Es lo que ocurre cuando se tiene un sólido criterio propio y la dignidad suficiente para no vestir el traje de las modas: que dependiendo del escenario temporal, a la vista de los demás, pareces haber cambiado o incluso ir a contracorriente cuando tú nunca te has movido del lugar en el que siempre has estado. Y Julio es quizá el mejor ejemplo de consistencia y coherencia.

No, no es él el que ha cambiado cuando expresa la conveniencia de la defensa del Estado-Nación, o cuando hace críticas a la inmigración económica descontrolada, o cuando habla de soberanía. Mucho menos cuando se declara republicano (pero de verdad y sin alharacas). Porque su discurso, para gusto o disgusto de cada cual, ha sido siempre el mismo. Y por eso el suyo, al contrario de lo que ocurre con el de otros muchos, sí merece siempre ser tenido en cuenta, aunque no necesariamente lo compartamos en su totalidad.

Ojalá no hubiera tenido tantos enemigos dentro de su propio partido, porque incluso en una época sin urgencias y en la que la mayoría creía que pronto íbamos a atar a los perros con longanizas, él llegó más lejos de lo que nadie pudiera haber imaginado con un discurso adulto y netamente de izquierdas.

1 Comentario

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.