Javier Pérez de Albéniz | Cuarto Poder | 23/10/2018

Un buen día de la pasada semana el Tribunal Supremo se corrigió a sí mismo y, para sorpresa de todos, modificó su jurisprudencia anterior y estableció que fuesen las entidades que prestan el dinero, y no los clientes, quienes pagasen el impuesto hipotecario. Los aplausos y vítores de los ciudadanos se escucharon en la Bolsa, que se derrumbó estrepitosamente ante el impacto del golpe judicial. Un espejismo. Solo veinticuatro horas después el Tribunal Supremo volvió a sorprender al sistema financiero español con una nueva bomba: frenaban los recursos sobre el pago del impuesto de la hipoteca, evitando así que se aplicase la nueva jurisprudencia.

Decisiones insólitas que el ciudadano de a pie no siempre es capaz de comprender. Yo mismo vengo leyendo y releyendo las páginas de economía de los diarios durante los últimos días en un bucle infinito, que me ha impedido cumplir mis funciones vitales básicas. Afortunadamente, cuando la desnutrición y la falta de higiene amenazaban con convertirme en un ser marginal, he obtenido respuesta a todas mis preguntas. Un milagro, sin duda. El sabio que ha encendido la luz, y me ha devuelto a la sociedad civilizada, ha sido ni más ni menos que Mariano Rajoy. No sé si le recuerdan: el que fuera nuestro presidente del Gobierno entre 2011 y 2018.

Los hechos revelan que aquello no fue una casualidad. Rajoy demuestra que fue mucho más que un registrador de la propiedad aficionado a los discursos abstractos. Más incluso que el “M punto Rajoy” de los papeles de Bárcenas. Estamos ante un genio de la economía, además de un grandioso pedagogo. Con una sola frase, el de Santiago de Compostela ha conseguido explicar de maravilla no solo sus años de gobierno, sino los movimientos que han sacudido la relación entre el Tribunal Supremo y los bancos en los últimos días: “Yo estoy a favor de los banqueros”, ha dicho el estadista, ex presidente de todos los españoles. Y se acabó. ¿Más claro? ¿Más alto? Imposible.

Rajoy está a favor de los banqueros. Y no parece el único. Por eso decisiones judiciales que molestan al mundo de los valores, como sucede con esos mosquitos zumbones que nos interrumpen la siesta, deben eliminarse cuanto antes. El tiempo que lleva rectificar. El instante que dura la ilusión de ese ciudadano que, pardillo, piensa que el mundo puede mejorar, que vivimos en una democracia real, que la justicia es independiente, que el dinero no es el poder. “Yo estoy a favor de los banqueros”, ha dicho, por si alguien lo dudaba, el ex presidente del Gobierno. E inmediatamente después ha encendido un puro y se ha puesto a leer el Marca. Tras la gota fría generada por el Supremo las aguas vuelven a su cauce. Hemos recuperado el orden de las cosas, podemos seguir viviendo en paz. Ya están abiertas las ventanillas donde puede seguir ingresando su impuesto hipotecario. No se demore…

2 Comentarios

  1. Por si no estaba el TS perdiendo prestigio a cantidades industriales por sus incoherentes decisiones sobre el Procés, y para reforzar su legitimidad tuvo que apoyarles el Gobierno ante los tribunales belgas, ahora esta institución vuelve a manifestar su incompetencia dictando Sentencias contradictorias entre sí sobre el Impuesto bancario de las hipotecas. El calificativo más común y suave con el que describir tamaña incompetencia de sus jueces sobre el AJD, es el de ‘bochornoso’, por no reseñar los que se escuchan en mi numeroso entorno entre ciudadanos muy cualificados (como vendidos, inútiles e incompetentes, sic).

    Pero la mayor negligencia es tener que esperar hasta el Pleno del próximo día 5 para su Resolución en un tema tan importante y urgente, aunque de dominio público es la parcialidad, politización y lentitud que caracteriza a casi todos los magistrados del Poder Judicial (y digo ‘casi’), lentitud, por cierto, no siempre atribuible a la falta de recursos tecnológicos y humanos como en ocasiones alegan, pues en este caso y como es sabido, la demora es para intentar corregir su propia incompetencia en el zafarrancho que han organizado, pero eso sí, sin perjudicar a la banca. Y hasta entonces, el caso es volvernos a todos locos.

    Lo dicho, un bochornoso espectáculo al que estamos asistiendo perplejos y no sólo a nivel nacional, sino también internacional, como en el citado Procés ante las injustas y falsas acusaciones de las que son objeto los dirigentes catalanes.

    UNA BANCA PÚBLICA PARA INTERVENIR EN LOS MERCADOS ES LO DESEABLE.

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