La trampa de la diversidad (Akal, 2018) se ha convertido en el libro más leído, criticado, reseñado o aplaudido de los últimos tiempos en el espacio de la izquierda social y política de nuestro país. Daniel Bernabé Marchena (Madrid, 1980) se enorgullece de haber escrito un panfleto. Y así es. Escrito con un estilo claro y directo, da cuenta de un impresionante conocimiento de la cultura popular contemporánea a través de numerosos ejemplos que ilustran la derrota cultural de la clase trabajadora bajo el neoliberalismo y la posmodernidad. Bernabé no ha escrito una crítica de la diversidad, sino la denuncia de una trampa que ha fragmentado la identidad obrera y trabajadora, una aplicación práctica de los conceptos gramscianos de hegemonía y de bloque histórico o, si quieren, una identificación de las tensiones contemporáneas entre los conceptos marxianos de clase en sí y clase para sí. Bernabé traza el mapa de un trayecto que parte de la cultura de las necesidades para llegar a la cultura de los deseos, del camino que va de la política como proyecto a la política como producto. Ante la derrota cultural, no exhibe melancolía, al contrario, conoce en carne propia en qué consiste la fragmentación de la clase obrera y de sus referentes culturales. Al escucharle, uno entiende lo que dice de sí mismo en su blog: “criado en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las casas son casi todas iguales, las eses se sustituyen por las jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta”
J.M. Mariscal Cifuentes | Mundo Obrero | 18/07/2018

Mundo Obrero: ¿Quién es ese nuevo trabajador de la economía del conocimiento, el freelance que asume que no hay diferencia entre su tiempo de vida y su tiempo de trabajo? 


Daniel Bernabé:
 El otro día un vecino, con la mejor de las intenciones decía “Bernabé es un gran escritor y además un gran emprendedor”. El hombre lo decía con las mejor de las intenciones, no me atreví a corregirle. No, yo lo que soy es un trabajador precario. El término freelance es otro de esos que se usan para edulcorar, en este caso la precariedad. Yo tengo que hacer trabajos para diferentes medios de comunicación porque no consigo que ninguno me contrate, no consigo tener una relación laboral reglada con ellos. Y la única posibilidad que tengo de entrar poco a poco en ese ámbito es convertirme a mí mismo en un producto que compite en un mercado, con otros productos que son otros periodistas, instituirme como un producto en las redes sociales, obtener un capital social que se basa en seguidores y, de esta forma y poco a poco, ir logrando una posición en el terreno en el que los egos y la mentira de la superación personal está muy presente, convirtiéndome en una unidad de producción con absoluta falta de capacidad de negociar tu situación en el mercado.

M.O.: Como un empresario del yo


DB.:
 Efectivamente, pero se dice en esos términos y hasta suena como algo positivo. No. Yo lo que soy es un trabajador precario. Punto. Un trabajador tan precario que lo que a mí se me paga por hora de trabajo está muy por debajo de los sectores de servicios que se consideran más precarizados en nuestra actual realidad laboral. No creo que cobre más que un trabajador de un establecimiento de comida rápida. Y digo esto para mostrar la mentira de la economía del conocimiento o de la industria cultural.

M.O.: Hay mucha gente en tu misma situación.


D.B.:
 No solamente es que haya mucha gente como yo, lo peor es que estamos compitiendo todos contra todos. El otro día un periodista que se llama freelance a sí mismo me acusaba de ser un periodista de IU, y es que la competencia llega al macartismo, las afinidades políticas individuales sirven para desprestigiar a la persona.

M.O.: Se escucha mucho el “yo” en las conversaciones.


