Daniel Bernabé | La Marea | 19/09/2018

Por lo visto, a las fiestas hay que llegar cuando ya han comenzado e irse antes de que acaben. Así evitamos ser parte de los que las preparan, ahorrarnos los incómodos momentos en los que los compañeros de conversación son impuestos por la escasez, y, además, hacernos notar ante los invitados que ya comenzaban a preguntarse si llegaríamos. Por contra, hay que marcharse antes de que el primer vaso se derrame, antes de que la torpeza anude las lenguas y las luces se enciendan mostrando que lo que queda es o lo más desesperado o lo más solitario. Digo por lo visto porque yo soy de los que llega el primero y acaba de after.

Más allá de las costumbres festivas de quien les escribe, con la política ocurre algo muy parecido. Aquellos que sobreviven y acaban marcando tendencia, e incluso época, son los que se hacen notar justo antes del cénit de un movimiento y tiran para otro lado justo antes de los primeros síntomas de decadencia. No es una actitud especialmente solidaria y comprometida, más allá de la propia valía, pero nadie dijo que la política fuera un lugar donde te puedes fiar del que tienes al lado.

La fiesta en la izquierda española ha terminado

O siendo más precisos, la fiesta en el espacio progresista que surgió del 15M está a punto de llegar a su fin, en un par de años, por lo que mientras que ustedes leen estas líneas, en este día de final del verano, ya hay más ojos puestos en el momento después de las próximas elecciones municipales, autonómicas y generales que en la actualidad presente. Las razones, además de acomodo personal, también son estructurales, para ser justos, y enlazan con preocupaciones de índole continental: ¿qué hacer ante la subida de la ultraderecha?, ¿Qué espacio ocupará la izquierda en el escenario de la poscrisis?

Entiéndame con lo de la fiesta: los años que hemos vivido han sido duros, pero también un tiempo envidiable para hacer política desde los márgenes. En el lapso 2011-2014 las calles y los idearios bullían e incluso mantenían una cierta relación dialéctica. A pesar de todo algunos ya advertimos de los peligros de una nueva política que surgía del conflicto para evitarlo, que cediéndolo todo a una estrategia basada en lo narrativo terminaba por confundir los principios con la forma de llevarlos a cabo.

En el segundo periodo, que se está extendiendo desde el 2015 hasta las siguientes elecciones generales, posiblemente ubicadas a finales de 2019 o principios de 2020, las calles se vaciaron y los idearios fueron sustituidos por lucha interna y la dura jungla de lo institucional. El asunto catalán junto a un inesperado pero esperable regreso del PSOE acabaron de matar la sensación, al menos, de que el cambio no sólo era deseable sino inevitable. Y en el fondo ha dado igual, porque el que no corre, vuela.

Que hoy ya no se hable de casta importa poco, que se haya pasado de calificar al PSOE de parte indisoluble del Régimen del 78 a englobarle dentro de algo llamado espacio progresista importa bastante más, no porque a la vieja corista de Ferraz le haga falta, sino por perder la propia identidad y horizonte. De lo procedimental y el carmenismo mejor no hablamos, por no pensar que se ha sido pionero no en el cambio, sino en una política startup donde ya sólo importa el enganche emocional del electorado con la figura carismática. Al final, una parte de los que vinieron a asaltar los cielos se sientan hoy al lado de San Pedro.

Sea como fuere, y aunque no conviene olvidar que las cesiones de hoy son un resultado de los presupuestos del pasado, de nada vale insistir en esa costumbre tan arraigada en la izquierda española de sacar la fusta para abrirse las carnes. Lo que todo el mundo sabe es que los proyectos y maneras empleados no dan más de sí. Unos acabarán en el PSOE o en algo muy asimilable con el que los socialistas puedan hacer tándem -tantas vueltas para acabar reeditando la IU llamazarista-. A otras incluso se les ha pasado por la cabeza montar una plataforma electoral feminista, teniendo, claro, que mirar luego de reojo a su partido actual o a su asamblea libertaria. Unos pocos hablan, en bajito, de reconstruir un espacio que vuelva a situar en el centro el conflicto en torno al trabajo.

Frente a estos últimos este verano se han desatado una serie de fantasmas de esos que todo buen progresista tiene guardados en el chiscón del abuelo. Obrerismo reaccionario, marxismo esclerótico y, últimamente, rojipardismo. Si algo heredaron los hijos del 15-M de la socialdemocracia más institucional fue la capacidad de poner etiquetas y generar excusas. De obviar que lo que sucede, encaje en nuestras categorías de pensamiento o no, sucede por algo más allá de la voluntad de cuatro conspiradores. Cada uno puede poner palabras a lo que le dé la gana, pero esas palabras sólo obtienen un cierto eco público cuando existe una inquietud que es nombrada.

Que el artículo de Monereo, Anguita e Illueca sobre Italia haya inquietado tiene que ver, sin duda, con que el ejemplo elegido, pero también con una imagen especular bastante incómoda. El debate, por desgracia, se ha centrado en dos líneas. Una la descalificación de quien escribía, otra la constatación de algo más o menos obvio: el gobierno italiano está infectado de populistas de derecha, ultras y fascistas. Pero ese no era el punto, al igual que no lo era si cierto libro de cierto éxito estaba escrito con tal o cual técnica, o si su autor estaba sufriendo algún tipo de perez-revertización acelerada.

