Vayamos por partes. El ‘joven’ Rafita Hernando era ya un provocador al tomar la comunión. Se le veía venir, y es algo que puede comprobar cualquiera que tenga cuerpo para bucear por los vertederos de las hemerotecas (sin llegar a lo de la comunión, que es una licencia para ponernos en situación). Pero estos excesos del carácter, por norma, suelen curarse con la edad, aunque en algunos pocos casos lo que hacen es empeorar con el añejado, como en el caso de Hernando, que en su tierna tocapelotez, apuntando ya maneras de indeseable sin principios, no era nada en comparación con el bufón sin complejos que ha llegado a ser en la actualidad. Y siendo esto así (que lo es), ¿al titular el artículo de esta guisa: “Cuando Rafael Hernando reveló que consumía porros y anfetaminas” nos está señalando El Plural alguna arriesgada relación teórica entre el consumo de estupefacientes y la personalidad? Y entonces, ¿qué hostias se mete ahora este hombre para mantener el grado de soplapollismo que le caracteriza?

Lo comento más que nada porque no existe droga lo suficientemente potente para hacer de un humano un vividor sin escrúpulos de esta envergadura. No hay sustancia psicoactiva que consiga evaporar definitivamente tu dignidad a cambio de un pesebrito. Eso solo lo consigue el dinero que, aunque metafóricamente sí podríamos considerarlo una droga, stricto sensu no lo es.

Pero vamos a dejar de especular sobre tonterías. Porque obviamente lo que me ha llamado la atención no es lo que haga o deje de hacer Rafa Hernando en la intimidad, y es que lo de Hernando, además, al margen de intimidades, resulta bastante transparente.

A mí lo que me parece lamentable es lo que está ocurriendo con los medios de comunicación escritos. Ya no hay ya quien se resista al clickbait, a poner el anzuelo, al curiosity gap. A en el mejor de los casos llenar de adjetivos teatrales o dramáticos los titulares con tal de conseguir una visita. Y lo normal sería preguntarse si es que cada vez hay menos profesionalidad o si los periodistas son cada día más idiotas; pero lo ideal sería preguntarse si no será que como hoy es mucho más fácil conocer a la sociedad contemporánea de lo que lo era hace solo diez años, son los medios los que se van adaptando al nivel intelectual de sus potenciales lectores (entrando así en una acelerada y trágica espiral descendente).

Compruebo con cierta tristeza que incluso medios amigos no han tenido más remedio que sumarse a esta triste práctica y que otros que ya vienen con la lección aprendida nacen con una fuerza impresionante. Y no lo digo por que, por ejemplo, el panfleto de Eduardo Inda sea ya –a pesar de todas las críticas que recibe (algunas acertadas y otras de malos perdedores) por haber hinchado sus estadísticas con prácticas poco honestas– además de paradigma del sensacionalismo desvergonzado, uno de los diarios (o lo que sea) más leídos de España. En realidad lo digo por esos otros que siguiendo el ejemplo van apareciendo como churros y que sin aportar nada más que espectacular ruido y polémicas vacías copan el índice de lectores. De lectores desinformados.

Pero es lo que vende, y no hay quien pueda cambiar la realidad mirando hacia otro lado o negándola. Y por eso mismo, el que quiere o necesita seguir en esto, tiene que subirse con mayor o menor vergüenza a ese repugnante carro que viene amenazando con su tránsito desde que Hearst entendió dónde vivía y a quién se dirigía.

En cualquier caso, para que no se diga… lo que no creerás (o sí) es que lo que sucedió a continuación: que Hernando y los medios utilizaron la misma estrategia, que triunfaron, y que el objetivo de su mercancía siempre fuiste tú.

1 Comentario

  1. Pobre Hernando.
    Periodistas cada día más idiotas… ¡No me lo puedo creer!
    Kane… Orson… Hearst…

    ¡Vale!

    Me parece que sí.

    Salud.

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