He vivido entre dos aguas. Cuarenta años de un régimen oficialmente dictatorial y otros cuarenta de un régimen oficiosamente sospechoso. Al menos no en una democracia consolidada, sino en un limbo persistentemente inmaduro por lo que ahora voy a argumentar…

En la dictadura, desde los púlpitos de las iglesias y desde los estrados de los colegios que eran un vivero de futuros nacionacatolicistas, los curas nos atronaban con sus amenazas espirituales y sus consignas patrióticas. En el primer tercio de la satrapía y hasta muchos años después, el efecto del adoctrinamiento era demoledor en las conciencias de niños, adolescentes y jóvenes que no habían pasado por una guerra. Doy fe de que aquellas generaciones nuestras, la mía y posteriores, como no podía ser de otro modo, interiorizaron el adoctrinamiento sin rechistar. Y toda doctrina implica un mėtodo. Como de acuerdo a un protocolo se inyecta la vacuna contra los gérmenes de una epidemia o como se inoculó al Tercer Mundo la evangelización. Así, sometidas a una lobotomía invisible, a niños, adolescentes y jóvenes se les extirpaba la tentación de todo juicio crítico y formarse todo criterio que no fuese conforme a las creencias oficiales sobre el origen divino del papado, del dictador y luego del monarca, sobre la vida, la muerte y la trascendencia, y sobre cualquier otra opción política que no fuese el Régimen. Aquellas prédicas, como la carcoma en la madera, se irían infiltrando poco a poco en las mentes hasta configurar toda una mentalidad. Cuarenta años son muchos para no conseguirlo. La que iría configurando más adelante, en un tiempo de futuro, un modo de pensar no muy alejado de los postulados del régimen convertidos en verdades de granito, y lejos de la atmósfera democratizadora de una Europa que no había sufrido guerra civil alguna, pero sí dos guerras mundiales que la habían dejado profundamente conmocionada o quizá más bien espantada. Pero eso sí, una vez depuradas en Nuremberg todas las responsabilidades, con la firme voluntad de una paulatina concordia entre las naciones contendientes y el fruto de un renacimiento del que España no participó y nunca ha participado.

Hablaba de lobotomía en sentido metafórico. Pero de hecho, a partir de los años 35 y 36 la lobotomía clínica, que consistía en la extirpación del lóbulo frontal, fue practicada frecuentemente para “curar” enfermedades como la esquizofrenia o la depresión severa, pero también para corregir conductas “poco recomendables” como las de adolescentes desobedientes y otros “desarreglos” generales de comportamiento. Si las personas lobotomizadas eran más “tranquilas”, se podía poner punto y final a conflictos y problemas relacionales simplemente poniendo el foco en un individuo que tenía que “cambiar”… Como la lobotomía clínica no podía practicarse masivamente como seguramente hubiese deseado el tirano, se practicó a la población de un modo virtual: por las artes del adoctrinamiento y del lavado de cerebro. Así es como el espíritu autoritario inherente a todo sistema dictatorial era introyectado concienzudamente por todos los agentes a su servicio: curas, maestros, empresarios, policías, jueces… Nadie podía “existir”, nadie podía ejercer su oficio o profesión si no había declarado antes su adhesión al Régimen que les aleccionaba, les adoctrinaba y en definitiva hacía posible su vida aunque fuese miserable.

Pues bien, aquel proceso de interiorización no se detuvo por el paso casi súbito de un régimen autocrático a un régimen teóricamente democrático, y siguió su desarrollo. El pensamiento franquista respecto tanto a la forma de Estado monárquico como a la configuración territorial sin alternativa, se introducía en la Constitución en 1978 para erigirse el nuevo modelo de la democracia inorgánica de partidos. Una Constitución redactada con otras palabras, pero astutamente introductora de la monarquía y reproductora del lema franquista de la “una, grande y libre”: una simplificación nacionalista del concepto de España, que la define como indivisible y niega la posibilidad de cualquier descentralización territorial…

Así es cómo se ha ido fraguando, larvado, el franquismo en el genuino pensamiento “conservador” a la española, de los miembros del partido que inmediatamente se formó con el fin oculto de hacer de cancerbero… Después ese partido cambió de siglas, pero era el mismo. Desde entonces, hasta hoy.

Y así, en esas condiciones, fue cómo de una dictadura mitad militar mitad religiosa, se pasó a un Estado nominal de Derecho. Un Estado diseñado con similares mimbres del autoritarismo sin resquicios que, por un lado, impedía cualquier otra fórmula territorial que de algún modo significase la posibilidad de “romper” el concepto de “Una”, y que, por otro, contenía el bagaje moral, en materias como el aborto o la eutanasia, del pensamiento católico extremo remanente en los reductos dominantes del opus dei.

