Noemí López Trujillo | La Marea | 04/02/2018

De Gandía Shore a Operación Triunfo hay un relato algo tramposo. Ambos funcionan como una supuesta radiografía de la juventud: se busca un parecido, se construye una ficción, y ahí comienza el juego. Ponerse delante del televisor, hasta ahora, casi era un ejercicio de autoconocimiento que barría el narcisismo y aireaba las vergüenzas. La primera edición de OT (2001) funcionaba así: los finalistas fueron un cantante de orquesta, un albañil y una chica de barrio que cantaba en algunos locales y ayudaba en el negocio familiar. Bisbal, Bustamante y Rosa. Pero la novena edición del talent show ofrece otros personajes muy distintos: la pianista que interpretó una canción de David Bowie en la primera gala, el cantautor y compositor que procede de una familia de músicos o la chica que toca la viola y el piano y que defendió la diversidad sexual y afectiva al darse un beso con su novio trans en el plató del programa.

Dieciséis años después, ya no se usa el denostado término “triunfitos”, sino que estos jóvenes –la mayoría, de entre 18 y 23 años– se han convertido en referentes: porque Amaia y Aitana hablan de no depilarse ni las piernas ni las axilas a pesar de tener que actuar en la gala esa misma noche, porque Alfred normaliza sus problemas de ansiedad o porque Marina, Agoney y Ricky abanderan la lucha LGTBI.

Sin embargo, cabe preguntarse por qué ellos sí representan a la juventud y no lo hacían otrora los concursantes de la primera edición. En el fondo, esa asimilación del otro no deja de tener cierto clasismo implícito: queremos ser la chica carismática, espontánea e ingenua con estudios de Conservatorio y un refinado gusto musical, pero rechazamos idolatrar al currito que pasó del andamio al plató sin apenas digerir el éxito. “El casting marca la diferencia. El primer OT hace un retrato de una España mucho más pardilla. Ahora, la gente joven está mucho más preparada. Amaia no tiene nada que ver con Rosa”, explica el analista televisivo Borja Terán.

Terán señala que “la televisión ha considerado en los últimos años que los jóvenes son superficiales, y eso es una gran mentira, son profundos como cualquier ser humano”. El relato estaba sesgado e incompleto, como ahora. Difícilmente, dieciséis concursantes pueden representar a la juventud en su complejidad. Es, quizá, un asunto más aspiracional: esa es la juventud que nos representa y que queremos idealizar. El riesgo es dejar fuera del discurso a muchos jóvenes sin esas mismas inquietudes intelectuales, del mismo modo que ocurrió con el “no nos vamos, nos echan” en 2013: se iban los jóvenes más preparados, así que no hablábamos de los que ni siquiera habían tenido la oportunidad de estudiar en la universidad o de pagarse un billete de avión al extranjero.

Por eso, Terán considera que el gran acierto de Gestmusic y TVE ha sido el casting: “No han buscado a guapos de manual, cosa que probablemente habría hecho Telecinco. Estos chavales de OT son ingenuos de la televisión, no aspiran a vivir a de ella”.

Grace Morales, filósofa y crítica musical, asegura que el primer OT “se siguió de forma masiva”. “¿Cuál es la clave? Que entonces había dos públicos, uno que disfrutaba realmente con el espectáculo y lo hacía de manera honesta, y otro, en el que me incluyo, que lo veíamos casi de manera irónica, por las risas. El punto es que parte de ese segundo grupo es la gente que ahora está detrás del nuevo OT, como el hijo de Raphael [Manuel Martos, uno de los componentes del jurado]”. En opinión de Morales, “la primera edición conectaba con un público popular que esa gente despreciaba. Y ahora le han dado la vuelta, le han dado una pátina diferente, han elegido muy bien a los concursantes… La gente ya estaba muy cansada de ver la misma representación de la juventud. Son chavales que tienen una proyección interesante y les han puesto a convivir realmente. La música es lo de menos. Tienen historias muy buenas que contar y las cuentan muy bien porque el programa está muy bien realizado”.

Algo que ejemplifica lo que explica Morales es que la mayoría de titulares que mejor se han posicionado en Google son estos: “Amaia, protagonista del pase de micros por un pedo en directo”, “Amaia de España conquista Sálvame”, “Miriam llora en el pase de micros”, “Rapapolvo a Ana Guerra”, “Las lágrimas de Alfred en OT” o “Amaia y Alfred sellan su amor en el escenario”.