D.B.:
 Y se escucha muy poco el “nosotros”. Uno de los documentales más inspiradores para escribir el libro fue “El siglo del Yo”, de Adam Curtis , tiene tal intensidad narrativa que se sigue como una serie de ficción y ahí se muestra la angustia terrible por expresar nuestro yo, por expresar nuestra identidad, la pérdida de las identidades colectivas fuertes del siglo XX, ya sea de clase, nacional o religiosa, que ahora alguna vuelve en clave reaccionaria. Hoy tenemos una enorme angustia por diferenciarnos del de al lado. Paradójicamente, el neoliberalismo que nos prometía ser más nosotros mismos, ser más yo, al final nos ha homogeneizado. Al final todos vamos a comprar las mismas velas perfumadas en la misma franquicia, compramos la misma ropa, vemos la misma serie de televisión, de tal forma que necesitamos cada vez ser más específicos, más individuales y sobre todo ser más yo en la medida el que el de al lado lo sea menos. Hay grupos de personas, como las refugiadas, que no son nada, no son yo, no tienen historias detrás, pero son personas que un día estaban en su casa, quizá viendo sus series favoritas de la televisión, pero que ahora forman parte de una masa abstracta, y no se sabe por qué, o qué es lo que pasa en su país, eso se omite. Sin embargo nosotros tenemos que ser permanentemente guardianes de nuestra especificidad y eso se manifiesta en nuestra relación con la política.

M.O.: Sin embargo, tú señalas que a pesar de que el yo está muy presente en las conversaciones públicas, ese yo no se basa en la expresión de las dolencias de tu vida interior o material, sino que se basa en tus aspiraciones y en la capacidad que has tenido de realizarlas a través del consumo, ya sea de bienes materiales o culturales, de manera simbólica y no como respuesta a las necesidades reales, materiales o espirituales. ¿Es posible la amistad en la posmodernidad?


D.B.:
 Al fomentar nuestro yo lo hacemos desde lo aspiracional, de tal forma que adquirimos cualidades para mostrar nuestra diferencia con respecto al otro. Cuando en una red social señalas que te ha gustado un disco o pones una foto del libro que te has comprado, estás añadiendo a ti mismo ese objeto para tratar de ganar las cualidades que la posesión de ese objeto te concede, no estás haciendo una crítica del libro. Ésto se extiende a cualquier faceta de la vida, necesitamos dejar constancia a los demás de lo que somos. La amistad se basa en el libre encuentro de individuos en base a criterios de no aprovechamiento, de apoyo mutuo, mediada por una serie de condiciones materiales. Eres amigo de quien te puedes permitir serlo, es muy raro que surja una amistad entre un siervo y un señor, sin caer realmente en la condescendencia de uno o el servilismo del otro. En la amistad existe el reconocimiento del otro, y eso permite construir tu yo en función de ese reconocimiento en el otro, te ves en el otro, y de ahí surge el “nosotros”. Pero si el encuentro social y colectivo se basa en tener que estar compitiendo con el de al lado, en términos aspiracionales, es difícil la amistad.

“Es curioso que Media Markt utilice un puño cerrado con un fondo rojo en un barrio como Vallecas, ¡de lejos parece un cartel del PCE!”

M.O.: ¿Qué papel juegan la ironía o el cinismo en esa competición?


D.B.:
 Es el terrible miedo a vivir. Pongamos el ejemplo de un habitante de la llamada clase media-alta de Manhattan. Tiene que saber elegir perfectamente el calzado, los sitios a los que va, porque si va a un sitio que no está de moda, él mismo está diciendo que no está de moda, tiene que saber pedir el vino adecuado y estar muy atento a las últimas prescripciones que le hace su revista de tendencias favoritas. Porque son eso, prescripciones, como si los llamados “influencers” fuesen médicos del alma. Ésto nos está llegando a un nivel mayor, porque no nos podemos permitir las estupideces de las clases altas de los Estados Unidos, pero está calando. ¿Cuál es la manera de vivir con la precariedad de criterios propios? ¿Cómo tratar la ansiedad que produce el miedo a vivir? Con el cinismo y la ironía. No podemos mostrar amor, entusiasmo, alegría o emoción ante algo, o un enfado muy tremendo, porque todo tiene que ser irónico y cínico. El cinismo de que nada nos puede afectar, nada puede tocar nuestro phatos, a nuestro dolor, a nuestro sentimiento. Y la ironía que supone un distanciamiento, para que incluso cuando algo nos gusta, no podemos decir que nos gusta realmente porque eso sería mojarnos en un mundo muy cambiante. He visto escrito a drede “Hamor”, así con H, en las redes sociales. Parece que hay que escribirlo mal para expresar algo íntimo o profundo, porque escribirlo bien queda cursi. Otro ejemplo. No creo que sea casualidad que en un momento en que el rap político comienza a tomar fuerza en España se empiece a promocionar el trap en los medios. Pero un trap que, a pesar de surgir de las clases bajas y ser la expresión de una angustia en una situación de extrema precariedad y pobreza, es asimilado y fomentado por los medios expresando salidas individuales y cínicas a esa situación, cosificando el cuerpo de la mujer y expresando un cabreo ante el sistema como quien se cabrea por una tormenta.

