Anochece mientras avanzo a pie. La calle son dos hileras de vehículos aparcados, una a cada lado del asfalto y de un solo sentido, el mismo que sigo. Un ruido en aumento se acerca por la espalda, esta vez más deprisa que otras. Me aparto y el que conduce pasa, quizás, a 50 por hora, aunque en lugares estrechos y urbanos parecen 80. Si de entre los coches hubiera salido un niño travieso, ahora sería un niño muerto.

Alcanzo el mío y arranco. En dos minutos estoy en la autopista que rodea la ciudad y que esta vez no rebosa de atascos porque he salido de la oficina quince minutos antes de la hora. Circulo a 120 y un bólido me supera por la izquierda en menos de lo que dura el parpadeo del susto. Seguro que su velocímetro, ese que solo él mismo y los radares casuales conocen, marca 170, o más. Es cuando recuerdo esas noticias que nos cuentan que han pillado a un loco a 240, aunque nunca consigo imaginar lo que se puede sentir adelantando coches que a 100 por hora parecen caracoles.

Ya está oscuro cuando elijo la salida de costumbre para volver a casa, en un pueblo que durante muchos años fue dormitorio, pero que ha conseguido regresar a los tiempos en que también vivía de día, cuando tenía industria. Ahora, como en tantos sitios, lo que mueve dinero es el comercio y los servicios a terceros. La ruta para llegar es de sur a norte con tres rectas largas de doble sentido, pero estrecha y sin arcenes salvavidas. La línea es discontinua y autoriza los adelantamientos. De repente, cuatro faros rompen el oscuro. El par que viene de frente son altos y potentes. Los que me atacan por la espalda se han hecho dueños del espejo retrovisor. Me siento tan vulnerable como ese corrupto que, abandonado en la gasolinera por el último de los suyos, sale huyendo para refugiarse oportunista en la Justicia. Quizás todo esto no es más que una película, pero, ¡Malditos los dos que se acercan y ninguno ha puesto los faros de cruce! Ciego, también de ira, sujeto el volante como si fuera un timón en medio del peor oleaje y cierro los ojos para no sufrir el último dolor en vida que me espera, el de la luz deslumbrante arañando las pupilas. Cuando compruebo que en lugar de morir la onda expansiva del encuentro solo me ha zarandeado, resucito, pero tres instantes después una explosión rompe el silencio y detrás de mí todo es fuego, que se va alejando hasta que despierto. El sueño lo ha vuelto a interrumpir un pollino de carne y hueso que, con su rebuznar, largo y puntual, hace tiempo que le ha robado el puesto de trabajo al gallo que llenaba nuestras madrugadas.

Ayer era viernes y hoy, para huir de tanto miedo, he elegido el mar de un pueblo costero que se esconde mil curvas después, imprescindibles para subir y bajar la sierra. Durante el recorrido vuelvo a pasar por un recodo a la izquierda, el mismo que hace treinta años redujo a chatarra un coche derrapado gracias al barrillo que forman las primeras gotas de cualquier llovizna. Es el último accidente que se recuerda en este paraje, aunque no por falta de tráfico, pues cada día lo carbonizan miles de turistas a lomos de toda clase de motorizados.

A la entrada del lugar, el “Mulus ferreus” de Navares, pariente cercano del asno que antes era gallo, me saluda en silencio porque sabe que por carreteras sinuosas la velocidad es siempre lenta, los frenos responden y dan ganas de pararse a disfrutar del paisaje. Aparco y voy caminando hasta la cala de azul y piedra. Allí me tumbo en el suelo boca arriba, con los pies más cerca del agua que la cabeza, en una de las pequeñas rampas por las que descienden las barcas que salen a la pesca deportiva. De almohada elijo una de las traviesas de madera que sirven para que las quillas no sufran. De cintura para abajo la luz del día me calienta, mientras el resto del cuerpo disfruta de una mancha de sombra ganada al sol de octubre por las techumbres de las alcobas donde las mismas barcas, a su regreso, duermen y se secan.

De repente, y sin nada que lo justifique, comienzo a recordar lo de ayer, o el sueño, y me digo que algo habrá que hacer para mejorar la convivencia vial.

No me niego a la tecnología, pero me resisto a que nos convirtamos en robots. Además, es imposible sustituir por decreto los 1.500 millones de vehículos que se mueven por el mundo, por otros tantos que sean autónomos, eléctricos, perfectos. Tampoco creo que las soluciones represivas, como multiplicar las multas, sirvan por sí solas para mejorar la convivencia.

Debería buscarse una solución que fuera mundial y humana, de “tamaño natural”, pues todos los coches se parecen bastante, y quienes los conducen también. Estoy a favor de las campañas de concienciación, como las que mueven algunos medios, pero las cifras demuestran que no son suficientes. Quizás algo que nos impulse a decidir de otra manera en tiempo real, mientras conducimos. Alterar para bien y de manera espontánea nuestro comportamiento. Sin proceso de aprendizaje. O sea, la cuadratura del círculo. Además, tendría que poder aplicarse en un plazo relativamente breve y poder instalarse, en caso de que hubiera que instalar algo, en cualquiera de los coches, camiones y autocares que están circulando.

Y no queda más remedio que ser realistas. Si se trata de algo gratis no interesará a los que mandan. Tiene que ser un proyecto de los que llaman win-win, en el que ganen casi todos. Y que mueva mucho dinero, pero con una inversión que no suponga demasiado riesgo.

Sigo junto al mar, y flotando en la brisa, mientras comienzo a construir un borrador mental en el que solo pierden los magnates petroleros. Sin darme cuenta, caigo rendido ante el placer ambiental y ahora llueven y llueven ideas desde una nube llena de inteligencias. En el mundo que sigue despierto lo llaman foros y comentarios. Cuando regrese lo revisaré todo y volveré a la carga.

Gracias por leer, y más aún por ayudar opinando.

Continuará…

2 Comentarios

  1. La solución total tecnológicamente existe aunque sería muy impopular. Obligar por ley a que todos los fabricantes instalen en cada vehiculo una caja que no pueda ser abierta por el usuario y que contenga gps actualizado con todos los límites de velocidad. Al exceder la velocidad te avisa tres veces. Si persistes, multa automática. Otra opción es que no te deje exceder los límites. El único inconveniente es que no deja libertad para obrar mal y soluciones de este tipo gustan mucho a gobiernos autoritarios y pueden implementarse en muchos ámbitos haciendo un uso abusivo de las nuevas tecnologías.

  2. Conversores hidrógeno. Funcionaría en cualquier motor de combustión. En vez de hidrocarburos agua. La tecnología ya existe. Pero no conviene a la petromafia.

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