Los “amaiers”

El escritor y periodista Fran Lorenzo, con formación musical en piano y violín, tiene 44 años y no se ajusta al público millennial que consume mayoritariamente OT. Se define como “amaier” [seguidor de Amaia] y señala que lo que le ha conquistado como espectador es la idea de juventud que se transmite: “Es a la que yo aspiro, la que me gusta. Lo siento así. Lo veo y digo: ‘No todo está perdido’. Y que encima eso ocurra en la tele pública me da esperanza”. Lorenzo explica, además, que “OT es una especie de caballo de Troya de verdades y realidad en la época de fakes y posverdad. Es una réplica espontánea a la posverdad, porque son francos y dicen lo que piensan. Y eso es lo que me atrapa de verdad”.

Al carro de ensalzar esta nueva representación de la juventud se ha sumado la izquierda política.Izquierda Unida y Podemos compartían en sus redes sociales tuits en los que alababan que Amaia cantase en prime time Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara, un himno de la clase trabajadora. Íñigo Errejón incluso lo subía a su cuenta personal de Instagram, y Pablo Iglesias, días después, aseguraba que “OT era más importante que los telediarios” a pesar de reconocer que ni siquiera veía el programa. Según explicaba en una entrevista en eldiario.es, la izquierda cultural había vivido en una burbuja elitista que ya es hora de estallar. Pero no es la primera vez que la política se apropia de un fenómeno cultural como es OT. En 2002, Alejandro Ballestero, portavoz del Grupo Popular en la Comisión de RTVE en el Congreso, declaraba lo siguiente: “Operación Triunfo representa los valores que ha defendido el Partido Popular, como los de la superación y el esfuerzo, que también están en la reválida que promueve la Ley de Calidad de la Enseñanza”. Y añadía que podía ayudar a “resolver problemas como el del alcohol y los jóvenes”.

Comercializar la diversidad

La verdadera transversalidad ideológica es, en realidad, el dinero. Esto es lo que critica Grace Morales: “Se cogen los discursos actuales, las discusiones vivas que están en la calle, y se utilizan como un instrumento para vender. Se coge el feminismo y la homosexualidad y se comercializa para un público masivo. El discurso no es nuevo pero no estaba en una pasarela. Lo que están vendiendo es el producto, y la productora se forra con ello”. Además, Morales señala que “vender que esta gente va a triunfar de forma increíble es mentira”. “La música está totalmente denostada porque precisamente cadenas como TVE ni la divulgan ni la ofrecen. Solo te hacen programas como este. Que no tiene nada de malo si hubiese una labor real de divulgación musical que no solo sea la comercial. Pero no la hay”, añade. Esto queda ejemplificado cuando repasamos los artistas invitados que han actuado en las galas (incluyendo la final, en la que ya se sabe que actuarán Raphael, David Bisbal y Pablo Alborán) y sus respectivas productoras. El 96,6% de los artistas que han pisado el plató pertenecen a las tres principales discográficas: Sony, Universal y Warner.

Ángela Rodríguez Pam, diputada de En Marea, tiene una visión completamente distinta: “Cuando estos discursos se cuelan se abren grietas y eso es lo valioso. En OT se lanzan mensajes de amistad, sororidad, diversidad afectiva… Valores que pueden ser muy útiles nuestras hermanas pequeñas. Incluso ponen a Rozalén a cantar La puerta violeta, que es puro feminismo. Es verdad que el capitalismo hace eso, apropiarse de las estrategias emocionales y obtener rentabilidad de ellas, pero insisto: hay que aceptar que eso sucede, apropiarnos de ello y darle todo el sentido político posible”.

Borja Terán asegura que uno de los mayores logros de esta edición ha sido “dejar claro que la televisión crece en las redes sociales”. “OT ha ido donde está su espectador, el target joven, que es el más jugoso. Y ese espectador está en YouTube, en Twitter y en otras plataformas”. Ya no es OT, sino #OT. El supremacismo del hashtag, del consumo momentáneo que va más allá de lo musical: gifs listos para ser usados, vídeos cortos, un canal 24 horas… Y todo ello camuflado bajo la espontaneidad, ingenuidad y autenticidad de los concursantes, valores que promueve la dirección del programa. O al menos hasta que esos valores entran en conflicto con una de las mayores productoras: Universal.

Así lo dejó entrever Noemí Galera, directora de castings de Gestmusic y de OT 2017, cuando dos de las finalistas, Aitana y Ana Guerra, expresaron su incomodidad con la canción que Brisa Fenoy, uno de los fichajes de Universal, había compuesto para Aitana y Ana. Tan solo querían cambiar un par de palabras y expresiones de la letra y dijeron que aunque el tema les gustaba, ellas disfrutaban más del reggaeton bailándolo que interpretándolo en un escenario. Galera respondió con una bronca que venía a decir que cómo se atrevían a cuestionar a una gran productora como Universal. De repente, todo el discurso de opinar libremente, de ser uno mismo y de cuestionar el sistema aunque formes parte de él ya no era tan rentable. Y, de repente, me vino a la cabeza una frase que una compañera me repite a menudo: “La panojita, siempre lo primero”.

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