En España hay dos asuntos capitales; uno vital, el otro coyuntu­ral. El vital es la influencia de la entropía en el clima planetario que está afectando profundamente a todo cuanto existe en el marco peninsular, antes que en otros países europeos. El coyuntu­ral es la crisis política en espera de solución. Los dos están al mismo nivel de importancia y de atención. Pero también esa importancia y atención dependen de cada observador. Pues mientras en unos el segundo les absorbe el seso, en otros la aten­ción de éste va a parar a los más mínimos episodios en la atmós­fera…

Pues bien, el primero no tiene solución. Hemos llegado al punto de no retorno. Ya pueden los optimistas atronarnos con su visión esperanzadora; una visión mucho más forzada y fruto de la estupi­dez que resultado de la confianza sincera. Pues la rever­sión de las condiciones de la biosfera parece ya imposible. Pa­rece ser que, según algunos expertos, no sólo es la torpe mano del hombre la que viene causando la perturbación terminal del clima planetario. También, según ellos, intervienen en este pro­ceso de degradación por un lado el sol y por otro la intensa activi­dad del núcleo del planeta. Pero si el comportamiento del ser humano y los efectos que ocasionan no fuesen explicables por interpretaciones físicas y químicas, nos quedaríamos a la es­pera del cese de las radiaciones intensas solares y del cese de la actividad nuclear. Pero siendo medibles las consecuencias del pro­ceder del humano sobre el clima, los otros dos factores resul­tan a su lado irrelevantes…

El segundo tiene solución pero requiere mucha paciencia. Pues los graves trastornos de la política globalmente considerada en España, son consecuencia a su vez de dos factores determinan­tes. Esos dos factores son, por un lado la idiosincrasia (conjunto de rasgos caracteriológicos distintivos y propios de un individuo o de una colectividad), y por otro, estrechamente relacionado con éste, el belicoso enfrentamiento que no cesa entre dos cla­ses de pensamiento. Un pensamiento sin pensamiento, fraguado en la supuesta superioridad de los prejuicios religiosos y monár­quicos que condujeron hace poco (medido el poco en tiempo histórico) a una guerra civil que dirimió la pugna, y un pensa­miento libre, libre de taras y de esos torpes prejuicios religiosos y monárquicos que configuran el pensamiento puro y sin afeites. Sobre las cenizas de la contienda, se sigue librando el enfrenta­miento desarmado de las dos maneras de pensar…

De suerte que si en el resto de los países occidentales y euro­peos principalmente, las dos preocupaciones más extendidas son, por un lado el cambio climático y, por otro, la geopolítica entendida como tensión de las relaciones internacionales en el plano comercial, en el plano productivo y en el plano estratégico entre occidente y oriente, en España se consume toda la energía psicológica y mental en el azaroso y tedioso seguimiento de la de­riva política doméstica.

Pero voy a hacer un vaticinio antipático acerca de los dos: creo que en este invierno va a haber un punto de inflexión. De modo que la preocupación desmesurada dada a la política hasta ahora, va a pasar inevitablemente al asunto climático. Pues preveo una crisis hidrológica de tal envergadura, que sea quien sea quien go­bierne va a tener que poner toda su pericia en cómo gestionar el agua.

Si calculo mal, si me equivoco y nieva hasta sepultarnos haciendo rebosar los embalses del país, lo celebraré mil veces más que si este año me hubiese hecho multimillonario aunque nunca me ha interesado y siempre he evitado serlo.

¿Sabéis por qué al trasunto del clima le doy importancia suma, aparte de la que tiene para toda la Humanidad? Porque desde que tengo uso de razón la Naturaleza ha sido siempre para mí una casa de acogida; ese lugar donde uno se solaza y se refugia religiosamente sin mancillarla, justo para espantar cualquier ad­versidad…

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