Un día Portu­gal hizo “la revolución de los claveles”. En los de­más países de Europa no sé si se ha hecho alguna otra en los últi­mos tiempos, pero en España, al menos desde un punto de vista antropológico, me parece concluyente la experimentada, además sin voluntad, porque ha llegado por sí sola. Me refiero a la “revolu­ción del polvo”. Una revolución silenciosa que tuvo lugar casi inme­diatamente al finalizar la dictadura tras casi medio siglo de represión sexual, y ha llegado hasta hoy. Más bien una agita­ción social que da la im­presión de salvar a este país de muchas cosas. Incluso, a pesar de la violencia de género por una serie de concau­sas y dejándola al margen, a la España de la agresividad latente tanto tiempo reprimida. Lo malo es que con ello, lamentable­mente también se ha disipado mucha bizarría que no hay que confundir con fanfarronería y chulería, tan españolas…

Porque yo creo que esa libertad sexual de la que España estuvo ayuna cuatro décadas y el efecto de la relajación de la tristeza post coito, influyen mucho más signi­fi­cativamente de lo que parece en la pereza revolucionaria de las izquierdas. Esto, por un lado. Pero es que, por otro y con similar potencia, influye el acceso fácil al con­sumo de baja intensidad. Con una cama a cubierto, un bocata de buen jamón (como el que acabo de comprar en A Coruña Por 1,20), un móvil y un polvo en cualquier váter hoy, refugiado en la comodi­dad de la pancarta, del chiste fácil o de la ocurrencia es­cueta en la Internet, a cual­quiera se le quitan las ganas de reaccio­nar con amena­zas de verdad. Es lo que tienen la libertad, la liber­tad sexual desconocida y las pul­sio­nes que originan ambas en comparación con la sexualidad frustrada de la dicta­dura…

Y digo esto, porque creo que las izquierdas han perdido la bata­lla definitivamente. No se trata ya ni de rendirse ni de resistir numan­tinamente. La batalla que empezó a librar la izquierda en 1917 ter­minó en Occi­dente con la caída del muro de Berlín. Oriente, los países orientales, nunca no se han sa­lido del conti­nente asiático. Pero Occi­dente, unas veces a su frente un imperio y otras otro, unas veces una nación y otras veces otra con todos sus ciclópeos inter­eses es el que hace la Historia del mundo. Pues la Historia propia­mente dicha, al menos para nosotros, es la Histo­ria de Occidente cuya acción ha ido siempre mucho más allá de sus confines geográfi­cos convenciona­les desde 1494. Año en que empieza la Edad Moderna, el día que el papa Alejandro VI traza una divisoria que su­puso repartirse el mundo entre la Corona de Portugal y la Co­rona de Castilla (a ésta, por cierto, a cambio de contraer el de­ber de humillar a las nacio­nes bárbaras y reducirlas a la Fe Católica, como expresa la bula papal Inter Caetera). Em­pieza aquel día y parece estar ter­minando en nuestra época. Pues Occidente, la civiliza­ción occidental, arrastrando al resto, parece haberse fijado, de una manera entre inconsciente y vesánica el tope de su tiempo de existencia. El cambio del clima planetario provocado por su sistema que se perfila devastador para la vida y parece irreversible, es ese tope. Las señales empezaron a mos­trarse hace mucho tiempo. Al menos hace mucho tiempo que los espíritus finos empeza­ron a albergar la sospecha de que algo en la biosfera iba rematadamente mal. Aquellos, entre los que me cuento, veían el asunto del clima global como un trasatlántico a la deriva que, con el paso de las décadas iba disponiendo de menos tiempo para endere­zarse y evitar el hundimiento. Sin embargo, toda voz de alarma en tal sentido resultó siempre hasta ayer un vaticinio de mal agüero que los llamados a tenerla en considera­ción, esto es, los mandatarios y los responsables de los poderes económicos de cada país y del mundo entero, no han querido ni escuchar. Quizá porque si hubiesen prestado la atención que la amenaza merecía, la estruc­tura entera de la sociedad occidental se hubiese desplomado…

Desde luego en este asunto y sus concomitantes, la izquierda lo­cal y mundial, es decir, quienes reflexionan a conciencia frente a sus oponentes arrastrados sólo por sus pasiones principales: la ambi­ción de poder y la riqueza, tienen mucha culpa cuando han gobernado. Precisamente por su sentido de la responsabilidad del que carecen los otros y porque, presas de la pusilanimidad que está sólo a un paso de la cobardía, no tuvieron el valor de enfren­tarse a ellos.

