Hay quienes plantean el Círculo como la mayor instancia participativa de Podemos. Desde luego es la base orgánica de un Partido que no debiera serlo. Y con esta sentencia provocadora comienzo este nuevo artículo donde una vez más se plantean debates alegres.

Esta vez el debate reside en lo que cada persona entiende por Círculo. Hay quienes redundan en su nomenclatura, quienes lo utilizan discursivamente casi a modo de invocación, a modo de hechizo, en una apelación constante a las bases. Hay quienes plantean el Círculo como “lo más”, pero se extrañan cuando se dice algo tan radical, por otra parte, como que el Círculo es tanto la herramienta de participación orgánica, como la herramienta de canalización básica de otros agentes sociales, políticos, culturales, económicos… para la denuncia, propuesta o iniciativa dirigida fundamentalmente a la Institución. Es un espacio abierto, por tanto. No cerrado.

El Círculo no es solo el número de personas que acuden a una asamblea física; ni tampoco la suma de los inscritos e inscritas en un momento dado, y que por regla general excede en masa a la que participa directamente de las reuniones; sino que es la capacidad que tiene el Círculo para afectar, para incidir, para estar, para habitar el territorio donde se inserta.

Deberíamos preguntarnos entonces: Hasta qué punto nos vemos arrastrados y arrastradas por la necesidad de recluirnos en nuestras propias inercias.

Hay un tweet de Asturies20191 que me ha llamado la atención por su amplitud. Que nos invita a ver el Círculo más allá del Círculo, como todo espacio susceptible de ir en la misma o similar dirección que nuestra organización creada para cambiar las cosas -recordémoslo-.

Me ha gustado especialmente su sentido profundo, porque es el que personalmente siempre he creído funcional, y además porque es una de las formas de entender la cosa en Bimenes. Un Conceyu que se ha caracterizado por ir más allá de sí; por igualmente dejar el terreno de lo político diáfano: Desetiquetado. Sin curvas, sin recovecos, sin interferencias, sin obstáculos. Al menos el esfuerzo colectivo va encaminado a esa realidad. A la necesidad imperiosa de entendernos, vengamos de donde vengamos, seamos quiénes seamos, gustemos de lo que gustemos, comamos lo que comamos.

El Círculo, como espacio de participación, no puede quedar reducido precisamente a ese mismo espacio. Ha de servir de ventana de oportunidad y aparecerse útil. Herramienta capaz de cambiar la situación, de presentarse ante la sociedad como un vehículo todoterreno que todo lo puede, y que al menos, en su posible fracaso, se reconozca su vinculación, su entrega, su honestidad. Es de estricta urgencia entender que la sensación producida -que producimos- genera la afección recurrente que necesitamos.

La colaboración entre el espacio netamente institucional y el espacio netamente social es fundamental si queremos darle la vuelta al calcetín. En el Institucional hay que abrir puertas, en el social constituir instituciones nuevas, plenamente democráticas, ciertamente justas.

La innovación sociopolítica en este sentido es una tarea pendiente. En ella se encuentra también la clave de la dificultad. ¿Cómo hacer que la gente tenga una actitud más participativa o participativa a secas? ¿Hasta qué punto existen canales de participación infrautilizados? ¿Hasta qué punto no son necesarios más espacios porque lo necesario es llenar los huecos actualmente existentes?

La atención ha de centrarse efectivamente en lo local. Allí donde los Círculos existen. Allí donde las microsociedades se yerguen. Es entonces plausible plantear la posibilidad de cambio de un territorio perfectamente acotado, si se disponen de los mecanismos oportunos para su consecución.

¿Cuáles serán, pues, las dificultades que tienen los Círculos de implantarse en sus territorios? A veces tengo la sensación de que cuando la articulación no se está dando, la culpa parece volcarse hacia instancias superiores que, ciertamente, poca responsabilidad tienen al no estar presentes en lo cotidiano. Y en todo caso, habría que identificar las causas de esos ligeros fracasos para evitar que vuelvan a suceder, lejos de escurrir de alguna manera el bulto. Porque de esa manera va a ser mucho más sencillo que las instancias superiores puedan echar una mano; pero también los círculos entre ellos. Los concejos/municipios entre ellos.

Reincido en lo que en algún otro lugar ya mencioné: Nuestras organizaciones son sociedades en pequeñito. El hecho de que no seamos capaces de trasladar nuestros mundos esperados a estas, nos indica que la sociedad no está siendo cambiada -quizás sí parcheada-. Si vemos que en nuestros colectivos y organizaciones, se dan las relaciones de cambio esperadas, estaremos más cerca de transformar la realidad-práctica.

En todo caso, existe un espacio de confort de los y las militantes fogosas. Un espacio cómodo. Donde al llegar a cierto número de adeptos/as, se prefiere no seguir contactando con más personas; con más gente. Entre otras cosas para evitar el rechazo esperado; para evitar el desgaste energético que supone lidiar. Relacionarnos siempre resulta un poco un esfuerzo. Tímido, en todo caso, que nos arrastra a pensar que quizás estemos sumidos en un apacible sueño constante. Repetitivo. Donde no pasa nada, no por nada, sino porque no queremos que nada ocurra.

No es un juego de palabras. Es más bien un estado emocional: Es el contacto el que genera red. Y es la red la que genera tejido. Y es el tejido el que construye comunidad. Y es la Comunidad la que destruye lo socialmente reprobable al constituirse plenamente en libertad.


1 “[…] También tiene que ser círculo y estar al mismo nivel que la organización del partido todo aquello que forme parte de la sociedad y que traslade sus iniciativas desde el asamblearismo”.

2 Comentarios

  1. Éste análisis, a pesar de su lenguaje “universitario”, está simplificando mucho las dinámicas de los círculos y al mismo tiempo saltándose el cuestionamiento político más de fondo. Podemos NO es un partido realmente democrático, en España ninguno de los principales partidos lo es, y en el Circulo vivimos golpeandonos la cabeza contra un techo cada dia más bajo. Y esto simplemente porque su funcionamiento interno de la estructura, al igual que el resto de partidos, está plagado de componendas, manipulaciones y vaciamiento de una verdadera vocación por renovar la participación ciudadana con contenidos reales. Los roles institucionales y la dirección política hace tiempo que abandonaron el deseo de una participación transversal con la que nació.

  2. Desde que a los Círculos los hicieron esclavos de las decisiones de la estructura partidaria, perdieron su norte.
    Su norte no era otro que el de acoger a la pluralidad, fomentar la participación, debatir las problemáticas y decidir los objetivos y el camino a tomar. Podemos, entonces, debería de asumir lo propuesto por los Círculos y hacer política con esas propuestas. Pero no, el asunto se tornó en trasladar a los Círculos las urgencias políticas que desde las instancias parlamentarias y desde la estructura partidaria parecía más conveniente. Esta es la realidad que llegó para quedarse.

    Así, que por concluir de alguna manera, “El Círculo, más allá del Círculo…” es la nada, o parecido.

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