El pasado jueves, día 7, nos molestó mucho que la policía registrara nuestros bolsos en Mirador, esa calle con una placa que duele, clavada como está en las piedras eternas de la Catedral. Con la cantidad de esquinas anónimas que nos confunden a la hora de a circular.

Allí estaban concentrados los manifestantes contra la Monarquía y si el registro de los bolsos nos ofendió fue porque, unos minutos antes, habíamos pasado por la zona donde estaban los monárquicos y los policías ni siquiera nos miraron. 

Me gustaría saber a qué vino la orden de incomodar únicamente a los republicanos, y más cuando el año pasado la única violencia salió de personas como la concejala Petri Galmés, del PP, que agredió a los periodistas de IB3 mientras aplaudía a Felipe VI. Lo de que hay amores que matan nunca falla. Y, en ocasiones, matan más los “amores” extraños.

Parece que la prolongación de la monarquía española está cursando con la radicalización creciente de sus partidarios. A ver si resulta que para pactar un gobierno nos hace falta cambiar antes la forma del Estado.

Una democracia que quiera mejorar debería escuchar más a quienes destacan los defectos que a los que solo ven las virtudes, pero España sigue siendo diferente, especialmente contra los españoles.

Mientras tanto, para alejar a los más violentos de la tentación que les embarga, en los casos de concentraciones en las que confluyan grupos contrarios se me ocurre que la policía podría hacer pasar a todos, unos y otros, por el mismo pasillo y, al final, mostrarles un cartel con la siguiente pregunta fácil:

18 de julio de 1936   A favor   –   En contra  

Estoy seguro que, espontáneamente, todos responderán la verdad de lo que sienten ante tal pregunta, sobre todo porque irán acompañados y no querrán decepcionar a los suyos.

Y no es necesario decir a quienes, para evitar violencias, conviene enviar lo más lejos posible de cualquier objetivo a proteger, aunque sea su muy amado rey.

Metidos en autoritarismos para garantizar la seguridad, más que registrar sus bolsos se recomienda requisarlos.

Los podrán recoger al finalizar la movida.

O mejor aún, en comisaría. Allí podrán aprovechar para insultar a cualquier político de izquierdas sin que les pase nada, y más si también son funcionarios armados. 

Como esos policías municipales que, tras amenazar a Manuela Carmena, desear la muerte de los inmigrantes y admirar a Hitler en un chat, han vuelto de rositas a sus puestos de imponer el particular orden público que tienen en sus cabezas por las calles de Madrid.

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