Madre Reciente | 20 Minutos | 27/06/2018

Hoy me vais a permitir que éste sea solo un altavoz. Sara lo ha pedido, quiere que trascienda lo sucedido cuando ejercía de voluntaria con personas con discapacidad intelectual y fueron discriminados en un karaoke del sur de Madrid. Ni quiero ni puedo negarme.

No es la primera vez. Tampoco será la última. Cada cierto tiempo llegan a los medios ejemplos semejantes de poca empatía. Pero como ya os comenté en febrero tras el caso de una mujer con síndrome de Down expulsada de un hotel en Cuenca, no nos vamos a callar.

Ya pasó el tiempo en el que tener a una persona con discapacidad intelectual avergonzaba a muchas familias. Ese tiempo en el que permanecían encerrados, apenas sin salir y hacer vida normal; en el que agachabas la cabeza ante los desaires, la falta de respeto y la vulneración flagrante de derechos por parte de otros.

Aún no ha desaparecido del todo esa forma de obrar, pero cada vez más alzamos la voz para exigir lo que es de ley, para defendernos. Tanto las personas con discapacidad intelectual como los que les queremos. Y va a ir a más.

Hasta aquí hemos llegado. No vamos a pasar ni una. Que se les meta en la cabeza a aquellos a los que les molesta vernos hacer vida normal en restaurantes, hoteles, bares o karaokes.

Otra voluntaria lo compartió en Facebook y hay una concentración este sábado.


Termino con la columna que escribí en el periódico tras el suceso de Cuenca:


Carta a los que la discapacidad asusta, incomoda o desagrada

La discapacidad os asusta, os desagrada, os hace sentir incómodos, os da grima, incluso directamente asco.  La discapacidad física o sensorial en algunos casos, pero sobre todo la discapacidad intelectual, aquella que altera los rasgos, la manera de mirar o de expresarse, los movimientos y las reacciones que consideráis normales.

La mayoría intentáis disimular que sois incapaces de mirar a las personas con discapacidad, las personas como mi hijo, con naturalidad. Pero se os nota. Os delatáis y lo sabemos. Queréis a las personas como mi hijo o como la mujer que ha sido expulsada de un hotel por temor a que asustara a los clientes muy lejos, cuanto más, mejor.  Os parece preferible mirar ese mundo de mentiras prefabricadas que es Instagram y sumarse al intento de prefabricar vuestra realidad. Incluso invitar a atractivos influencers para que se paseen por vuestros eventos y locales.

Si nos cruzamos con vosotros por la calle tendremos que aguantarnos con vuestras miradas marcianas y vuestros sutiles cambios de acera. Lo malo es cuando nos encontráis frente a frente, cuando no hay escapatoria.

Os asustamos, os desagradamos, os hacemos sentir incómodos. Deducís por tanto que vuestros clientes también reaccionarán así. Y los habrá como vosotros, claro que sí. Gente que detestará verse sentado junto a una persona con discapacidad.  Por suerte no sois la mayoría, pero aún sois demasiados los que tenéis que haceros mirar con urgencia la empatía. Y, como el negocio es el negocio, nos toca la peor mesa, aquella que está escondida (“para que estéis tranquilos”); un “estamos llenos” o “tendréis que esperar mucho” que intuimos incierto; un servicio apresurado y una cuenta que no hemos pedido para que duremos en vuestro feudo el menor tiempo posible .

Pocos conjugáis tan bien insensibilidad con la estulticia como para expulsarnos directamente. Eso tengo que confesar que a mí no me ha pasado, pero estoy harta de leerlo en los medios, en noticias como la que se acaba de producir en Cuenca. Optáis normalmente por regatearnos sibilinamente.

Antes lo teníais más fácil. Los padres de personas con discapacidad, salvo rara excepción, tendían a vivir en encierro monacal o  sometían a sus hijos a dicho encierro por distintos motivos. Aún nos cuesta mucho salir, viajar, intentar normalizar nuestra vida de familia, pero según avanzan los tiempos somos más los que salimos, los que nos movemos por todas partes con libertad, los que reclamamos nuestros derechos.

Así que más vale que os vayáis acostumbrando a nuestra presencia.  Nos vais a ver cada vez más y no nos vamos a callar si no actuáis con el respeto debido, no nos vamos a retirar pacíficamente si discrimináis a los nuestros.

Porque aunque no queráis mirarnos, aunque creáis que vuestro pequeño mundo está libre de nosotros, somos una legión cada vez más concienciada y unida.

Además estoy convencida de que vernos más ayudará a que seáis menos. Nosotros somos así y así viviremos siempre persiguiendo la felicidad, pero lo vuestro tiene cura a poco que os esforcéis.

1 Comentario

  1. Es vergonzoso que en una sociedad, supuestamente avanzada, se produzcan situaciones como éstas, que muestran el grado de deshumanización de una buena parte de ella.

    Lamentablemente, en España, todavía demasiadas ¿¿¿personas??? excluyen a quienes no alcanzan los estándares impuestos por la sociedad de mercado en la que sólo tienen cabida los fuertes, guapos, jóvenes sanos, y SIN ESCRÚPULOS para hacerse ricos a costa de lo que sea.. El resto, los que no son rentables, no merecen ni el respeto por su dignidad como personas. ¡¡¡Lástima de HUMANIDAD deshumanizada, doliente y desnortada!!!

    ¡¡¡Mucho ánimo!!!, y a no desfallecer en esta lucha por el respeto y defensa de la dignidad de las personas más débiles… que somos millones, también l@s excluid@s, simplemente, POR NO SER YA RENTABLES a la gran farmaindustria y sus innumerables comisionistas: las personas HIPERSENSIBLES POR ESTAR HIPERINTOXICADAS durante décadas, y legarles los daños a la prole

    https://www.infolibre.es/noticias/politica/2018/06/29/las_farmaceuticas_pagaron_564_millones_euros_medicos_organizaciones_sanitarias_2017_84542_1012.html

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