M.O.: Mira el punk. London Calling, de los Clash, ha sido la banda sonora de los Juegos Olímpicos de Londres, los Sex Pistols decían “No Future”…


D.B.:
 También era un grito de angustia, no de denuncia. Eran nihilistas. Pero yo no hago denuncias desde un punto de vista moral, lo que me interesa es resaltar la enorme capacidad del sistema para apropiarse de referentes y devolverlos vacíos al mercado. Si hemos vaciado del todo los significados con respecto a los significantes, si esa relación está rota, ahí surge un problema. Que Theresa May y una chica obrera de mi barrio lleven la misma camiseta de Frida Khalo es para pensar, no? La identidad de la cultura obrera, los símbolos, las banderas, me parecen importantes, sobre todo en las trincheras. En la misma época que los Sex Pistols triunfaron, te encontrabas con un grupo como The Jam. La clase obrera británica escuchaba a Paul Weller cantar desde el orgullo de clase obrera, desde el orgullo de barrio. Nadie se empezó a interesar por la política oyendo a los Sex Pistols, pero si escuchando a The Jam.

M.O.: Planteas que en el espacio simbólico-mercantil, el mundo de la publicidad, no hay ningún tipo de complejo a la hora de introducir y utilizar referentes con una gran carga ideológica, que resultan impugnados muchas veces, de forma paradójica, en el espacio político y, sobre todo, en el mercado electoral.


D.B.:
 Es curioso que Media Markt utilice un puño cerrado con un fondo rojo en un barrio como Vallecas, ¡de lejos parece un cartel del PCE! y sin embargo al Partido Comunista se le impida usar sus símbolos en determinados espacios de movilización colectiva y hay personas que piensan que el uso de esos símbolos polariza o asusta.

“No podemos dejar en manos de la derecha populista la representatividad de las capas obreras ni las respuestas a la inseguridad y el miedo”

M.O.: O son poco útiles, en un contexto de mercado electoral, como tú denuncias. 


D.B.:
 O mercado de ideas, incluso. Competir en ese mercado es realmente problemático para una organización política que pretenda transformar de raíz, que pretenda la ruptura, porque no es tu terreno de juego. Errejón piensa que se puede jugar a los significantes y los significados, pero para ello necesitas un aparato mediático al menos tan potente como el existente. En ese caso, aun teniendo mis discrepancias, podríamos practicar ese juego. La televisión utiliza los espacios que nos concede para seguir manteniendo su legitimidad. Y el objetivo no puede ser que el señor Ferreras nos saque guapos en la tele. Porque te sacará mientras no saques los pies del tiesto. En el momento en que seas malo te va a poner de vuelta y media, como ha hecho con Willy Toledo. Ahora de repente El País vuelve a ser un periódico progre porque han puesto a Soledad Gallego-Díaz como directora, que más bien parece otra ministra del gabinete Sánchez, una gran profesional, sin duda, lo que sí dudo es que ella modifique los intereses de todo un grupo económico, financiero y mediático como es hoy PRISA. En definitiva, competir en respetabilidad en ese mercado es inútil, porque a respetables siempre nos va a ganar Albert Rivera.

M.O.: Al leer tu libro uno llega a la conclusión de que se fomenta la guerra entre pobres.


D.B.:
 Responde a una guerra de conquista cultural desde arriba. Las clases son realidades efectivas y materiales que tiene una relación con el proceso de producción. Ese proceso producción ha cambiado en los últimos 40 años, las empresas se han troceado en unidades de producción individual, eso tiene su correlato objetivo en la vida cultural, tiene que manifestarse de alguna forma, mediante identidades culturales. La cuestión es si esas identidades son unitarias o diversas. En una guerra de conquista, al llegar a un nuevo territorio, lo que te interesaba era aprovechar los recursos naturales, pero también la mano de obra barata y en condiciones de hacer trabajos en condiciones durísimas. Para poder hacer eso, necesitabas reducir su identidad a cero y rellenarla con una nueva. A la clase trabajadora le ha pasado exactamente eso. Primero destrozaron nuestra identidad, la convirtieron en algo vergonzoso a lo que pertenecer, y luego la llenaron con una variedad diversa y fragmentada de identidades. De ahí el comportamiento de clase media aspiracional.

