Hoy, cuando desde los sectores más reaccionarios, si no fascistas directamente, se grita aquello de los españoles primero, los italianos primero, los alemanes primero, los polacos primero, no será tanto de extrañar una división de sexos en la que algunos griten, al menos para sus adentros, los hombres primero. La jerarquía eclesiástica no afirma eso exactamente, pero lo roza al decir que las mujeres del “feminismo radical” se han dejado llevar por el demonio, como sugirió Munilla, obispo de San Sebastián. Sí, vistió la idea con la referencia, por contra, del “feminismo femenino”, lo que por cierto nadie sabe exactamente qué es. ¿Será lo mismo que feminismo resignado, ese que no hace huelga, que acepta lo que Dios manda, que reconoce la diferencia “antropológica”, que no “sociológica”, entre los sexos? En todo caso, de nuevo erige la frontera del sexo, ya que el feminismo ha de ser femenino, y nunca masculino. Sería un feminismo color rosa, frente a un feminismo antinatural de color azul. Sin embargo, nadie se atreverá a negar que alguien, es decir, un hombre, pueda ser feminista masculino. ¿Y si lo dejamos en feminismo sin más? ¿Y si olvidamos la insoportable pesadez del sexo?

Lo del feminismo radical se parece mucho a ese término odioso, aunque no signifique nada, feminazi, usado indiscriminadamente por hombres, incluso mujeres, que leen en las redes sociales cualquier idea que pueda ser sospechosa de reivindicación de sexo femenino. Si les dais oídos, les veréis decir que las mujeres saudíes que reclaman libertad para conducir son feminazis.

El filósofo y matemático Jesús Mosterín (desaparecido recientemente), ya intentó derribar barreras en sus libros, cuando hablaba de los “humanes”. Al fin y al cabo, un “humán” es un “humán”. Tal vez hoy, en algunas cavernas más o menos mediáticas, se hubieran reído de él. Tal vez se vio poseído por el maligno, el filósofo, cuando se le manifestó la buena voluntad de borrar las diferencias de sexo. Sin embargo, su intento no caló lo más mínimo, ni en el mundo académico ni en la calle. Quizá hoy calara, gracias a la huelga y a peroratas como la de monseñor.

Pero no, el señor Munilla, y con él quienes le dan crédito, no se habrá parado a pensar que, a la mayoría de esas mujeres feministas no femeninas les gustaría olvidar que son mujeres, es decir, que son tratadas de forma diferente por el hecho de serlo. Les gustaría olvidar que, por su responsabilidad en el sustento de la especie —no será necesario recordarle aquello de “creced y multiplicaos”— ven a menudo truncados sus deseos profesionales; olvidar, por desaparición de causa, que son una posesión, o unas servidoras, o un cuerpo. Es decir, les gustaría olvidar que son mujeres porque ya no signifique nada ser hombre o mujer, y el sexo, en vez de una barrera, sea algo para disfrutar entre humanes.

En el fondo, lo que esas voces defienden es la diferencia de sexos, que el sexo sea esa frontera de cristal, a un lado extranjeros, a otro nacionales. Así se convierte el sexo en un peso que ha de soportarse, o en un privilegio de origen divino, natural como mínimo, es decir, antropológico, un privilegio que, en todo caso, justifica de sobra una tradición milenaria. La sociología y la lucha de clases no sirven para nada, según Munilla, son inventos de la ciencia. Al fin y al cabo, el Sol gira alrededor de la Tierra.

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