El caso es que tanto la monarquía y el lema, “una, grande y libre” atravesaron la Constitución al concebirse y redactarse en un texto rígido, no flexible, salvo en lo que exigía atemperarse tanto a las condiciones políticas y económicas existentes en Europa como a la adhesión de España a la Comunidad Europea el 1 de enero de 1986. A todo lo referido es debido que las ideas fundamentales del franquismo: monarquía e hipercentralismo, afloren ahora con todo desparpajo en el programa político de un “nuevo” partido cuyos miembros, desprendidos en su mayoría del partido conservador oficial, vienen desde hace mucho tiempo atentos a la ocasión propicia para exhibirlos y proclamarlos sin tapujos, como han hecho en los recientes comicios autonómicos de Andalucía.

Se produjo, pues, una transformación política de la cáscara, pero permaneciendo la pulpa del franquismo emboscada entre el articulado de la Constitución. La impresión que quiso transmitirse con la promulgación de ésta es que el clima psicosocial que había sido dominado por una teocracia virtual a cuyo frente estaban los curas más entusiastas del dictador, era barrida. Y efectivamente o en apariencia, los curas se hicieron a un lado en el nuevo modelo político. Pero alguien tenían que predicar. Pues bien, ese cometido lo desempeñarían nuevos predicadores: los periodistas. Los curas ya no serían los que nos hiciesen temblar. A partir de entonces serían los periodistas quienes se encargasen de que la conversión institucional y política calase en la sociedad. Y así fue durante un tiempo, y así sigue siendo o así lo parece. Pero los periodistas no se limitan a informar, a relatar los hechos o a transmitir el resultado de sus pesquisas. Los periodistas se dedican sobre todo a opinar, a dar su opinión civil. Como antes los curas la suya religiosa. Y su cometido como “informadores” lo ponen al servicio de una ideología o se decantan por una ideología, generando corrientes de opinión e influyendo en las tendencias acerca de la idoneidad o incompetencia de uno u otro partido político. No les basta con decir: estos son los hechos, estas son las conductas investigadas, ahora os toca a vosotros pronunciaros… El caso es que la tarea, la tarea de apuntalar el sistema, no resultó difícil. Todo consistía en respaldar y favorecer la “causa” de la monarquía y de la Transición. Pero no era suficiente el texto constitucional aprobado por el pueblo español en condiciones plebiscitarias miserables. Era preciso robustecer a la una y a la otra para darla por terminada.

La idea fue la de siempre en el país de los pícaros: un efectista intento de golpe de Estado que fortalecería la figura regia como el nuevo “salvador” de España. Porque el periodismo más activo ha estado siempre a favor del statu quo. Al periodismo le han interesado siempre mucho más las peripecias políticas que a menudo incluso atiza, que los cambios profundos. Los cambios de fondo no interesan a quienes manejan el periodismo preponderante. Por eso, todo lo que no esté de acuerdo con la literalidad del Estado de Derecho que tanto les preocupa, son aventuras inadmisibles. Me refiero, naturalmente, al periodismo dominante y a quienes quizá sin ser periodistas siquiera, explotan la “información” desde sus despachos sin que el gran público les conozca. Me refiero a esos a quienes no interesan los cambios significativos sino sólo los bursátiles. Porque a ellos les va muy bien. Y al efecto, para eso cuentan con periodistas mamporreros a quienes nadie puede acallar porque para eso ellos están detrás. Y por ello, pese a no haber nadie que sea un “interesado” que no sepa que vivimos sobre una colosal impostura política desde 1978, ese periodismo, en lugar de estar dividido, es mayoritariamente hostil no ya al proceso separatista catalán, por ejemplo, sino a la propia idea independentista, como abunda en Escocia, en Quebec o incluso forma parte del ideario del Brexit.

