Daniel Bernabé | La Marea | 15/02/2018

Alberto Casado y Rober Bodegas son el dúo que da vida a Pantomima Fullvídeos de un minuto de duración de algo que podríamos denominar como humor sociológico. Miles de personas comparten sus nuevas entregas a través de las redes sociales y no es de extrañar porque son realmente divertidos. El éxito de su propuesta reside en lo bien que han situado el espejo, uno en el que se reflejan todos los estilos de vida, tendencias y valores al alza de nuestro momento.

Le dan a todo: al canallita, al runner, al experto en vinos, a Malasaña, al emprendedor o al padefo. El personaje en cuestión, interpretado alternativamente por Casado y Bodegas, se sitúa frente a la cámara en una especie de entrevista en la que desgrana sus aficiones, dejando perlas como “El café de Italia es… Yo flipaba… Yo me tomaba todos los días cuatro o cinco. Ni punto de comparación” a lo que un superyó justiciero responde silenciosamente en grandes letras “experto en obviedades”.

Su humor es naturalista, sin exageraciones, sin tirar del histrión o la caricatura, tan solo seleccionando aquellas frases más hirientes que pronuncia el festivalero o el aficionado a la filosofía de desguace, que pronunciamos todos. Porque, al final, lo que retrata Pantomima Full son los consensos en torno a lo diario, lo pautado sobre las modas, los sentidos comunes de lo aspiracional. Es buen síntoma que, en una época donde nuestras identidades frágiles se construyen a base de suplementos de tendencias, el público sepa reírse de sí mismo, de esa propuesta que convierte a la vida cotidiana en una competición de estupideces con apariencia sofisticada.

Si hace cuarenta años los jóvenes escapaban del sopor de lo asalariado a través de las contraculturas, una forma de dotar a su identidad de unos códigos semi-secretos y unas liturgias generalmente alrededor de lo musical, en nuestro momento la extensión de la juventud hasta más allá de los cuarenta, como un chicle anestesiante, es uno de los motivos por los que necesitamos de este tipo de superficiales y a la vez obsesivos modos de vida. Eso y un sistema cultural al servicio del orden capitalista que requiere encapsularnos a todos en la gran tribu urbana de la clase media aspiracional.

Nunca nos parecimos tanto, nunca fuimos tan homogéneos en nuestra vulgaridad consumista, por lo que nunca necesitamos tanto fingir diferenciarnos, ser diversos, mediante todo un catecismo devalues & lifestyles. Lo interesante es que, en esta sociedad post-crisis, tras el derrumbe de la clase media material lo único que queda es su sombra, un fantasma de lujos de bajo coste como Uber, la ginebra rosa y la suscripción a la HBO.

Una de las peores consecuencias de este panorama es que el cosmopaletismo ha contaminado hasta a las actividades más sencillas y placenteras de la vida con el virus del consumismo anhelante. Para comer, beber y follar ahora se necesita todo un complicado código de prescripciones, de reglas pensadas por efectivos marketeros y redactores expertos en especulación cultural. El mecanismo es sencillo y benéfico para el negocio: con añadir la coletilla premium todo cuesta diez veces más. Por contra para nuestro bolsillo, nuestra tranquilidad y para la estabilidad mental de los más ambiciosos ha sido un desastre.

En esos teatrillos de la cercanía en que se han convertido las campañas electorales, donde cada candidato intenta parecer gente besando a niños, practicando deportes o enseñando su casa en las revistas del corazón, Albert Rivera protagonizó un maravilloso reportaje en Vanity Fair donde posaba jugando al billar, arremangado, mirando seductor a cámara. Desde luego quien pensó la escena acertó de pleno ya que retrató el sueño húmedo de cualquier cargo medio con casa unifamiliar en Majadahonda.

Imaginen, tras una extenuante jornada de oficina en Azca, habiendo revisado un par de balances, después de tareas tan ingratas como reírse de una feminista por Twitter o elegir risotto en el gastrobar, llega el momento del descanso del guerrero. Y qué mejor que una partida de billar en el sótano del chalecito, bebiendo una cerveza artesana mientras que tu mujer te contempla admirada. De ahí a comprar el clearblue media un paso. Feria de las vanidades versión ibérico-acomplejada, ya saben, rojigualda en lo político, star-spangled banner en lo sentimental.

Si existe un partido equivalente a los geles de placer o a los polos con la marca demasiado visible, ese es Ciudadanos. Es fácil imaginar a Rivera, Arrimadas o Villacís jugando a las startups,recomendándote la mejor cocina thai de Covent Garden o diciendo con soltura la palabra cardamomo en el after-work. Efectivamente, como diría mi padre, son un cromo. Todos menos el pobre Girauta, que parece el conserje del campo de golf al que, de vez en cuando, la upper-class le permite tomarse algo con ellos. Siempre es buen negocio tener cerca a alguien con las manos duras para que te arregle un grifo, te sirva el suntory o te espante al pobre en su mismo lenguaje.

Que Ciudadanos suba en las encuestas se debe a la coyuntura españolista del otoño, al permanente masaje industrial de los medios y a un PP al que solo le queda ya la respiración asistida del gobierno y su naturaleza de pilar de régimen. Pero que Ciudadanos permanezca, más allá de lo que lo hizo su correlato experimental de UPyD, se debe a que si los magentas basculaban alrededor del conflicto vasco, los naranjas partiendo de un lugar parecido expresan con precisión a esa clase media aspiracional tan bien retratada en Pantomima Full.

Este hecho, que puede resultar obvio y hasta ofensivo para los que nos juntamos por aquí, es sin embargo, fuera de lo risible, su mayor ventaja. A Ciudadanos no le haría falta un equipo de comunicación porque todo el sistema cultural de estilos de vida se encarga de promocionarlos cada vez que las tendencias colonizan hasta el más pequeño rincón de nuestra vida. La tecnología de consumo como ansiolítico, las comedias ligeras de situación, los libros de autoayuda, los columnistas políticamente incorrectos, las hamburguesas gourmet, las incubadoras de emprendedores, Cárdenas y Motos o el nacionalismo popular deportivo hacen campaña por Ciudadanos en cada golpe de actualidad.

El problema no es que el del billar de Majadahonda vote a Ciudadanos, que la clase media real simpatice con ese partido. Eso es lo esperable. El problema es que la clase media aspiracional, trabajadores enajenados de su identidad, asumen que votar a Ciudadanos es estar un pasito más cerca de todo eso que ansían. En el fondo, la unidad de España importa bastante menos que imaginarse conduciendo el SUV que lleva tu jefecillo.

Una parte de eso llamado gente es perfectamente consciente de los conflictos que les rodean, del paro, los recortes y todo lo demás, no así de sus causas profundas. Lo que implica que piensen que la mejor forma de solucionarlos no es mediante la acción colectiva, sino intentando la escapatoria individual, la escalada del dispuesto. Este es el trágico precio que paga el asalariado con pretensiones por no haber escuchado nunca a Martha Reeves & the Vandellas: nowhere to run to, baby, nowhere to hide.

La última clave es si la izquierda sigue pensando que la única forma de ganar elecciones es tratar de seducir a ese electorado que mide su dignidad por el precio de sus calcetines. Puede que cargar frontalmente contra todo el sistema cultural sea hoy un suicidio, tanto como tratar de competir en respetabilidad con alguien como Rivera. En las elecciones generales de 2016 se abstuvieron casi diez millones y medio de personas, más que los votantes de cualquier partido. ¿Esa enorme cantidad de votantes están más cerca de vivenciar el conflicto diario, con desesperanza y nihilismo, o de caer arrebatados por este absurdo campo de sueños?

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