Sea como fuere, la izquierda ha perdido ya la batalla antes de em­pe­zarla. Porque lo que de ella llega ya no son pensamientos revolucio­narios. Mucho menos decisiones políticas valientes. Y al decir que no son revolucionarios no quiere decirse que hubiesen de desembocar necesariamente en actos violentos. No son revolucio­narios porque son tibios, ambiguos, incluso vacilantes y por eso carecen de fuerza y de firmeza. Las privatizaciones de la izquierda y una de sus graves consecuencias, las puertas girato­rias, son la prueba inequívoca de su debilidad y de su dejarse lle­var por la co­rriente neoliberal. Sobre todo cuando media España espera, inútil­mente, desde 1978 la materialización de dos propósi­tos fundamenta­les para la conciencia de la España perdedora, margi­nada o tangencial: la reforma en profundi­dad de la Constitu­ción y el referéndum monar­quía/república.

Así es que, visto lo visto y dada mi edad, voy a ir renun­ciando al progresismo. Para qué. Visto que no voy a vivir en una Re­pública, que la justicia ordinaria y la justicia so­cial no van a pasar de la ilu­sión de los bien nacidos, de los inge­nuos y de los gilipo­llas; visto que el franquismo avanza como la mara­bunta; visto que Europa se pasa la vida lla­mando al orden a Es­paña -ahora a la mismísima Justicia ha sido objeto de censura-, pero no puede con ella; visto todo eso, a partir de ahora voy a valorar más todo lo que de posi­tivo hay en mi vida personal, que es mucho. Por lo que se refiere a la clase política, a los políticos impostores de la falsa iz­quierda que en lo mate­rial viven mejor que yo, a los injustos, a los ricos, a los amorfos, a los abusadores, a los embusteros, a los logreros, a los ignorantes y a los necios, que les den… Yo me re­tiro a mis palacios de invierno, dejo la lucha de clases y abandono personalmente esa batalla a fondo que -ya estoy convencido- nunca van a librar los que debieran. Al menos que no la van a librar con los objetivos y la prontitud que deseamos. Y no sólo yo, sino también muchos millo­nes de españoles. Pero, sobre todo, porque también veo que, si se atreven, no la van a librar con el mismo ardor y la misma determina­ción con los que la libraría yo…

(Nota. De todos modos pese a lo que digo de retirarme de la pro­gresía, aviso a navegantes: no me extrañaría que mañana o cual­quier otro día vuelva, por la parte de atrás, a meterme en la re­friega).

5 COMENTARIOS

  1. Algunas veces he comentado tus reflexiones, escuetamente debido a mi excasa capacidad literaria. Hoy hago lo mismo, pero añado. Por mi edad también noto que me retiran, definitivamente de la lucha? Lo he hecho con participación en manifestaciones, inútil, con votos positivos y nulos, inútil, y ahora ¿qué me queda? Desahogarme un poco con estos comentarios y esperar a que la idiotez político – económica reinante destruya este mundo. O los que aún tienen fuerzas e ilusión para intentar cambiar algo, se ponen en marcha mundialmente, o decido sentarme a ver pasar mi cadáver

    • Compañero Penserio: «Libres sean los que se complazcan en morir en paz esperando la parca en el confort del ataúd y la televisión, pero nosotros no permitiremos que la senilidad se apodere de nuestra voluntad de vivir.

      Queremos la soberanía del ser humano, ni más, ni menos.»

  2. Penserio, estás en la onda. Pero a nosotros no nos corresponde ya luchar directamente. Si acaso influir, animar e intentar clarificar algo tanta confusión. La izquierda oficial, la de los que fueron socialistas, ya no es izquierda, pues se viene aproximando a la derecha desde hace mucho tiempo y cada vez más. Los brochazos, como la exhumación, no deben confundirnos. Pese al follón desencadenado con la familia y el prior y… ha sido anecdótico. Incluso subir 100 euros el SMI o 20 euros las pensiones, serían otro dos brochazos. Lo esencial: la justicia desviada franquista que sigue ahí, los encarcelamientos propios de un régimen autoritario, los desahucios promovidos por fondos buitres, además extranjeros, la parcialidad a favor de su causa y de los de su casta de un rey artificioso como lo es una monarquía restaurada con fórceps en 1978, etc, etc es culpa de muchos factores. Pero desde luego de la pasividad y entreguismo de esa izquierda oficial. La otra izquierda, esa que venía a comerse el mundo, me temo que ya está domesticada. De modo que déjate de manifestaciones y de pancartas y de protestas airadas. Participa con tus comentarios, desahógate aquí y donde prefieras, y a otra cosa. Ya hemos intentado bastante, yo diría demasiado, contribuir a traer a España lo que, está visto, el electorado no quiere, y una gran mayoría se ha desalentado porque dígase lo que se diga los escrutinios están trucados hasta las trancas… Por eso yo ya me lo tomo todo a broma. Por eso veo en todos los políticos a unos impostores bien pagados…

  3. Viendo a los políticos que tenemos, ¿de veras creen que nuestro Felipe es tan chungo? Antes pensaba distinto pero hay que quitarse la venda. Y asumir el dicho, Virgencita que me quede como estoy. Ya llegará el día.

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