acometer tal represión si rebanando lenguas o inspeccionando hogares y tabernas para interceptar cualquier atisbo de recurrir a un acervo cultural que nos pertenece a todos y que se ha considerado siempre un compendio de sabiduría popular.

Prohibir. Menos aquello que merme derechos y libertades. Eso que lo cercenen con alegría porque será para nuestro provecho y mejor vivir. Hace como un año, un nuevo partido como Ciudadanos se unió a la fiesta pidiendo que se suspendiera en Santander un concierto homenaje a La Polla Records, Kortatu y Eskorbuto. De este último y mítico grupo he tomado mi titular hoy. Letras que corrían como adrenalina en los ochenta y que escuchaban jóvenes de toda suerte y condición, se convierten ahora en sospechosas de delitos inaceptables.

“Estamos en una época histórica especial en la que la libertad masiva da lugar a coacciones”, ha escrito mi también mítico Han. El mismo que explica que sin negatividad, sin esa negatividad intrínseca a lo humano, la vida se atrofia. Aprendan pues sindicatos y gentes de orden a convivir con ese fragmento de negatividad y de incomodidad que les volverá inmensamente humanos y dejen a las gentes que se disfracen y gocen y fantaseen con lo que deseen. Así estaremos seguros de que no han sido destruidos aún los cerebros. Al menos, no todos.


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