Nicolás García Rivas, catedrático de derecho penal de la Universidad de Castilla-La Mancha, decía esta misma mañana que la sentencia supone un retroceso en los derechos democráticos pues, al sentar jurisprudencia, permitirá castigar manifestaciones contra desahucios y otras acciones de protesta. “Esta sentencia rezuma autoritarismo”, ha afirmado.

A Joaquín Urías, ex letrado del Tribunal Constitucional, la sentencia le parece “peligrosa” pues si, como dicen todos los que defienden que en España hay separación de poderes, solo se condenan hechos y no ideas, cualquiera que a partir de ahora realice hechos similares a los sentenciados, manifestarse pacíficamente, por ejemplo, podrá ser detenido y condenado. ¿O alguien recuerda víctimas no causadas por las fuerzas represivas?

Para Elisa Beni, periodista que se lo sabe todo de tribunales, el “engendro” que ha sido la sentencia era el único resultado posible de la unanimidad apresurada que necesitaba Marchena, lo que pasaba por conseguir que ningún juez ejerciera su derecho a la discrepancia y al voto particular, que siempre enriquecen la justicia. Realmente, la unanimidad de los siete magistrados ante una sentencia tan compleja y discutible solo es imaginable desde la sospecha de que decidieron pastelear, hacer “política”, en lugar de firmar desde criterios exclusivamente jurídicos.

Las prisas subjetivas de Marchena eran producto, por una parte, de la vista señalada para el mismo 14 de octubre de la cuestión prejudicial que presentó ante el TJUE sobre el escaño de Junqueras en el Parlamento Europeo, una maniobra de distracción que organizó al finalizar el juicio, pues no tenía la menor intención de que se resolviera, y que ese tribunal europeo debería contestarle que de ellos no se ríe nadie. Por otra parte, de la finalización de los dos años de prisión preventiva que llevaban en la cárcel los presos políticos. En cambio, nos abstendremos de especular sobre el interés indisimulado de todo el españolismo para que la sentencia se firmara antes de las elecciones generales del 10 de noviembre.

Vienen a cuento los expertos porque durante esta crisis, tan profunda y prolongada, prolifera la sensación de haber vivido en un castillo de naipes que construimos con ilusiones y deseos para huir de ese pasado que no deja de perseguirnos: el que para siempre dejó marcado el dictador Franco en nuestro ADN.

“Murió el perro, pero no la rabia”, dice el mensaje que acabo de recibir mientras escribo.

Ocurre, entonces, que el derrumbamiento del castillo de naipes cursa con lucidez sobrevenida, y nos hacemos de nuevo las mismas preguntas que en el pasado respondimos de otra manera, o ni nos planteamos.

Por ejemplo, ¿nos ayudaron Felipe González y su hoy ex, Carmen Romero, a colocar en el castillo el naipe de la integración en la democracia de los que pensábamos eran últimos franquistas, cuando en julio de 1985 hicieron aquella excursión por aguas portuguesas en el mismo Azor que el dictador comenzó a utilizar en 1949 para sus salidas de pesca, dos años después de haber restaurado a su borbón cómodo, Juan Carlos, que el mismo eligió para que los militares de su calaña supieran lo que tenían que defender a cualquier precio, si a él le pasaba algo?  

¿O, en realidad, vimos aquella chulería marinera de FG como una victoria más que simbólica de la democracia contra una dictadura que, a fin de cuentas, nos había humillado a todos al conseguir que su fundador muriera en la cama?

En ese caso, se trataría de algo parecido a lo que nos ocurrió cuando pensamos que Tejero había sido derrotado el 23F de 1981, en lugar de comprender que aquel golpe de Estado fue una victoria póstuma del dictador, ¿la última?, al consolidar al borbón que eligió, rompiendo la línea sucesoria.

Ni siquiera sospechamos que algo no cuadraba cuando el terrorismo de Estado de los GAL durante los gobiernos del PSOE, pero nunca se insistirá en la mucha ayuda que el terrorismo etarra prestó al autoritarismo franquista para conseguir que mantuviera activo su veneno infiltrado en las instituciones del Estado y, a la postre, en toda la sociedad.

Ahora que leo de nuevo el título que he elegido para este artículo, si no fuera mío podría pensar que el castillo de naipes derrumbado por la sentencia sería el otro, el que lideran sentenciados y exiliados como Puigdemont, de nuevo perseguido en Europa por Llarena.

Pero ese deseo de derrota del adversario catalán manifestado por el españolismo, por mucho que Pedro Sánchez no deje de proclamarlo, se disuelve cada vez que llegan noticias de la vida cotidiana en Catalunya. La amplitud, solidez, diversidad y continuidad demostradas por el movimiento independentista está en condiciones de resistir cualquier ataque y crecer social y políticamente.

El 10 de noviembre se constatará de nuevo la medida electoral de su fuerza, esta vez la primera después de conquistar en mayo pasado la mayoría en la Cámara de Comercio.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por traducir en palabras los sentimientos de rabia, frustración, injusticia y … que sienten, sentimos, muchos!

    Hemos vuelto tan atras qué antiguas canciones de Maria del Mar Bonet, como «Què volen aquesta gent que truquen de matinada» de 1968, parecen pensadas y escritas hoy, para las detenciones actuales …

  2. Tras el juicio vendrá la tormenta, una tormenta política que creara nuevas tormentas, por ahora no conocidas pero si previsibles. Los políticos de este régimen monárquico neo franquista, impregnados de prepotencencia, no sabemos si por ingenuidad o por alguna señal del «mas alla», alem del Atlántico, o puede que sea por la clásica reacción de nuestros poderes facticos neo franquistas que aun están enquistados en los estamentos del poder del Estado y ven con desesperación que sus privilegios se les acaban, y se resisten. Y así han decidido dar el puñetazo en la mesa y ordenar.¿ Aquí mandamos nosotros y punto?. Un gran gesto “democrático” sin duda, cuyas consecuencia , han comenzado ya a gestarse, y es previsible que no van a ser solo un asunto de orden público , sino mas bien un asunto, como decía un migo mío , va ser un problema “morrocotudo”

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