Daniel Bernabé | La Marea | 11/07/2018

No cabe duda que el proyecto Carmena, eso que surge cuando un partido político deviene en un producto, es entrañable, simpático y, en términos de marketing, profundamente adaptativo: igual te firma un acuerdo especulativo con los constructores en el norte de la ciudad que te defiende el lenguaje inclusivo de última generación en el centro. Para el sur la cosa sigue como siempre. No hay contradicción de términos, el capitalismo es un sistema profundamente promiscuo capaz de asumir toda la diversidad identitaria que haga falta mientras que los individuos puedan pagar por ella.

Carmena, para cerrar el desfile del Orgullo, habló de “queridísimes”, que aunque el corrector me lo marque cuando lo escriba es la forma con la que reducidísimos activistas digitales amplían la gama de representación léxica para que ninguna identidad de género se sienta excluida. Aunque el asunto parece novedoso, ya a mediados de los noventa Mark Renton, el protagonista de Trainspotting, nos advertía de ello: “Diane tenía razón, el mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando. Incluso los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, solo gilipollas. A mí me parece de puta madre”.

A mí, como al escocés, me parece estupendo que la gente hable como quiera, que se sienta lo que quiera. De hecho, exceptuando a unos pocos reaccionarios que nunca entendieron que sus rigideces fueron solo una etapa que el capitalismo necesitó para meter a los rojos en vereda, casi nadie se siente ofendido por estas cuestiones de índole personal. De hecho, en un momento en que el lenguaje se pliega a todo tipo de artificialidades y presiones, una más tampoco nos va a hacer ningún daño.

Que Carmena hable de elles entra dentro de la misma dinámica que cuando se pronuncian las palabras tolerancia, cambio y libertad. Vocablos que todo el mundo cree saber lo que significan, que como fantasmas de otra época, nos evocan grandes y dignas gestas por una sociedad mejor. El problema es que en nuestro presente el lenguaje se ha vuelto como el sistema económico, promiscuo, rompiendo significados y significantes y volviéndolos a unir a conveniencia de quien pueda pagar por ellos.

Así, cuando Carmena habla de tolerancia todos creemos entender que se refiere a que las identidades sexuales mayoritarias toleren a las minoritarias, algo que por otra parte, asumiendo la mejor versión del término, a mí me parece bastante feo: tolerar significa permitir algo que no nos acaba de gustar desde una posición de superioridad. Sin embargo, habría que preguntarse si la tolerancia, en el fondo, no significa ya asumir que por el Orgullo circule una carroza de Deliveroo, si tolerar lo que acaba queriendo decir es que nos parece bien que una fila de trabajadores, atomizados en unidades de producción, se sienten en la esquina del McDonalds de Sol mirando a sus móviles mientras que esperan un nuevo pedido que transportar a toda prisa.

Libertad, por ejemplo, nos retrotrae a ese cuadro de Delacroix donde unos revolucionarios marchan tras la alegoría sobre los cuerpos de sus hermanos caídos con la pistola en ristre. La pintura, de 1830, nos explica que cuando el Antiguo Régimen volvía a asomar la patita, a los ciudadanos no les quedaba más remedio que salir a la calle a hacer política, a defender sus conquistas al precio que fuese. Eran otros tiempos, tiempos modernos, en los que todos sabían que el poder, en último término, reside en la boca del fusil. De hecho, unos años más tarde, en 1848, el tío del sombrero de copa con pinta de Lincoln, una vez que tuviera su poder bien atado, giraría las armas contra el crío desarrapado de la derecha de la escena, contra esa joven clase trabajadora que pasó de ser instrumento a amenaza.

Libertad hoy en día se refiere a que Idealista tiene la libertad de aparecer también en el desfile del Orgullo y a que quizá alguien le grite en tono zarzuelero -Madrid sigue siendo Madrid- lo caros que están los alquileres. La diferencia es que mientras que el que vocea acaba protagonizando un tuit tan celebrado como efímero, los Encinar -y otros pocos- seguirán convirtiendo el centro de Madrid en esa postal de bicicletas, cupcakes y diseño tan rentable para la banca y la gran burguesía y tan ponzoñosa para los vecinos que son desplazados como si algún tipo de guerra que no se libra con armas de pólvora asolara sus barrios.

Y llega el cambio, ese del que hablaba Renton, ese del que habla Carmena, ese del que hablan las empresas californianas de la nueva economía, ese al que se apuntan los candidatos del Partido Popular. Heráclito, que ya no es un filósofo, sino la coartada criminal de la gig economy, se pasea como un jinete del apocalipsis haciendo que celebremos cualquier novedad como positiva, en esta Isla Calavera donde a falta de pasado y futuro, tan solo nos queda bailar borrachos de soberbia sin comprender que las cuatro cosas que conseguimos en el siglo XX están a punto de vaporizarse para siempre. Permítanme un consejo: cuando alguien les hable de cambio, interróguenle, al estilo de los detectives de novela negra si es necesario, desde dónde se parte y hacia dónde se dirige esa transformación. Lo demás es humo, a lo peor, tóxico.

Porque lo cierto es que una vez acabado el Orgullo, la mayoría de ellos, ellas y elles, cogerán el metro al lunes siguiente para mover con su fuerza de trabajo una gran maquinaria para la que solo son carne de cañón, irán a vivir a unas casas que ya no son refugio si no cifra en el gran teatro de lo especulativo. Ya nos lo advierte Eagleton: “La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones”.

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