Porque no mucho después de terminada convencionalmente la Transición, empiezan a aparecer los expolios y las trampas. Poco a poco se va sabiendo del desvalijamiento de las arcas públicas cometido por los propios administradores del cambio, que eran básicamente los políticos del partido que hacía pasarse por “conservador”. Poco a poco se va descubriendo que un tribunal, que no existe en ningún otro país europeo, vigila que nadie se aparte ni un ápice de la letra de la Constitución, menospreciando la epiqueya o adecuación de la letra al espíritu de la ley. Poco a poco se va comprobando que el periodismo del que tanto esperábamos, se va mostrando como instrumento esencial de un propósito con el que no contábamos: reafirmar y reforzar el pimpante Estado de Derecho tal como dice la teoría, con todos sus ribetes franquistas y un monarca que a su vez hacía mucho tiempo que dejaba demasiado que desear. Poco a poco se iba materializando la idea de que los medios principales se habían prostituido antes de ponerse a trabajar y a prueba en un régimen de libertad. Poco a poco, en fin, empezaban a hacernos odiar los periodistas de la oficialidad al oprimido y amar al opresor, como dice a propósito de otros asuntos el periodista estadounidense Bernard “BernieSanders.

En resumen, los curas habían pasado a un segundo plano en el reparto de los papeles. Habían sido, por decirlo así, desalojados de sus púlpitos para ocupar su puesto otros predicadores, los periodistas. Pero no los periodistas disconformes con la Constitución u desconfiados de ella y de todos los tejemanejes de los últimos cuarenta años, sino los periodistas obsecuentes con los monarcas y la monarquía, con una justicia y con un Estado de Derecho que hacen aguas por todas partes y que llevan la impronta del franquismo tardío.

Eso es lo que explica que la Constitución sea en realidad el calco de un legado del dictador, la herencia recibida de un caudillo militar que acogen con júbilo y convencidos sus albaceas testamentarios que son los tres partidos conservadores en liza, a los que en diversos aspectos se ha sumado un partido socialista irreconocible en los últimos tiempos, y a ellos los periodistas más bullangueros, para galvanizar entre todos el espíritu franquista más o menos solapado, y hacer posible si es preciso nuevamente por la fuerza, mantener el Reino de España y la Unidad tal como la entendió el dictador.

La cuestión es que el periodismo, los medios, la línea editorial de los medios, en lugar de favorecer las vías del cambio lógico y efectivo, no el teórico, cierran filas para mantener el statu quo, es decir, para que todo siga igual; para que salga airosa la monarquía pese a su indecente papel durante cuarenta años, y para que el Estado y la hipercentralización franquista cuyo testigo recogió desde un partido y ahora son propulsados por otro nuevo partido de su misma catadura, acabe imponiéndose. Eso, en lugar de lo que hubiera sido propio de mentes despejadas: promover la ruptura pacífica con un establishment infame basado en una Constitución infame dando voz y megafonía a quienes proclaman que es imprescindible para una España a la altura del siglo anular las maniobras permanentes de los más impresentables reaccionarios.

Porque seamos claros. Ningún impulso se advierte en el periodismo oficialista que, haciendo uso de su libertad, de su derecho y de su obligación de “informar”, promueva dentro de las libertades formales, política y de expresión, una forma de Estado distinta. Por ejemplo, la solución federal. Y no sólo es que no se atisbe en el periodismo en general algún empuje hacia otra cosa, es que con la difusión de sus ideas propulsa la fuerza centrípeta de los “conservadores”, que son los defensores a ultranza de un más o menos descarado pero en todo caso rotundo caudillismo, aunque en este caso sería colegiado, es decir, transversalmente compartido.

3 Comentarios

  1. Genial, absolutamente genial esta radiografía política sobre la salud del Régimen, o más bien sobre la enfermedad del Régimen neofranquista. Porque ciertamente el País este enfermo de franquismo. Está totalmente contaminado de franquismo. porque así lo quisieron sus diseñadores. La toma de conciencia de esta enfermedad por la ciudadanía es fundamental para la salud política de País. Recomiendo el enlace cobre el particular
    https://beniezuma.blogspot.com/2014/10/el-gran-engano-de-lamodelica-transicion.html

  2. Muchas gracias por el artículo !

    Si bien, la Constitución de 1978 fue lo único, o lo mejor, que se podía hacer dada la situación de aquel momento, debía ser el inicio para una transformación posterior y permanente, hasta llegar a asolir una Constitución homologable a una democracia de verdad!

    Durante los últimos 40 años nadie ha sido capaz de seguir avanzando hacia donde debíamos llegar …

    40 años de concienciación y lucha clandestina nos llevaron a la Constitución de 78
    y otros 40 años de anestesia, comodidad política y engaños informativos (o des-informativos) nos han llevado a lo que tenemos ahora.
    ¿Nadie sabía lo que estaba forjándose?
    ¿Ahora nos sorprendemos del resurgir de las derechas, incluído qué la extrema-derecha se haya quitado la máscara?
    Es para reflexionar … No? …

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