La política es inevitable. Parece que la vida colectiva no es posible en paz, sin pugnar por el poder civil cada equis tiempo. Si no hay política es porque el poder lo detenta sin intermediarios, desvergonzadamente, un tirano.

Así pues, debemos aceptar la actividad política y toda la parafernalia que lleva consigo. Pero una cosa es que a la política se le encomiende la atención y resolución de los problemas materiales de una nación, y otra que sea la política la que da problemas a la ciudadanía y le absorba el seso, en beneficio exclusivo de los medios de comunicación o de una parte de ellos.

Es cierto que la política puede ser apasionante. Sobre todo para quien la ejerce. Pero si todo el mundo está relativamente insatisfecho, que es el termómetro de la democracia, la escenificación de la política y su ejercicio pasan a un plano secundario de la vida cotidiana; de modo que cuanto menos se habla de ella, mayor es la calidad de vida para todos. Entonces la política se olvida fàcilmente. Los ciudadanos pueden así dedicarse a quehaceres y a cultivar aficiones fuera de su trabajo, si lo tienen, y podrán realizarse como ciudadanos y como persona. Y si no lo tienen pero el Estado no les desampara, al menos vivirán esperanzados. Pero si una parte de la sociedad es feliz y la otra no, parte de la sociedad verá la política como una farsa presente a todas horas en su vida, en la conversación, en los medios de comunicación… Y si además los protagonistas translucen una moral sospechosa, no tienen talla de estadista, carecen de elocuencia y muestran una pobrísima oratoria, la política resultará tediosa, un castigo.

Porque cuando en esas condiciones la política es el máximo centro de atención de un modo persistente, es porque algo grave sucede en la sociedad. Por lo que la pasión que sienten los políticos que no van a ella a enriquecerse, en el ciudadano común se vuelve crispación, agitación y alta tensión. Es entonces cuando pasan al primer plano de la atención del ciudadano el privilegio, las desigualdades, la opresión, el aforamiento, el latrocinio y el abuso. Es entonces cuando salen a relucir las acusaciones mutuas de traición, de incumplimiento, de incoherencia. Es entonces cuando entre los aspirantes al poder político aparece el espectro del impostor, del farsante, del desalmado, del oportunista. Y ese es el momento en que se pone al descubierto una realidad patética: o todos los políticos que debaten y recurren al reproche mienten en cuyo caso todos son reos de impostura o felonía, o todos están en lo cierto en cuyo caso vemos a la nación en manos de malhechores y de miserables. Es más, cuando ocurre todo eso, la política resulta tan repulsiva y odiosa como quien teniendo mucho roba al necesitado o como vemos al violador, dando argumentos al totalitario, que se apresura a hacer ruidoso acto de presencia en la escena…

En todo caso España está embargada por la política y empachada de tanta y tan mala política, del mismo modo que después de un ayuno prolongado uno se atraca de comida. Puede ello estar justificado. Pues, secuestrada por el tirano, España careció de ella durante cuarenta años. Pero ahora se ha pasado al extremo opuesto. Diríase que nada importa más que la política. Y no sólo en tiempo de Elecciones. Por eso, quienes huimos, no sólo de comportamientos sino también de actitudes patológicas, hacemos todo lo posible por no prestarle mucha atención. Sólo registramos los hechos relevantes consumados. En absoluto las expectativas. Pero es que, si además se tiene en cuenta que la política es una mera superestructura cambiante de lo económico (Carlos Marx), lo que quiere decir que el poder político está atenazado por el poder económico y el financiero, no tiene la importancia que se le atribuye. Así que ahondar más y más la obsesión por la política no hace más que atentar contra la cultura en general y precisamente contra la cultura democrática fomentando la refriega. No hay más que observar a la mayoría de los líderes de los partidos, a su inestabilidad moral, a su intolerancia, incluso a su inestabilidad mental. Sobre todo, a su escaso respeto por sí mismos.

2 COMENTARIOS

  1. Me guste o no, tengo que vivir con la política. Pero si en vez de quejarnos en el bar, escribieramos cada ciudadano una carta, total es un sello, exigiendo que exista el derecho a la revocación, no más de dos legislaturas de cada cargo electo etc…. ¿ no haríamos más para cambiar esa política opresiva y a esos políticos, a veces, simples expectros de personas.? Tal vez con poco esfuerzo podríamos cambiar algo

    • Y a quien dirigiríamos la susodicha carta Penserio, la idea me parece fenomenal, y estaría dispuesto a ponerla en practica, pero desconozco eses dato. Un saludo.

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