Cuando se ciernen sobre la población las elecciones al Congreso, aun los desconfiados preferimos no pensar en la larga sombra del chanchullo. Preferimos observar, más lo que pueda ocurrir debajo de la mesa que al reiterativo y tedioso discurso de los comensales. Por ejemplo, a los politólogos. Esos que salen como setas después del chaparrón. Acosados por los periodistas pidiendo vaticinios, el politólogo los maneja como el que manosea un cubo de rubik, ese rompecabezas mecánico tridimensional que hace las veces de un juguete. Sus conjeturas se basan en los datos fríos de la estadística y en general de números. Así es que los pronósticos y alternativas que distinguen, son consecuencia de combinaciones que varían en función del potencial numérico de cada partido y de las cifras publicadas por las empresas demoscópicas y centros de investigación sociológica. Puro espectáculo audiovisual que no va a ninguna parte, pues la ciudadanía responsable no juzga ya al político por sus promesas sino por lo que ha hecho, y al politólogo no hay ya quien le escuche, pues es un auténtico mareo y nadie se va a molestar después en verificar su perorata.

Además, los politólogos argumentan como los economistas al uso, mucho más interesados en estudiar y analizar la productividad y creación de riqueza que en aconsejar a los Estados cómo distribuirla equitativamente. Pero si al economista enseguida se le ve el plumero porque raro es el que no discurre en claves neoliberales aprendidas en universidades idem, el politólogo no puede hacer otra cosa que jugar con el cubo rubik, pero sin acabar nunca de resolverlo.

Los sociólogos van un poco o bastante más allá, pues hablan de segmentos de población y de poder adquisitivo individual. Aunque rara vez muestran directamente desacuerdo con las desigualdades sociales, no sea que parezcan comunistas, a pesar de que en España son tan graves que Bruselas viene amonestando a España a cuenta de ella al no tener esa lacra encaje en el espíritu de los tratados de la Comunidad.

Pero a lo que voy. Mientras politólogos, periodistas, sociólogos y políticos compiten por atraer a su causa a las masas, cada individuo por separado en tanto que votante, delibera su preferencia en función de su necesidad. Cada votante va a las urnas con la esperanza, de distinta intensidad, de que se resuelvan sus problemas o se alivien, de mejorar su posición económica o su ganancia, de mantenerse en la posición que disfruta o de no perderla. Pero cuando hecho el examen de conciencia el votante potencial llega a la conclusión, generalmente por años de frustración, de que ninguno de los partidos en liza va a resolver en absoluto su problema o su miseria, da la espalda al proceso electoral y se queda en casa o quizá en la calle porque no tiene, como suele decirse, donde caerse muerto. En todo caso, cada cual vota según su prioridad. Unos con la esperanza de encontrar trabajo, otros con la de mejorarlo, otros con la de lograr por fin estabilidad, otros con la de promocionarse, otros con sus miras en la Bolsa, otros con la de que se recalifique su parcela, otros con la de situarse ellos o a familiares al abrigo del o de los partidos ganadores. Desde luego a los ancianos cuya vida no ha sido emponzoñada por la ambición desmesurada, nos basta con tener un techo, con alimentarnos, con disponer de energía eléctrica y de asistencia sanitaria. Y a algunos, a bastantes o a muchos que vemos cercano el fin de nuestros días, nos basta que una ley de eutanasia activa homologada a la del resto de los países europeos, nos permita abrigar la esperanza, en este caso la ilusión, de morir con dignidad y sin dolor. Pues es increíble que en el siglo que vivimos aún haya tanta resistencia a esa aspiración sólo porque quienes legislan “creen” que van a vivir eternamente, o porque aún oponiéndose a la eutanasia no comprometen su final pues por su estatus social no les será difícil la muerte digna que negaron a los demás desde su escaño por razones electoralistas.

Una pequeña o grande, no lo sé, porción de votantes que aún disfrutando de acomodo y dando por sentado que el futuro subsiguiente a las elecciones no le afectará demasiado, pasan, pasamos, a pensar en los demás. Lo que significa prestar atención a la injusticia social: millones que en España viven literalmente en la miseria, mientras otros tantos millones viven con completo desahogo o en una opulencia vergonzosa. Pues bien, este desdoblamiento de la personalidad, por un lado la individual y por otro la social, es lo que en España abrumadoramente está pendiente tras una historia emporquecida por la envidia, por la ambición patológica, por la agresividad y por unos prejuicios religiosos que discriminan de una manera atroz a hipócritas y cínicos según el caso, es decir, a los que gobiernan, de los que vivimos modestamente consolados por una religión sencillamente natural.

5 COMENTARIOS

  1. He leído con especial atención sus dos artículos, en que en ambos tratan en parte sobre el derecho a la eutanasia, derecho que yo también considero inalienable en mi libertad, y como creo haber mencionado otras veces, he vivido en Suiza casi la mitad de mi vida, en mis actuales circunstancias de salud me estoy planteando las posibilidad de volver a este país, cosa que presenta sus dificultades dadas las estrictas medidas de la legislación Helvetica, porque no veo la posibilidad de que en España pueda de alguna manera evitar esa fase final, que puede llegar a ser, el colofón temible del final de mi existencia. Un saludo

  2. Serafín, estamos en el tramo final. Por lo que dices veo que tienes problemas ya declarados de salud. Yo todavía no. Pero aparte de que en cualquier momento se me pueden presentar, como les va sucediendo a amigos o conocidos, yo personalmente voy perdiendo apego deliberado a la vida, Primero porque pienso que me facilitará psicológicamente el tránsito y segundo porque las condiciones de la Naturaleza y los disturbios profundos de esta sociedad española a los que no veo salida nunca, me deprimen severamente. Por eso casi me parece tocar con la mano ese momento que quieres resolver. Un afectuoso saludo

  3. Pienso que no solamente se debe contemplar la eutanasia desde las situaciones límite de enfermedad. O que se piense siempre en un estado depresivo. Si «mi vida» es»mía» debo tener el derecho a decidir en que momento, pienso que la he culminado. Ni tengo que estar sufriendo penosísimas enfermedades ni viendo el mundo negro. Solamente estar convencido de que mi ciclo vital está completo, y quiero tener ese derecho a finalizarlo.

  4. Las iniciativas que puedan tener los españoles o la sociedad civil no pueden comunicarse a sus representantes politicos,ni exigir su cumplimiento pues no existe la revocación de mandato.

    «Es la Democracia que nos hemos dao»

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