La política es asquerosa, y especialmente repulsivo el modo de ejercerla los políticos españoles que han estado gobernando a lo largo de estos cuarenta años. Un partido arrastrando las heces del franquismo con la cohorte del desvalijamiento de las arcas públi­cas desde que empezó a recibir el Estado central los fondos de co­hesión europeos, hasta los desfalcos de la banca y los gastos de cier­tas Comunidades Autónomas, muchos de ellos innecesarios, con las consiguientes trampas y sobredimensión de presupuestos y comisiones hasta casi antes de ayer. Y el otro partido, tolerando el statu quo marcado por el primero y abandonando paulatina­mente los postulados que le llevaron al poder, allá por el año 82, en los pri­meros compases del nuevo régimen político una vez des­apare­cido el dictador. Un régimen cuya naturaleza democrá­tica se basa en bajar la cerviz ante una Constitución viciada de con­sentimiento por las condiciones en que fue aprobada por el pue­blo español, y pare usted de contar. Y digo viciada, porque de los redactores de la misma ninguno era de extracción popular, los siete habían tenido relevancia en la dictadura, empezando por el al­bacea testamentario, Fraga Iribarne, multimi­nistro del dictador; porque la monarquía pre­parada por éste fue des­lizada en el pa­quete, y porque el ejército de entonces era más franquista que Franco y apuntaba de manera no por metafórica me­nos impac­tante, a la nuca del ciudadano que la aprobó.

Conocemos, pues, muy bien a los dos partidos que han desempe­ñado, por ley no escrita, un régimen de bipartadismo vir­tual similar al británico o el estadounidense para administrar el Es­tado Central. Recordamos también las expectativas del Estado Federal ofrecidas por el otro partido que ahora ostenta la mayoría en el Congreso; ex­pectativas que se fueron difuminando poco a poco a lo largo de las legislaturas, hasta hacer patente en estos mo­mentos que hace mu­cho renunció a ese tipo de Estado. No cono­cemos, pues, a los otros partidos que todavía no han gober­nado, pero sí, por lo dicho, a los del bipartidismo y el penoso pa­pel que ambos han jugado a lo largo de estas cuatro décadas situar a España muy lejos del nivel de las democracias europeas y muy por debajo de la altura de los tiempos que vivimos. Y ambos, desde el punto de vista sociológico, han puesto de manifiesto hasta qué punto la idiosincrasia o talante de los pueblos es difícil­mente modificable como no sea por el paso de muchísimo tiempo. Pícaros y tramposos conviviendo con inge­nuos, crédulos y pazguatos es una estampa estereotipada que da la medida de las condiciones en que hemos vivido una democracia en la que, ni ha habido separación fiable de los poderes del Estado, ni se han hecho efectivas las pomposas proclamas sobre los derechos y li­bertades ciudadanas contenidos en la Constitución de la que ahora salen en su defensa numantina defensores que tantos años de­fendie­ron, por el contrario, su reforma a fondo.

En efecto. Los Iceta y compañía cierran filas en torno a tan discu­tida Constitución que mantiene en larguísima prisión preven­tiva a siete políticos catalanes que continuaron la solicitud reiterada de un referéndum previsto en esa misma Constitución. En un mo­mento dado, el Estado central y su gobierno conchavado con el Tri­bunal Constitucional, primero cepilló el Estatut apro­bado por el parlamento catalán. Luego los antecesores de estos siete desgracia­dos políticos catalanes y ellos mismos, pidieron al Estado el referén­dum. Y no sólo se les dio la callada por res­puesta, sino que el Estado envió a su polícía para arremeter contra la población cata­lana que fue a las urnas a votar el convocado por ellos, cuando hubiera bastado no reconocer los resultados y no con­siderarlo vincu­lante. Justo lo que ahora, si hay alguna posibili­dad de diálogo entre el partido del gobierno y el gobierno catalán, es lo única sa­lida a una situación invivible y torpe, y a la cancela­ción de la inter­vención del Estado en la Autonomía catalana y la aplicación del artí­culo 155 que con tanta fruición exigen los parti­dos extremistas, y ahora con tanto empeño amenaza también aquel partido que du­rante años “prometió” una forma de Estado que no fuese mono­lítica.

