Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Illueca | 15/12/2018

La irrupción de Vox en el Parlamento de Andalucía, esperada pero no con tanta presencia, ha provocado una serie de sentimientos y actitudes que han ido desde la estupefacción hasta la inquietud, pasando por airadas reacciones. Las precipitadas y desafortunadas convocatorias para manifestarse contra estos resultados no solo le han hecho un flaco favor a la democracia, sino que le han proporcionado a este partido una excusa para asignarse la palma del martirio. Más protagonismo regalado a dicha fuerza política por quienes se reclaman de un frentismo antifascista.

Creemos que debemos acercarnos a este asunto con la serenidad necesaria para la reflexión, que si es imprescindible siempre, en el asunto que nos ocupa lo es más aún.

Y lo primero a considerar y constatar es la excesiva inclinación, por parte de medios de comunicación y comentaristas políticos, a poner el énfasis en los resultados obtenidos por la extrema derecha. Al fin y a la postre, esta fuerza política es solamente la infantería de un bloque en fase de cristalización avanzada, constituido por el PP y Ciudadanos. No hay nada más que oír las declaraciones, los discursos y las propuestas de Casado y Rivera desde hace tiempo. Y junto a ellos la fundación FAES y el propio Aznar como intelectuales orgánicos de esta nueva CEDA en construcción. Nada falta: declaraciones de miembros de la jerarquía eclesiástica congratulándose de los resultados electorales en Andalucía, medios de comunicación que desde hace bastante tiempo han transformado los informativos en partes de guerra de los golpistas de 1936. Y, junto a ello, sentencias judiciales que rezuman las viejas esencias de la misoginia franquista.

El matiz diferenciador de Vox estriba en la falta de complejos para explicitar el discurso que los llamados “constitucionales”, PP y Ciudadanos, apuntan, insinúan o mantienen con sus silencios y evasivas. Por otra parte, esta facción de la derecha que ha emergido no es en todo exactamente homologable con las fuerzas de extrema derecha que crecen en gran parte de la UE. Éstas viven en países que, se quiera o no, han conocido y debatido con el Protestantismo, la Ilustración, el Kulturkampf, el Liberalismo o el Modernismo. La extrema derecha española es, en gran parte, producto del misoneísmo español más castizo.

Instalada en el autismo intelectual de la Contrarreforma, ha tenido su hábitat político en la permanente alianza entre el Trono y el Altar. La extrema derecha patria ha sido, y es, la actualizadora del odio al pensamiento libre que instituyera Fernando VII. Y si es cierto que en la Europa cincelada por la Ilustración el Mein Kampf y sus diversas excrecencias trajeron el holocausto, no es menos cierto que hoy hacer apología del nazismo o del fascismo está prohibido y penado. Aquí en la piel de toro, los crímenes de la dictadura franquista gozan de una desmemoria cultivada e interesada. Por no hablar de los permanentes falseamientos de los hechos históricos e incluso de la Historia de España en su conjunto.

Pero si hay algo en lo que el bloque de derechas no tiene fisura ni matiz alguno es en el sustrato social cuyos intereses representa y defiende, en la identificación plena con la intangibilidad sempiterna de la propiedad de los latifundios, el poder de las hidroeléctricas, la accesibilidad al goce y disfrute exclusivos de las prebendas contenidas en los Presupuestos Generales del Estado, la simbiosis, familiarmente heredada, con las Administraciones Públicas, la evasión fiscal como hobby y señal de distinción, o en la corrupción endémica y el silencio cómplice con los reales y con los supuestos delitos fiscales que afectan a la Corona. La extrema derecha europea, por convicción o por camuflaje, no tiene más remedio que adornar sus programa y discursos con propuestas y medidas de índole social. La extrema derecha española es neoliberal sin ambages y sin afeites.

Y también desde la serenidad es conveniente e inevitable hacerse dos preguntas ¿Por qué la extrema derecha ha cosechado este avance impensable hace poco tiempo? ¿Por qué ha habido un nivel tan alto de abstención en lo que se entiende por izquierda? Confesamos que para nosotros la verdaderamente inquietante es la segunda. Sin embargo, entregarnos a un ejercicio simple de análisis en estos críticos momentos sería instalarse en el empantanamiento generalizado de la culpa que tan morbosa y masoquistamente anida en la izquierda. Optamos por intentar responder a una pregunta ya clásica y por eso de actualidad permanente: ¿qué hacer? Creemos que en las líneas de la propuesta van implícitas la crítica y el modo de superar la situación.