M.O.: Tu libro no es el único que recientemente ha planteado la necesidad de reconstruir una cultura obrera. ¿Hay un repunte de la literatura obrera? 


D.B.:
 Existe el riesgo de que nos refugiemos, que el debate cultural sea un reducto en que alojarse ante la incapacidad material de transformar la realidad. Es más fácil escribir un libro, hacer análisis ex-post, y que decir de escribir un tuit, que ganar un convenio colectivo justo de sector. Con esto no quiero decir que no sea importante la batalla cultural, he escrito un libro sobre eso, tiene una importancia capital. Lo que si digo es que lo discursivo no lo es todo. Considero peligroso creer que la política es solo discurso. Si dices la palabra gente obtienes un buen resultado, si dices la palabra clase trabajadora, obtienes otro menos bueno. Una fetichización de las palabras que no solo separa los conceptos en buenos y malos, sino en útiles o inútiles. Incluso la utilización de determinadas palabras te coloca dentro de familias discursivas distintas y la discusión se vulgariza. Creo que poco se transforma reduciendo la política al discurso.

“El neoliberalismo que nos prometía ser más nosotros mismos, ser más yo, al final nos ha homogeneizado en el consumo”

M.O.: Escuchamos críticas a las políticas del capitalismo neoliberal en términos de si son más o menos inteligentes, o se tildan de irracionales, incluso desde las propias filas de la izquierda radical y transformadora, cuando son el mero reflejo de intereses y de proyectos de clase. Es decir, la Comisión Europea no es una inútil.


D.B.:
 Fijémonos en parte del 15M. Alguno de los que se hicieron con el mando discursivo del movimiento, tildaban a IU como parte de la casta porque participaba en el juego electoral del régimen del 78 y hoy afirman que el problema fundamental de la política es la gestión. Es decir, que basta con tener a gente buena, a la adecuada, para que las cosas se hagan bien, o que basta con una votación telemática para decidir las políticas y para que éstas se hagan realidad, que es una cuestión de procedimientos. Incluso les oyes decir que la ley es la ley, qué le vamos a hacer. Que se lo digan a Sánchez Mato. La lucha de clases no va de eso, ésta es la más expresiva y la más viva expresión de la derrota cultural. De esa manera desembocamos en el mercantilismo electoral. El elector-consumidor acude a la urna como quién va a una máquina de refrescos-partidos. Hace treinta años los obreros y obreras no votaban a un partido, eran de un partido. Y eso formaba parte de su identidad, de su vida cotidiana, de los valores culturales que forjaban una identidad colectiva.

M.O.: Pero tú no afirmas en ningún sitio que la diversidad sea mala. O buena.


D.B.:
 Efectivamente. La izquierda ha aceptado que la diversidad es algo bueno quizás como respuesta a la gran distopía del siglo XX que fue el nazismo, que buscaba una sociedad homogénea. Pero yo creo que la diversidad no es buena o mala en sí, de hecho no me interesa ese debate moral, insisto. La diversidad como valor en sí, de manera abstracta, no es un valor de izquierdas. Si, por ejemplo, proteger a las minorías se convierte en un valor en sí mismo, podríamos llegar al absurdo de proteger a los banqueros, que son minoría absoluta. O hablar de las mujeres como si fueran una minoría, cuando son la mitad más uno de la humanidad. En el libro explico cómo Margaret Thatcher pasó de usar la palabra inglesa “unequal”, que significa diverso, colocando ambiguamente el peso sobre su otra acepción, desigual.