Lo tiene muy fácil. Pese a que no se diga, ni siquiera en mentide­ros de tejas abajo, el artículo 149 de la misma Constitu­ción atri­buye al Estado la competencia exclusiva de 32 materias. La 32.ª, justamente, es la “Autorización para la convocatoria de consultas po­pulares por vía de referéndum”. Si hay, por consi­guiente autoriza­ción, no puede hablarse de que la autorización es inconstitu­cional, ni que se ofrezca por ello “romper” a España (a no ser que se mantenga la ideología franquista). La petición de los gobernantes catalanes viene siendo una constante. El silencio admi­nistrativo negativo también. Todo lo sucedido tiene que ver con la miserable forma de responder los dos partidos a esa peti­ción, siendo así que el referéndum posible hubiese podido ser a ni­vel na­cional, y el celebrado el 1 de octubre haberlo considerado el Es­tado invalidado, en lugar de cargar contra la celebración del mismo. Ahora, como digo, la única negociación posible entre el Es­tado, es decir, el gobierno central, sin vulnerar en absoluto un ápice de la Constitución, pasa por la autorización del gobierno, del Estado, para celebrar ese referéndum. Incluso condicionando a que tenga exclusivamente un valor simbólico y no vinculante. Y, aunque eso sería harina de otro costal, incluso ofreciéndoles en la negocia­ción un referéndum de alcance nacional en el que voten todos los españoles. Esta es, a mi juicio, la única ma­nera de desen­callar un conflicto que del modo que se trata, necesitará por lo menos otro siglo en­tero…

La Constitución, siendo un cocinado a la carta pero aceptándola como mal menor, es además tan interpretable como cualquier ley po­sitiva. El principio de contradicción jurídico está siempre vi­gente. Lo que significa que siempre caben al menos una tesis por un lado y una antítesis -anti-tesis- por el otro. Lo que creo es que ha llegado la hora de que Europa, la Comunidad Europea y los paí­ses de la Vieja Europa dejen de sentir bochorno por ese grado de intole­rancia ancestral de los poderes públicos españoles y por tener como miembro a una nación sólo útil para servirles de ta­berna gi­gantesca y sólo hábil en la interpretación rígida de la norma, en la aplicación implacable de la ley, y, en definitiva, en el empleo de la fuerza bruta..

6 COMENTARIOS

  1. Con el 1-O cabía haber hecho lo mismo que con el 9-N, tomárselo a risa, calificarlo como ‘costillada’ y pasar de largo. El 9-N hubo censo, urnas, papeletas, mesas y votantes, y el mundo siguió girando como siempre. El 1-O hubo lo mismo pero el gobierno español, para no repetir su ridículo anterior con el 9-N quiso marcar paquete, soltó sus hordas de porras y togas, hizo un ridículo aún mayor ante la mirada incrédula de los países civilizados, y nos metió en un berenjenal del que ahora nadie sabe cómo salir. Como dijo Einstein, ‘cualquier tonto vale para complicar las cosas, pero hace falta un genio para simplificarlas’. Está claro que sobran tontos y faltan genios.

    • …si Einstein lo dijo en genérico-geográfico…el Canciller de Hierro Otto von Bismark lo remarcó dentro de nuestra península: «España es el país más fuerte del mundo, lleva siglos tratando destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido»

      …y Antonio Machado lo remató para nuestros gobernantes:

      «De diez cabezas, nueve

      embisten y una piensa.

      Nunca extrañéis que un bruto

      se descuerne luchando por la idea»……pues como bien dijo el preso político y poeta de la amistad que mas años pasó en la cárcel falsamente acusado por el odio franquista y al final fue declarado inocente: Marcos Ana: “El problema de nuestra época es que hay políticos que no prefieren ser útiles, sino importantes”.

      Ondo izan lagun

      Iulen Lizaso

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