Estamos ante una crisis generalizada no sólo de la globalización, sino de la civilización industrial que la ha impulsado. Los límites al crecimiento productivo impuestos por la sostenibilidad, así como el superado pico del petróleo, obligan a una respuesta que sea producto de las mayorías sociales capaces de evitar que nos sumerjamos en un nuevo feudalismo en el que los Estados desaparecen de facto y las multinacionales constituyen una gobernanza mundial con sus propias instituciones y organismos. una humanidad fallida.

La izquierda debe asumir el rol del discurso profético que consiste en decir la verdad y a su vez proponer una alternativa de carácter socialista a la producción, la distribución y el consumo. Y ellodesde la concepción que liga la economía al territorio. La izquierda debe asumir, desde su incardinación en el aquí y el ahora, lo que es, lo que ha representado y lo que quiere representar. No valen ya los equívocos.

Esa propuesta, conjuntamente con la actitud que conlleva, supone que debemos hacer un permanente ejercicio de firmeza coexistente con el análisis, la elaboración y la participación colectiva y democrática. Los valores que acompañaron al nacimiento de la izquierda, igualdad, justicia, democracia y socialismo ni pueden velarse ni tampoco dilatarse para otros momentos, etapas o fases. La ciudadanía, el pueblo trabajador, necesitan de referencias indubitables. Propuesta, firmeza, ejemplo y justeza son los pilares sobre los que la izquierda debe construir su contraofensiva en esta hora.

Lo primero: no hay proyecto político digno de tal nombre sin programa. Y éste no es solamente el conjunto de acciones, medidas y actividades conducentes a su implantación, sino que debe ser visualizado a través de las alianzas sociales que lo sustentan y apoyan. Pero esas alianzas no pueden ser producto de una coyuntura electoral y a los únicos efectos de la participación en las listas. Las alianzas requieren de tiempo suficiente, programa elaborado colectivamente, ética y valores cívicos incorporados al programa en medidas concretas, voluntad de sumar e integrar. Las alianzas para la izquierda terminan justamente en el sitio donde objetiva y socialmente comienza la situación a cambiar y a ser superada.

Para que un programa concite la adhesión, el apoyo y la participación social crecientes necesita de fases y etapas. Y esas fases deben ser explicadas con la mayor claridad posible. El horizonte contempla las medidas más contundentes y de mayor calado. Pero nunca se llegará a ellas sin el apoyo social mayoritario. Por eso se imponen medidas de carácter urgente y prioritario que atajen los problemas inmediatos de los sectores más desfavorecidos: salario mínimo, pensiones y jubilaciones, vivienda, servicios sociales, etc. Sin un mínimo apoyo desde el inicio, las medidas de carácter más ambicioso y necesario, así como las de carácter cultural, convivencial y de normalización de la diferencia, serán imposibles.

Lo segundo: nada es posible sin organización. Pero no hay organización sin la participación que posibilite que cada individuo del colectivo propio y aún el de otros cercanos sepa exactamente el objetivo, el plan, las fases, las alianzas y los valores a desarrollar en cada sitio. Ello implica que desde hoy mismo se debe acometer el proceso. No se puede esperar ni tampoco centrarse en los próximos comicios electorales. Al desarrollar el proyecto, no solo se prepara el futuro sino que se hace el análisis del ahora, corrigiendo en la práctica los errores.

Y lo tercero: organización y programa han de insertarse en un proyecto de país que genere las condiciones de una nueva hegemonía. Los derechos sociales han sido pulverizados y la constitución territorial amenaza siniestro total. La ciudadanía percibe que la monarquía constituye el principal obstáculo para que el pueblo español pueda abordar los problemas que ensombrecen su existencia. En este contexto, la celebración de un referéndum sobre la forma política del Estado podría ser la única salida a una situación diabólica muy bien descrita por Pérez Royo: reformar la Constitución es una necesidad histórica, pero resulta imposible hacerlo a causa de la monarquía. Las fuerzas populares que han emergido estos años no nacieron para derrotar a Susana Díaz o para echar a Rajoy. Tampoco para frenar a Vox. Nacieron para ser la alternativa a un régimen inmerso en una transición profundamente regresiva. Nacieron para derrotar al neoliberalismo y fundar una nueva República.

1 Comentario

  1. Como siempre me ha encantado este artículo de Julio Anguíta. Hay que tener un un programa, lleno de proyectos que con el voto masivo de los ciudadanos se puedan echar adelante

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