El punto, la clave, es si se quiere asumir que hay una parte de la población a la que ya no le vale el frac que se utilizaba en la fiesta, esa donde se confiaba todo al movimientismo, a la retórica argentina, a las manzanas que caían del árbol del descrédito institucional y a las políticas de la diversidad. El conflicto de cómo organizar, qué decir, cómo atacar y a quién referirnos como sujeto parecía haberse diluido, cuando no había sido más que postergado esperando a una victoria electoral que no llegó. E incomoda mucho tener que volvernos a hacer esas preguntas, sobre todo cuando quien las había negado por presuntamente superadas está en fuera de juego y carece de respuestas.

Paren un momento y miren a su alrededor estas últimas semanas

De un lado tenemos los escándalos inacabables por los métodos de formación imaginativa de nuestros políticos, la momia de Franco convertida en marioneta, debates sobre los límites del humor, la movilidad en las grandes ciudades y un cachalote en el Manzanares.

Del otro tenemos accidentes laborales continuos, el cierre de Vestas, de Hullera Vasco Leonesa, de El Correo de Andalucía, conflictos en Ryanair, Indra, bomberos forestales, Trasncom, Amazon, el sector del taxi y una pléyade de luchas sectoriales que pasan completamente desapercibidas. Tenemos un problema endémico con la vivienda como refugio de la especulación, nuevas formas laborales que sustituyen cualquier regulación por una app de móvil, la plaga de los casinos en los barrios obreros.

Y entre estas dos caras de lo que sucede un tema que será, queramos o no, clave en los próximos meses: la inmigración. Incluso siendo incierta la amenaza, tanto económica como cultural, que la ultraderecha atribuye a los flujos migratorios, de nada valen las cifras y los datos cuando la narrativa del miedo se impone triunfante. No se trata de que los ultras sean unos grandes contadores de historias, sino de que el vacío por una incertidumbre real que afecta a cada vez más personas es respondida con la creación de una amenaza bastante más identificable que eso llamado Bruselas o Goldman Sachs.

Tenemos que elegir ser arrastrados por la tiranía de la actualidad o tiranizar la actualidad con los problemas que afectan a la vida cotidiana de las personas y que surgen de un único frente: la conversión de nuestro país en periferia económica de una Unión Europea al servicio de las élites económicas.

Y el problema es que este debate, postergado por el asalto institucional, se va a tener en las líneas en las que se ha educado a la masa social descontenta, es decir, entre lo nuevo y lo viejo, entre el cambio y la permanencia, teniendo en cuenta que la novedad y la renovación no es ya el espacio progresista sino el destropopulismo. O cómo es arriesgado jugar con máscaras que cualquiera se puede poner llegado el momento.

El debate no debería ser entre diversidad y homogeneización, sino entre igualdad y polarización social, es decir, cómo encontrar la forma de articular un sujeto político que aspire como primer objetivo a la equidad material sin excluir las identidades pero sin tender hacia la atomización permanente y competitiva.

El debate no debería ser entre progresistas y conservadores, sobre todo teniendo en cuenta que hay ya muchos progresistas de clase media que colaboran, a sabiendas o no, con el ideario neoliberal en lo económico, como conservadores de clase trabajadora que miran con preocupación su inseguridad vital siendo incapaces de conectar sus problemas con el capitalismo desregulado.

El debate, de forma similar, no debería ser entre globalistas y soberanistas, teniendo en cuenta que dentro de las élites económicas existen unas fuertes tensiones, casi nunca explícitas, entre aquellos capitalistas de sectores que han sido perjudicados por la globalización y aquellos que han salido beneficiados. Tras Macron y Le Pen, tras Trump y la rebelión de sus altos funcionarios, tras las voces del ministro de exteriores de Luxemburgo a Salvini, no existe la quiebra moral que nos venden los columnistas liberales, sino diferentes intereses en liza, nunca los de los perjudicados por la crisis que ahora empezó hace diez años.

Que AfD es un peligro para la democracia es cierto. Que tengamos que situar todas nuestras preocupaciones en Aufstehen, el invento torpe de un sector de la izquierda alemana para frenar a la ultraderecha tomando algunas de sus señas identitarias, no lo es tanto. Esto sería como decir, salvando las distancias, que como la ultraderecha está ascendiendo en toda Europa debemos estar también prevenidos frente al ascenso inminente de un estalinismo despiadado. Da la sensación de lo que es: más etiquetas y más excusas. Falta de horizontes y proyecto a largo plazo. Un regodeo en la atomización que ha pillado a la izquierda con el pie cambiado justo cuando sus enemigos -los enemigos de cualquier proyecto civilizatorio- han encontrado una forma, mezquina, ruin y antihumanista, pero forma al fin y al cabo, de agrupar a las grandes masas de descontentos sin futuro.

El problema al que se nos conduce, desde las tribunas liberales hasta las revistas de tendencias, desde las tertulias progresistas hasta los influencer de la politología es tener que elegir entre el AfD o Merkel. Tener que elegir entre el síntoma y la enfermedad. Tener que elegir entre quien incubó el huevo o la serpiente. Es cierto que la ultraderecha es un peligro para la democracia, tanto como aquellos que llevan cuarenta años desregulando el trabajo, atacando a los sindicatos, polarizando la sociedad, destruyendo las conquistas obreras del Estado del bienestar, vaciando de poder a los parlamentos en favor de los gigantes financieros y manejando un proyecto de construcción europea con el único objetivo de volver a una correlación de fuerzas entre clases anterior a 1945.

“Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.” Bertold Brecht.

2 Comentarios

  1. Lo q hay que hacer es una mani contra la subida d la luz q es un abuso de los cabronazos oligopolios y de los bancos como todo lo d este podrido régimen q huele que apestaa.

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