M.O.: La metáfora del vagón de cercanías que usas en tu respuesta a la crítica de Alberto Garzón 


D.B.:
 Efectivamente, lo común a toda la gente que iba en ese vagón de cercanías es que eran de clase trabajadora. No niego que la mujer que iba con un hijab tenga problemas específicos por su posición de mujer, por su posición de minoría religiosa, no digo que esa mujer no tenga problemas específicos y que esos problemas no sean importantes, al contrario. Pero existe la izquierda que resalta la especificidad y reparte su atención a cada grupo en función de los días del calendario con su correspondiente celebración o denuncia, en vez de darse cuenta de que lo que unía a todos los que íbamos en ese vagón es que el aire acondicionado estaba roto para todos y todas, que todas éramos de clase obrera.

M.O.: Hablemos de cómo el posmodernismo ha contaminado la acción política. ¿Crees que la cultura del esfuerzo individual, que al final deriva meritocracia, se ha instalado de alguna forma en la izquierda política?


D.B.:
 Es que ese es el problema. El problema no es que Albert Rivera exprese determinadas ideas, el problema es que lo hagamos nosotros mismos. Cuando ponemos a competir unas identidades con otras lo que hacemos es entrar en un juego donde la propia política se convierte en una competición, en un objeto de consumo donde determinados grupos deben llamar la atención del común para resolver sus problemas particulares, eso sin entrar en los lenguajes empleados. Que se hable de la gestión de las emociones en vez de el aseguramiento de un sueldo en condiciones, de una vivienda en condiciones, de una alimentación en condiciones, me parece triste. Los grandes problemas de nuestras vidas derivan de tu posición de clase. Cuándo se habla de la gestión de las emociones estás hablando de que los problemas están dentro de cada individuo, no en su afuera. Eso lo inventó Margaret Thatcher y ahora se lo escucho a gente que creía anarquista.

“El mercantilismo electoral consiste en que el elector-consumidor acude a la urna como quién va a una máquina de refrescos-partidos”

M.O.: Te han acusado de que el libro no da alternativas para articular una respuesta al actual estado de cosas. Sin embargo yo creo que tu libro es una llamada de atención para la reconstrucción de una cultura obrera y popular. ¿Cuáles son los ejes para la reconstrucción de una cultura obrera?


D.B.:
 Si transformas a la clase obrera en una mera identidad acabas en el “Chavs” de Owen Jones, que sugiere que la clase trabajadora sea un grupo más de la diversidad de identidades que debe ser reconocida y representada. La identidad es necesaria para vehicular la acción política pero sobre todo creo que el respeto se gana, no se otorga. No aspiro a que la gente de clase media hable bien de nosotros, lo que quiero es que me tengan respeto pero porque me lo he ganado. Cuando tú tienes un sindicato fuerte y tienes organización laboral, adecuada a cada momento histórico, claro, no te preocupes que la clase media se encarga de respetarte. Al final del libro afirmo que no hay ningún conejo en la chistera. Lo digo con honradez, Carlos Marx afirmó que el Comunismo era el movimiento real de las cosas. La llamada nueva política nos ha traído como un veneno la posibilidad de que cinco personas muy listas se sienten en una mesa a pensar, muy fuerte, muy fuerte, a ver si sale algo. Al final hemos convertido a los partidos políticos en un trasunto de la economía californiana, de los métodos de Google. Los grupos de expertos no nos van a sacar de ésto.

M.O.: ¿Y qué nos saca?


D.B.:
 Insisto, no tengo la varita mágica. Construir una nueva cultura de clase trabajadora no se hace en el vacío. Escribir o leer libros, hacer películas o verlas, es útil para el reconocimiento, para hacer de espejo, para sentir el orgullo. Pero tiene que haber algo más. Y ese algo es la praxis política cotidiana. Más allá de presentarte a unas elecciones con un programa y unos eslóganes y que el magro de tu actividad consista en hacer buenos discursos en el parlamento o en los platós, o que el programa con el que te presentas consista en una adición aritmética de fragmentos de reconocimiento y atención a la diversidad de problemas. Eso no apuesta por la ruptura, eso es comportarse como ellos, como nuestros enemigos de clase quieren que nos comportemos. La política está abajo. La derecha populista lo ha entendido y no podemos dejar en sus manos la representatividad de las capas obreras ni las respuestas a la inseguridad y el miedo que este capitalismo provoca. Donde ellos no nos ganan es en la calle, en el barrio. Sin fórmulas mágicas, sólo trabajo y organización.

Publicado en el Nº 318 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2018

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