No deja de sorprenderme la inocencia con que algunos de los principales influencers (por hablar en tuitero) de las redes sociales responden a las decisiones de lo que no deja de ser una empresa privada con derecho de pernada. Personas con decenas o cientos de miles de seguidores y a las que les supones por ese motivo una capacidad de análisis –o un interés por analizar su entorno– siempre superior al de la media, argumentando como si vivieran en un universo parvulario paralelo, desde directores de diarios y periodistas, a activistas, políticos, escritores y académicos. Y también en esto algunos pecamos de inocencia.

El último escándalo (Trending Topic nacional) en la red del pajarito ha sido el amago de suspensión (o amago de eliminación propia o ajena) por parte de la empresa de la cuenta de ‘Protestona’, un perfil anónimo de izquierda popular, de consumo o mainstream (por seguir con los esnobismos) con más de 120.000 seguidores, y que una vez recuperada la cuenta, y gracias al agravio, ha sumado otros tantos miles en solo unas horas.

La cosa del amago de suspensión viene, dicen desde la cuenta interesada, de una denuncia malintencionada pero basada en la vulneración de los derechos de autor de Quino (el ‘padre’ de Mafalda), o en este caso de alguien que pasaba por ser un familiar, y por haber puesto unas gafas feministas al icono de la protesta hecho dibujo. Tampoco sé si esta información se ajusta exactamente a la realidad pero es lo que he creído entender. En cualquier caso es lo de menos, porque no me interesa lo más mínimo lo que haya ocurrido o dejado de ocurrir en este particular ni en general en las redes sociales.

A mí lo que de verdad me importa es saber por qué alguien con una mínima madurez intelectual se toma tan en serio lo que ocurra o se diga en estos nichos de autoafirmación identitaria. Como si lo que se publicara en ellos pudiera inducir a la reflexión crítica en el resto de atomizadas colectividades no interseccionales. Hemos vuelto a lo que se suponía que habíamos superado hace muchos años (el control de la información y el monopolio de la creación de opinión), pero peor.

Las redes no dejan de ser un endogámico y simplón gallinero digital, o en el peor de los casos una sala virtual de terapia destructiva donde poder exteriorizar nuestras frustraciones contra todo y contra todos. Lo que nunca suelen ser es espacios de diálogo y enriquecimiento cultural, y menos en una red que te obliga a reducir las ideas a un ridícula cantidad de caracteres. Pero esto no es lo peor, porque lo peor es que siendo espacios perfectamente compartimentados y que hoy en día encauzan y redirigen todo el flujo de comunicación mundial, ofrecen una absurda pero –por lo visto– muy convincente sensación de empoderamiento, independencia y libertad.

Por eso no deberíamos preocuparnos tanto de si una multinacional de la red de propaganda del sistema imperante de turno borra, censura, o promociona nuestra cuenta u otra cualquiera. Nadie que pueda suponer un problema va a tener permitido ‘influenciar’ a nadie, y los que puedan hacerlo es porque convienen. De hecho, si de verdad te la borran por tus ideas deberías sentirte orgulloso de haber hecho algo lo suficientemente bien para que se tomen esa insospechada molestia, porque lo habitual es que limiten tu alcance, que es algo mucho más discreto, más efectivo y que evita fugaces mártires innecesarios.

De todas formas, como la mayoría somos lo suficientemente mayorcitos como para entender que el mundo que importa no es virtual, deberíamos aprovechar estas herramientas exclusivamente para poder enlazar a contenidos algo más elaborados que un ‘y tú más’ o un ‘yo tengo razón’, o para reunirnos, crear lazos a/efectivos y… ‘protestar’, pero fuera de ellas, en el mundo real, que es donde se encuentran los cuerpos. O ni siquiera para eso, porque a muchos y muchas se les está yendo la vida por un sumidero de bits y no se han dado ni cuenta. Pero no hace falta que ‘inventemos drama‘, porque lo hay, y es mucho más serio que todo eso que rodea a nuestro ombligo.

3 Comentarios

  1. Rapidito, que la cosa no merece más.

    Existen “influencers”, porque existen “capullencers/idiotencers”.

    3/4 semanas que dí pasaporte a Twitter (en realidad nunca llegué a usarlo), Facebook-Messenger.
    Demandaban mucho tiempo, para lo poco/nada que ofrecían. Bye-bye.

    Salut/Salud.

  2. Twitter, además de la ensaladera de los improperios, proclamas y diretes, es Aquel sitio dónde, mucha gente que no se las da de (ni estudió para) periodista, logran articular lo mismo o más que has dicho tú, Aquí, pero en sólo unos escasos y precarios caracteres. Eso, madura y hace crecer: y mucho.

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